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Paula y Azucena, seropositivas aun con pareja estable

Por Dora Villalobos Mendoza/corresponsal

Paula tiene 25 años. La infectó Víctor, su novio. Dejaron de usar el condón cuando formalizaron la relación, cuando hablaron de matrimonio.

Confié plenamente en él, nunca se me ocurrió pensar que tenía SIDA, jamás me pasó por la mente esa idea. Era un profesionista destacado, un joven inteligente, un hombre trabajador, amable, normal, explica.

Paula habla en pasado porque Víctor murió hace tres meses. Apenas había cumplido los 29 años. Nunca aceptó la enfermedad y nunca se cuidó como debía. Falleció de una neumonía que se le complicó.

Pero Paula piensa distinto. Aunque está de luto, trata de sacar fuerzas para enfrentar el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) que su novio le transmitió. Sabe que es un virus peligroso, pero también sabe que se puede controlar.

La muchacha ofrece la entrevista en las oficinas de Fátima, organización que se dedica a apoyar a personas que padecen SIDA.

Paula es seropositiva. Tiene el VIH pero no padece SIDA porque el virus no ha dañado su sistema inmunológico. Como así quiere permanecer muchos años, cuida su alimentación, asiste continuamente al médico y sobre todo trata de ser optimista y tener buen ánimo.

Ofrece su testimonio con la esperanza de ayudar a las jóvenes que, como ella, no ponen atención a la prevención. Quiere decirles que no se fíen de nadie, que usen siempre el condón, aunque se casen, porque es la única manera de evitar el contagio.

Paula ha sido siempre una mujer independiente, luchadora, muy trabajadora. Estudió contabilidad en la Universidad Autónoma de Chihuahua.

En su etapa de estudiante destacaba porque era la más alegre del grupo, la que organizaba las fiestas, la amiguera. Aunque siempre trabajó, se daba tiempo para salir con sus compañeros.

En ese tiempo tuvo su primer novio. Era un joven alegre, como ella. La relación duró tres años, casi toda la carrera universitaria.

Casi desde el inicio del noviazgo empezaron a tener relaciones sexuales. Recuerda que nunca se cuidaron con nada, que nunca utilizaron condón. No me embaracé de milagro, comenta.

Dice que ninguno de los dos habló nunca de prevenir embarazos no deseados ni enfermedades contagiosas.

La relación terminó antes de que ambos terminaran la carrera universitaria. Paula se deprimió mucho, estaba muy enamorada. Pero se recuperó pronto. Cuando salió de la universidad consiguió un buen trabajo en un despacho contable. Decidió gozar la vida. Viajó y se hizo más fiestera.

En una reunión conoció a Víctor. Fue amor a primera vista. El muchacho la apantalló con su galanura y su don para socializar.

Víctor era divorciado y no quería entablar una relación seria. Empezaron a salir sólo como amigos. Cuando decidieron tener relaciones sexuales, ambos convinieron en usar condón.

La relación maduró pronto. Apenas habían pasado unos meses cuando decidieron formalizar el noviazgo. Incluso hablaron de matrimonio. Dejaron de usar condón.

Cuando te enamoras confías plenamente en tu pareja, no le cuestionas nada, simplemente crees en él, piensas que es el mejor hombre del mundo, argumenta.

A Paula le preocupaba que Víctor se mantuviera enfermo. Cuando no tenía resfrío, tenía diarrea. Pero jamás se imaginó que el joven padeciera SIDA Pensaba que eran los excesos de las fiestas que organizaban y de las borracheras que frecuentemente se ponían.

Cuando ella empezó a tener los mismos malestares que su novio se asustó. Habló con un amigo que es médico y le sugirió que se hiciera el examen del SIDA.

Al principio me negué, hasta me enojé con mi amigo por la sugerencia, cómo se le ocurría que yo, una profesionista, podía tener SIDA; pero el miedo se impuso y me hice la prueba, recuerda.

Cuando le dieron el resultado casi se desmaya del susto. La prueba salió positiva. Inmediatamente supo que Víctor la infectó y que él estaba en una fase avanzada de la enfermedad.

Cuando me enteré que tenía el VIH me drogué. Pensé: Me voy a morir mañana, nadie me va a querer. Fue horrible, confiesa.

Víctor nunca quiso hacerse el examen. A pesar de los síntomas que tenía, negaba rotundamente que tuviera SIDA. Le decía que ellos no podían tener el virus, que seguramente la prueba que le hicieron a ella estaba equivocada.

Lo más grave es que tampoco aceptaba cuidarse. Siguió con el exceso de las fiestas, las desveladas y las borracheras. Por más que Paula le rogaba que recapacitara, Víctor insistía en que él no podía tener el VIH.

Lo peor es que ahora sabe que en ese tiempo Víctor tuvo relaciones sexuales con otras mujeres y sospecha que no usó condón.

El SIDA cobró la factura a los pocos meses. El joven pescó un resfrío. Aparentemente no era nada grave. Se le complicó. Lo internaron y murió una semana después de neumonía. Me sentí más sola que nunca, sola con una enfermedad que da miedo, que preocupa, enfatiza.

Paula nunca le reclamó a Víctor que la hubiera contagiado. Tampoco pensó en dejarlo.
Para qué, pensé que lo mejor era enfrentar el problema juntos, salir adelante juntos, pero él nunca intentó curarse, explica. Aunque todavía siente que está de luto, sigue trabajando. Continúa en el mismo despacho contable. Sale con amigas y procura estar de buen ánimo.

Su familia no sabe que tiene el VIH. No quiere que se entere porque teme que no la entiendan y que la aparten. Tal vez un día se atreva a decir la verdad.

Ahora su prioridad es la salud. Come y duerme bien. Dejó las fiestas y las borracheras.

Apenas se resfría y acude al médico. Y asiste a terapia psicológica porque está convencida que lo más importante es la tranquilidad, estar bien emocionalmente.

Hace varios meses llegó a Fátima en busca de información. Está contenta porque ahí encontró comprensión y apoyo. Quiere que su testimonio sirva para que las jóvenes tomen conciencia sobre el riesgo que corren cuando tienen relaciones sexuales sin protección.

LA INFECTÓ SU ESPOSO

No sé dónde pescó el virus, nunca le pregunté, nunca le reclamé, para qué, qué ganaba, lo importante era estar juntos, atendernos, seguir adelante, dice Azucena refiriéndose a Pedro, su marido, quien le transmitió el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) hace 16 años.

La señora, de 60 años, quedó viuda en 1996. A su esposo lo venció el SIDA, pero ella no se rinde. Sabe que para estar bien no es suficiente tomar todas las pastillas que le indican en el hospital. Hace mucho tiempo le quedó claro que el optimismo y el buen estado de ánimo es la mejor medicina para controlar este virus tan peligroso.

Azucena ofrece su testimonio porque quiere que todas las señoras casadas entiendan que también ellas se deben cuidar para que sus esposos no les contagien el VIH. Aunque sean sus maridos tienen que usar condón porque la verdad siempre somos las últimas en enterarnos de su infidelidad, no tenemos otra manera de evitar el contagio, enfatiza.

Como la mayoría de las señoras casadas, ella tampoco pensó nunca en el SIDA. Jamás se le ocurrió que podría tener esa enfermedad. Creía que sólo los homosexuales y las prostitutas se contagiaban.

Una vez supo por chismes de una cuñada que su marido la engañaba con otra mujer. Le reclamó. El se ofendió tanto que se fue de la casa. Pero solo se ahuyentó unos días, antes de la semana estaba de regreso con la familia.

Ese fue el único disgusto serio que tuvo con su esposo. La verdad es que Pedro era un marido responsable y un padre cariñoso. Siempre estuvo atento a las necesidades de sus cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. Todos están casados. Azucena tiene siete nietos. Todos la adoran. Solo el mayorcito de quince años sabe que ella tiene SIDA.

Todo empezó en 1991. Pedro se la pasaba enfermo de diarrea. Cada rato acudía al Seguro Social. Así pasaron varios meses hasta que su médico familiar le dijo que le haría la prueba de SIDA. Él se opuso pero el galeno insistió.

Cuando le dieron el resultado, Pedro sintió que se moría. Se derrumbó. Se deprimió tanto que tuvieron que internarlo.

Pronto le hicieron el examen también a Azucena. Salió positivo. El remordimiento derrumbó más a Pedro. Te infecté vieja, le repetía con tristeza.

A los médicos les sorprendió la actitud de Azucena. Es una enfermedad como cualquier otra, nos vamos atender, vamos hacer lo que ustedes nos indiquen y vamos a vencerla, les dijo con serenidad.

Lo mismo le dijo a su esposo y a sus hijos. Pero su fortaleza no fue suficiente para ayudar a Pedro. El señor se deprimió tanto que una vez intentó suicidarse.

Lo que más ayudó a Azucena fue la actitud de sus hijos. Ninguno se asustó. Todos la respaldaron. Nadie le reclamó a Pedro.

Lo primero que hice fue investigar sobre el SIDA, pronto supe de qué se trataba, cómo se transmite y cómo se atiende, recuerda la mujer.

En ese tiempo la pensionaron. Trabajaba en el Gobierno federal. Eso le dio tiempo para atender a su esposo, quien acudía al hospital con más frecuencia.

Pedro trabajaba en un centro comercial. Cuando sus jefes se enteraron de la enfermedad, lo apoyaron incondicionalmente.

Lo más duro fue enfrentar la discriminación en el propio hospital. Sólo una de las señoras que repartía la comida se atrevía a entrar al cuarto de Pedro y llevarle el plato hasta la mesita. Las demás dejaban la bandera con los alimentos en la puerta, en el suelo.

Fui con un directivo del hospital y le reclamé. Mi marido no esperó para que le dejen el plato en el suelo, le dije muy enojada. Me aseguró que hablaría con las señoras de la cocina ya sí fue, el asunto se arregló, recuerda divertida.

Y es que Azucena no deja el buen ánimo ni en las peores circunstancias. Muchas de sus amigas dejaron de frecuentarla, incluso las más cercanas. Pero no le importó. Pronto hizo nuevas amistades y hasta la fecha perduran.

Cuando la enfermedad atacó más fuerte a Pedro, toda la familia lo atendió. Estuvo hospitalizado más de un mes. El mayor de los hijos llegaba muy temprano al hospital. Azucena lo relevaba después del desayuno. La hija menor se encargaba de hacer la comida. La mayor acompañaba al papá por la tarde y el hijo menor se quedaba toda la noche.

Pedro estuvo bien atendido, jamás lo descuidamos, con orgullo puedo asegurar que la enfermedad unió más a la familia, la verdad es que esta enfermedad ha sido una lección de amor, puntualiza.

Está tranquila porque al final Pedro aceptó que el SIDA es un padecimiento como muchos otros. Al principio no quería abrazar a sus hijos, pero después entendió que los besos y los abrazos no contagian el virus.

Pedro no resistió más. Murió en 1995. Por supuesto que toda la familia lo sintió. Pero Azucena decidió que la partida de su esposo no la derrumbaría, que seguiría adelante por ella, por sus hijos y por sus nietos.

Pronto encontró trabajo en una oficina donde la respetan, donde saben que tiene sida y no la discriminan. Estoy a gusto, muy tranquila, en paz conmigo misma, no tengo coraje con nadie, no me da miedo, pienso que el SIDA es igual que muchas enfermedades, se que hay otros padecimientos más graves, no me quejo, soy optimista, expresa.

La verdad es que el semblante de Azucena refleja serenidad. Ojalá no existiera la infidelidad, pero existe, es una realidad y tenemos que enfrentarla con valentía, con decisión, indica.

Le satisface que sus hijos conozcan bien la enfermedad. Sabe que toman todas las medidas para prevenirla y eso la tranquila. Espera aleccionar también a todos sus nietos.

Hace cinco años llegó a Fátima. Fue porque se enteró que ahí va gente con SIDA y quiere ayudarla, motivarla con su testimonio.

Su vida durante estos 16 años ha sido normal, como la de cualquier mujer. La diferencia es que se cuida más.

Ella nunca ha resentido la enfermedad. Toma todos los medicamentos que requiere, cuida su salud y procura tener buen ánimo.

SE INFECTA UNA MUJER POR CADA 5 HOMBRES

Paula y Azucena son dos de las 38 mujeres chihuahuenses con VIH/SIDA que detectó el Centro Estatal de Atención y Control del SIDA (Censida) en los primeros nueve meses del presente año.

Según las cifras de Censida, en el estado de Chihuahua se infecta de VIH una mujer por cada cinco hombres. En los primeros nueve meses de este año el Censida detectó 219 chihuahuenses contagiados con el virus. 51 son seropositivos y 168 padecen ya la enfermedad.

De los 51 seropositivos, 35 son hombres y 16 son mujeres. De los que tienen el SIDA, 146 son hombres y 22 son mujeres. En total son 181 hombres y 38 mujeres los que detectó el Censida con el virus entre enero y septiembre del presente año.

Es importante destacar que la ocupación y la escolaridad de los chihuahuenses que tienen el virus son muy variadas, lo que demuestra que nadie escapa a esta enfermedad.

Igual hay comerciantes y obreros, profesionistas e intendentes, jubilados y estudiantes, mecánicos y policías, operadoras y personas dedicadas al hogar, choferes y albañiles.

La mayoría tiene estudios, incluso un buen número es profesionista o técnico. Muchos terminaron bachillerato y secundaria.

ROMPIENDO EL ESTIGMA

Los resultados de una encuesta que aplicaron Fátima y el Censida a 27 mujeres chihuahuenses infectadas con el VIH contradice el estigma que todavía tiene esta enfermedad.

En principio, queda claro que las mujeres que se infectan con el VIH no son promiscuas. La tercera parte de las entrevistadas sólo ha tenido una pareja sexual y otra tercera parte, dos parejas. Sólo la tercera parte ha tenido tres o más parejas sexuales.

El 60 por ciento, las dos terceras partes, vive con su pareja, ya sea en unión libre o casada. La mayoría tiene una relación estable. El 22 por ciento tiene más de diez años viviendo con su pareja y el 27 por ciento, entre tres y diez años.

Prácticamente todas, el 95 por ciento, tienen hijos. La mayoría tiene entre uno y tres hijos, pero hay algunas que tienen cuatro o cinco.

Según el sondeo, el SIDA tampoco está relacionado con la prostitución. Sólo el 13 por ciento de las mujeres encuestadas ha recibido dinero a cambio de sexo. El 87 por ciento no.

La encuesta demuestra que lo que sí está relacionado con el VIH es la desinformación y el descuido que tienen las mujeres en sus relaciones sexuales.

Sólo el 14 por ciento conoce el número de parejas sexuales que tiene su compañero. El 86 por ciento, ocho de cada diez, no sabe si su pareja tiene relaciones sexuales con otras mujeres.

Prácticamente todas saben que las infectó su pareja, pero la mitad, el 51 por ciento, ignora la forma en que se contagió. Y es que las parejas de un gran número de las encuestadas, del 41 por ciento, tienen el VIH.

El 62 por ciento, las dos terceras partes, no conocía el riesgo de contraer el SIDA. La tercera parte sí lo conocía, pero no tomó precauciones. Sólo el seis por ciento tomaba precauciones.

Únicamente la tercera parte, el 32 por ciento, utilizaba condón en sus relaciones sexuales. Pero la mayoría no lo usaba siempre, sólo ocasionalmente.

A la pregunta: ¿Cómo cree que pudo haber prevenido la enfermedad?, la mitad, el 49 por ciento, responde que usando condón.

El sondeo deja claro que no importa la edad. Que cualquiera puede ser víctima del VIH. La mayoría de las encuestadas, siete de cada diez, tiene entre 21 y 40 años. El 11 por ciento entre 15 y 20 y el 19 por ciento entre 41 y 60 años.

La enfermedad tampoco distingue a las mujeres con escolaridad. De hecho, la gran mayoría de las infectadas asistió a la escuela. Algunas de ellas, ocho de cada cien, hasta cuentan con licenciatura. El 22 por ciento tiene preparatoria, el 16 por ciento secundaria y el 46 por ciento primaria. Sólo el ocho por ciento no cuenta con estudios.

Casi la mitad de las mujeres entrevistadas trabaja fuera de su casa, en el comercio, la industria maquiladora y otras actividades. El 57 por ciento permanece en su hogar.
El SIDA tampoco está relacionado con las drogas y el alcohol. El 73 por ciento de las entrevistadas no consume drogas y el 65 por ciento no toma alcohol.

Las familias de casi todas las mujeres encuestadas, el 89 por ciento, están enteradas de la enfermedad, principalmente los padres. En la misma proporción dicen que sienten apoyo moral.

Pero aun así sufren discriminación. La tercera parte, el 27 por ciento, se siente rechazada y sólo poco más de la mitad, el 57 por ciento, recibe ayuda económica.

MUEREN DE SIDA 30 CHIHUAHUENSES ESTE AÑO

Entre enero y mayo del presente año murieron 30 chihuahuenses de SIDA, seis en promedio mensual, enfermedad que a pesar de las campañas de prevención y del miedo que genera sigue afectando a muchas personas de ambos sexos, de todas las edades y de todos los niveles socioeconómicos.

Según el último reporte del Censida, en enero fallecieron diez chihuahuenses por causa de este padecimiento, 12 en febrero, seis en marzo, dos en abril y uno en mayo. Se trata de personas que padecían la enfermedad desde hace varios años, que por distintas circunstancias su sistema inmunológico se deterioró y las venció una neumonía, una diarrea o un simple resfriado.

Pero el contagio no para. En los primeros nueve meses del presente año el Censida detectó 168 chihuahuenses con SIDA, un promedio de 18 casos mensuales.

Además, durante los primeros seis meses del año el Censida detectó otros 51 chihuahuenses seropositivos, es decir con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), lo que da un promedio de 8 casos mensuales.

Es importante distinguir lo que implica ser seropositivo y padecer el SIDA. Cuando una persona es seropositiva significa que tiene el VIH pero no padece SIDA, es decir no ha desarrollado la enfermedad. Así puede permanecer años, incluso es posible que nunca padezca el SIDA, pero sí puede transmitir el virus.

Cuando una persona tiene SIDA implica que el VIH afecta su sistema inmunológico y por lo tanto necesita ingerir medicamentos para controlar el virus.

FALTA PREVENCIÓN

El alto índice de contagio se debe a que los chihuahuenses no están tomando las medidas que se requieren para prevenir el VIH.

Según los resultados de una encuesta que hicieron recientemente Fátima y el Censida, sólo el 13.7 por ciento de las personas sexualmente activas usa el condón como primera opción y únicamente el 18 por ciento practica el sexo con la misma pareja.

La mayoría, el 57 por ciento, exige jeringas desechables como primera opción, medida necesaria para prevenir el SIDA, pero no la única.

Llama la atención que la tercera parte de los entrevistados, el 27 por ciento, elige el condón como segunda opción de prevención y otra tercera parte, el 31 por ciento, elige la monogamia, medidas que deberían tomarse como primera opción porque el virus se transmite principalmente a través de las relaciones sexuales.

La mayoría de las personas sexualmente activas que contestó la encuesta, el 75 por ciento, dice que ha usado el condón por lo menos una vez. Pero todavía hay un buen número, el 25 por ciento, que no lo ha usado ninguna vez.

La mitad de las personas que no usan el condón argumentan motivos morales, el 20 por ciento religiosos, otro 20 por ciento alega que no da placer y cinco por ciento dice que es caro.

Es preocupante que sólo la tercera parte, el 38 por ciento, de las personas que sí han usado el condón, lo sigan haciendo. El resto confiesa que no lo sigue usando y ofrece varios argumentos. La mayoría dice que no lo necesita porque tiene pareja estable.

A pesar que la mayoría de los entrevistados opina que el condón debería permitirse, incluso fomentarse, el 40 por ciento confiesa que nunca o casi nunca lo usa.

Sólo el 17 por ciento dice que siempre usa el condón, el 21 por ciento que lo usa la mayoría de las veces y otro 21 por ciento que lo usa pocas veces.

La tercera parte, el 34 por ciento, alega que el condón hace sentir menos placer, contra otra tercera parte, el 26 por ciento, que asegura que el placer es igual que sin condón.

07/DVM/GG

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