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Por el espejo

Por Juana Eugenia Olvera*

Esta sensación no es nueva. La mayoría de las veces cuando veo mi rostro reflejado en el espejo, experimento esa imagen como no mía, o para decirlo mejor: no creo ser yo.
 
Ese rostro me parece desconocido. Observo la nariz, las cejas, la boca, y finalmente termino aceptando la fantasía asomada en el cristal de ser yo. Sin embargo hoy es diferente, algo me hace sentir incómoda.
 
Ese ruido me molesta. Desconozco lo que provoca ese murmullo especial, pero… me siento rara. Regreso al espejo, mi fiel punto de observación. No han salido más canas, puedo decir que las tengo contadas, las he acariciado tanto, aún antes de que nacieran. Conozco la nueva antes de brotar. Esta sensación de incomodidad no la provocan mis canas.
 
¿Serán las arrugas? La piel del rostro está igual. Las marcas de la frente son las mismas de hace… ¿20, 30 años? Recuerdo los consejos de mamá cuando me atacaba la risa. “No te rías tanto, para que no te arrugues. Aprende a tu tía Cata”.
 
La pobre tía era dueña de un rostro impasible. La alegría mostraba su ausencia y la tristeza, expandida a sus anchas, denotaban el alejamiento del deseo de vivir. Así la percibía yo. No tenía arrugas, es cierto, pero también carecía de expresión y en mi niñeidad la observaba como a un inmenso espanta-algo al cual no deseaba parecerme.
 
A través de todos los años he reído cuanto he querido y si mi madre me viera se daría cuenta de que mi cara muestra menos estragos que los de la famosa tía Cata cuando tenía mi edad. En verdad no son las arrugas las que me incomodan.
 
Otra vez escucho ese como zumbar de abejas que interrumpe mi observación. Si ese ruido no cesa no podré investigar qué me provoca esta rara sensación.
 
¿Será algo en mis ojos?… Pudiera ser… Los veo diferentes… No cabe duda: en cuanto se empieza a imaginar cosas éstas terminan manejándola y controlándola a una.
 
Esos ojos no me ven, mejor dicho: pareciera que me traspasan. Dejaré este espejo y voy a tratar de concentrarme en mí. No tengo frío. Siempre tan friolenta y ahora… A ver, ¿cuánto tiempo llevo parada frente al espejo? Estoy en camisón y descalza.
 
Es… ¿invierno?… ¿Por la tarde?… O, ¿es de noche? Y no tengo frío. Viéndolo bien, ni siquiera sé la hora. Me figuro que ha transcurrido un gran lapso y sin embargo no podría asegurar que estoy aquí hace poco o mucho tiempo. Cierto, el tiempo es convencional y yo lo soy más que él, pero éste no es el punto a discutir. Necesito saber por qué me siento tan extraña.
 
Ahora puedo distinguir ese ruido exterior. Son… susurros. Iré a ver qué pasa. No recuerdo que haya invitado a alguien y menos que estemos esperando visitas.
 
A ver… ¿dónde dejé mi bata y mis pantuflas? Anoche, cuando me preparaba para dormir, colgué la bata en el respaldo de la silla y puse las pantuflas bajo mi cama. No las veo, ni siquiera está la silla. Sin duda alguien entró y se la llevó para acomodar a la gente que murmura afuera. ¿Dónde pondrían mis cosas?
 
He dormido más de lo acostumbrado y ésta ha de ser la causa de mi malestar. Le hablaré a mi hija para que me traiga la bata y mis pantuflas y pueda saludar a las visitas. “¡Adela, Adela!”. Como siempre, está sorda.
 
Otra vez, ahí están los susurros de nuevo… Suena como una plegaria… No, es una letanía… No alcanzo a escuchar bien… Vaya, ahora se aclara, puedo oír mejor… Son ¿rezos?… Dicen mi nombre. Voy a asomarme. ¡Oh, Dios, es por mí!
 
*Narradora oral, astróloga y terapeuta.
 
12/JEO/RMB

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