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¿Qué pasa con el Sida, los genéricos y la vacuna?

Por la Redacción

De acuerdo con el mas reciente informe de ONUSIDA, el año pasado tres millones de personas contrajeron el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) en el mundo, con lo que se eleva ya a 38 millones de seres afectados.

Desde que la enfermedad empezó a propagarse durante los primeros años de los 80, ha evolucionado de manera distinta según las zonas del planeta.

Mientras en los países ricos, las campañas de prevención han logrado controlar la escalada de contagios, y los tratamientos mejoran la calidad de vida de los enfermos, en los países menos desarrollados la enfermedad evoluciona hacia el desastre.

De hecho, la mayor parte de los contagios se producen en los países pobres, donde faltan infraestructuras, servicios sanitarios, estrategias de prevención y sobre todo, voluntad por parte de los gobiernos y los organismos internacionales para poner freno a esta catástrofe, de acuerdo con un reportaje de la revista Fusión.

En los países en desarrollo, sólo un siete por ciento de las personas que lo necesitan tienen acceso al tratamiento, es cuestión de dinero, hace tres años, el tratamiento anual de una persona rondaba los diez mil dólares con medicamentos patentados y un dólar diario con genéricos.

Afortunadamente, la aparición en el mercado de los medicamentos genéricos ha tirado de los precios hacia abajo y hoy la diferencia no es tan abismal, aunque continúa siendo grande.

Pero ¿por qué los medicamentos genéricos, más baratos e igualmente efectivos, no llegan a todos los que los necesitan? Pues por que detrás existe una batalla económica de dimensiones globales, en la que no cuentan las vidas humanas, sólo los beneficios.

Las grandes compañías mueven todos los hilos para blindar el monopolio de sus patentes durante el mayor tiempo posible, y con ello asegurar los ingresos que les proporcionan.

Los antirretrovirales genéricos son medicamentos tan válidos como los que llevan el sello de una compañía farmacéutica. De ello se ocupa la Organización Mundial de la Salud (OMS), que realiza estudios clínicos para comprobar que tienen el mismo efecto que los medicamentos originales.

Según van pasando el control de calidad, van añadiéndose a una lista sobre la que se ciernen muchas presiones por parte de las multinacionales, que tratan de evitar que el mercado de genéricos continúe expandiéndose.

Algunos países comenzaron la producción amparándose en lagunas legales, por ejemplo en la India, es legal copiar un fármaco siempre y cuando sea diferente el método de producción, en Brasil, las patentes no cubren los genéricos si los fabrica el Estado.

Para ello se ha creado un Fondo Global y la iniciativa global contra el sida, de la administración Bush, que dona una cantidad importante de millones de dólares, condicionados a que se inviertan en tratamientos.

¿Qué tratamientos? Por supuesto no los más baratos, sino los de las grandes compañías farmacéuticas americanas, una fórmula eficaz para el gobierno americano, mediante la cual el dinero público que Estados Unidos dona se reinvierte en la industria privada.

Y el caso es que teóricamente el uso de genéricos tiene las puertas abiertas a raíz de los llamados acuerdos de la Declaración de Doha, en 2001.

Con una licencia obligatoria, los gobiernos podían suspender los derechos de monopolio, pero en la práctica no es tan sencillo. Después de casi dos años, no se había cumplido ninguna de las promesas hechas en Doha.

La reunión en Cancún de los ministros de la OMC en septiembre de 2003 representaba la última oportunidad para los países ricos de cumplir lo prometido. Según Diego Postigo, coordinador de Campañas de Ayuda en Acción, la reunión fue un fracaso porque no se logró llegar a un acuerdo global, aunque en lo referente a los medicamentos sí se alcanzó una especie de acuerdo “que no contentó a nadie.

Dicho acuerdo prevé que los países que necesiten producir medicamentos puedan hacerlo hasta el año 2006 y los que necesiten importar tengan vía libre hasta el 2010. Pero había que hacerlo siguiendo doce pasos con unas complicaciones burocráticas.

El coordinador del Programa de Acceso a los Medicamentos de la OMS, Germán Velásquez, denunció que se quieren poner para los países pobres unas reglas mucho más complicadas que para los países ricos, de hecho, asegura que “hacer una licencia obligatoria en El Salvador o Burundi sería dos o tres veces más complicado que hacerla en España o en Estados Unidos”.

Posteriormente tuvo lugar la celebración del Consejo de los ADPIC (Acuerdo sobre los Derechos de Propiedad Intelectual), en la sede de la OMC en Ginebra.

Esos acuerdos pretendían unificar las diferencias entre las diferentes legislaciones sobre patentes para evitar “fugas” legales como las de Brasil, India y Tailandia y unificarlas todas con las leyes de -cómo no- Estados Unidos.

Según los ADPIC, las compañías farmacéuticas disfrutarían de 20 años de monopolio de sus marcas registradas, bloqueando así la competencia de los genéricos.

Sin embargo una vez más, Estados Unidos recurrió al bloqueo, y la modificación de los ADPIC, prevista para el 2004, se pospone para el 2005. Estados Unidos y sus “socios”, ganan tiempo una vez más, a costa de vidas humanas.

El caso de Guatemala es clarísimo. Según explica Luis Villa, director médico adjunto de MSF este país estaba en la lista de los que incumplen determinados requisitos de los Estados Unidos, es decir, era uno de los llamados socios “menos favorables”, a los que les retiran subvenciones, reducen las importaciones, etc.

Cediendo a presiones de Estados Unidos, Guatemala adoptó un decreto mediante el cual se protege durante cinco años a los medicamentos que antes competían libremente en el mercado con los genéricos.

Hay que remontarse al 20 de enero de 2001, cuando George W Bush asumió el cargo de presidente de los Estados Unidos. En su primera elección Bush contrajo una deuda con la industria farmacéutica que todavía no ha acabado de pagar.

La organización Public Citizen estimó que las multinacionales de la medicina habrían pagado alrededor de los 230 millones de dólares, tanto durante la campaña electoral como en la ostentosa ceremonia de inauguración.

Así pues, era previsible que las farmacéuticas cobrasen caro su “granito de arena” en la campaña del actual presidente Bush. Quienes padecen enfermedades, como el sida y otras, están resultando perjudicados.

El director ejecutivo de ONUSIDA, Peter Piot, habló claro: “La epidemia continúa yendo por delante de la respuesta mundial”. Los datos: 20 millones de muertos, 38 millones de seropositivos y millones de huérfanos por el SIDA.

¿Y LA VACUNA?

Vuelve a retrasarse, habrá que esperar otros diez o quince años, cuando en boca de todos está que ese plazo se reduciría espectacularmente si todos los laboratorios trabajasen en conjunto y pusiesen en común sus descubrimientos, pero nadie quiere perder la oportunidad de marcarse un tanto histórico y hacerse con los derechos de la vacuna más esperada.

“La vacuna contra el sida no se hace porque no se quiere hacer, porque al igual que la de la malaria, no es rentable -concluye el profesor Fajardo-.

La postura de la iglesia en este caso es difícil de asimilar por el común de los mortales, en algunos casos, su obsesión por cercenar -inútilmente, claro- la vida sexual de los ciudadanos les ha llevado a hacer declaraciones, insólitas.

“Es absurdo proponer la castidad como estrategia de prevención es taparse los ojos ante la realidad, porque la gente no va a dejar de tener relaciones sexuales”, pero ésa no es la solución, lo que hay que hacer es decirle a la gente cómo se debe proteger para no infectarse”, opina Luis Villa.

Es una monstruosidad que sigan luchando contra el uso del preservativo es un crimen, es contrario a la razón, contrario al sentido común y contrario a la opinión académica y científica. Algún día a lo mejor podría ser incluso demandada en los tribunales”.

Es posible la esperanza, no es una utopía controlar el sida, opina García Fajardo, para ello habría que tomar urgentemente medidas capaces de cambiar el curso de los acontecimientos. Para Luis Villa, el mayor problema reside en que realmente no existe voluntad política para poner freno a esta situación: “Todas las iniciativas son muy aplaudidas y nacen con mucha fuerza, como por ejemplo el Fondo Global, pero son más bien maniobras políticas, porque realmente no hay ninguna voluntad detrás.

Muy pocos países ponen el dinero que realmente el fondo necesita y empieza ya a haber unas manipulaciones brutales. Creo que hay un desinterés total, falta de responsabilidad y de decisión política, corrupción. Eso hace que no haya suficientes fondos y los que hay no lleguen a donde deberían”.

“El tema del sida va más allá de lo puramente relacionado con la enfermedad -reconoce Antonio Guirado- Pone en evidencia la injusticia tan grande en la que vivimos.

2004/LR

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