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Rosario Ibarra de Piedra

Por Erika Cervantes

A cada una de las mujeres que lucha en México y el mundo por la libertad y el regreso de sus hijas e hijos desaparecidos.

La cultura en México enseña a sus varones a ser valientes y a sus mujeres abnegadas, sin embargo muchas mujeres reaccionan contra “natura” cuando el poder patriarcal les arranca el derecho a la seguridad este es el caso de Rosario Ibarra de Piedra.

A la que la desaparición de su hijo, Jesús Piedra Ibarra lanza de la lucha cotidiana dentro de su hogar, a la lucha pública de la presentación con vida de las y los desaparecidos políticos, que entre mediados de los años 70 y 80 sumaron cerca de 500.

Rosario Ibarra nace en Saltillo, Coahuila, hija de un Ingeniero Agrónomo consciente de la lucha social por haber participado en la Revolución Mexicana y una mujer concertista de violín que le enseña a tener valor y coraje para enfrentar la vida.

Rosario Ibarra no tuvo necesidad de rebelarse para poder destacar al ser una hija querida y libre junto a sus dos hermanos.

Aprendió a leer a los cuatro años en el regazo de su padre. En los días de frío iba envuelta en una cobija a la escuela y también permanecía así en las piernas de su padre que le leía el libro que Rosario escogía al azar por el color de la pasta.

En Monterrey Rosario inicia sus estudios formales en una escuela de monjas, luego pasó a una academia donde las mujeres tenían propuestas y los varones eran progresistas.

En la preparatoria formó parte de un grupo de 40 integrantes, donde ella era la única mujer deseosa de estudiar Leyes, pero la carrera finalizó cuando conoció al que sería su esposo, un médico quince años mayor que le hablaba siempre de la fortaleza unida a la amabilidad.

A los veinte años Rosario continuaba montando a caballo, encaramándose a los árboles y adornando su cabello trenzado con hojas en lugar de flores para desafiar al que dirán.

Aunado al ponerse una calceta roja y otra blanca por el simple gusto de estar bicolor y reír ante la reacción de sus amigas que le reprochaban el desatino. Sin embargo, el permanente apoyo familiar le otorgó una sensación de seguridad y el equilibrio.

Al casarse con Jesús Ibarra abandona sus estudios de leyes para formar una familia con cuatro hijas/os: María del Rosario, Jesús, Claudia y Carlos.

Su conciencia social hacen de Rosario una mujer propositiva además de una luchadora social incansable que lo mismo acudía a paros obreros de fábricas regiomontanas que acompañaba a sus hijos a manifestaciones estudiantiles. Todo cambió cuando su hijo Jesús desapareció, luego de ser acusado de pertenecer a la Liga Comunista 23 de Septiembre.

Es ahí, donde Rosario Ibarra inicia su lucha ininterrupida por encontrar a su hijo que la obliga a moverse desde aquel abril de 1975 entre el Distrito Federal y Monterrey para exigir a las autoridades de gobierno que presenten a su hijo con vida.

Al no obtener respuesta se organiza al lado de un grupo de mujeres madres de desaparecidos creando el Comité Eureka de Desaparecidos que nació en 1977. En él, junto a 100 mujeres insumisas como ella, madres de desparecidos, ha hecho siete huelgas de hambre que consiguieron la amnistía y liberación de 148 desaparecidos en el sexenio de López Portillo. Aún queda una lista de 557 personas de las que ellas exigen su presentación con vida.

Su lucha la lleva a ser la primera mujer candidata a la Presidencia de México en 1982, por el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Le gustaba la idea de que en los libros apareciera en su condición de bachiller, sin currícula académica ni política, sin estudios en Harvard y con una tarea única: ser madre de un desparecido político que lucha por encontrarlo al igual que a muchos otros. Con eso y su lema “Arriba los de abajo” recorrió el país.

Diputada federal entre 1985-88, candidata al Nóbel de la Paz en 1986, dice que debería creer en la política, pero no lo logra. Tiene bastante tolerancia hacia los demás, pero lo que le levanta la ira es la injusticia y la falta de honestidad en quien promete y no cumple.

La vida le ha enseñado a tener una disciplina enorme con sus lágrimas, pues no las derrama ni frente a los poderosos ni con su familia.

Hoy con 77 años Rosario Ibarra continua marchando al lado de las mujeres y los hombres que claman justicia y aún clama el regreso de su hijo Jesús. Y nos hereda con su trabajo y ejemplo la lucha incansable por la búsqueda de la justicia.

2004/EC/LR

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