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Se reduce la población, pero no mejora situación de las mujeres

Por Sara Lovera López

México vive una revolución demográfica desde hace 30 años. Cada día las mujeres tienen menos hijas e hijos y crece la población mayor de 60 años. Estos hechos, aunados a la incorporación al trabajo de jóvenes y mujeres, han marcado grandes cambios en la vida familiar.

Hoy día, más de la mitad de las familias mexicanas no son nucleares y dejaron así de estar conformadas por un padre, una madre y un hijo; 52.2 por ciento de las familias sólo pueden vivir si existen dos salarios; la migración interna y externa ha modificado sus hábitos, las líneas de toma de decisiones y su tamaño, informa la agencia SEMlac.

Los cambios se han calificado de positivos, tanto por los nuevos tipos de familia como por la creencia de que se ampliaron las libertades. Sin embargo, han generado una sobrecarga para las mujeres, más allá de la conocida doble jornada. Tan es así, que el último informe del Consejo Nacional de Población (Conapo) establece que, en la próxima década, podría invertirse la esperanza de vida entre hombres y mujeres y se reducirá la de éstas en tres puntos.

Los cambios en la vida familiar, o de arreglos familiares, que estudia hace más de 25 años la especialista Orlandina de Oliveira, señalan que, pese a la creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral, estas no han conseguido ni mayor libertad, ni mejoras en la autoestima y la toma de decisiones.

El último informe sobre violencia contra las mujeres, elaborado por el Instituto Nacional de las Mujeres, señala que, en promedio, 62.3 por ciento de las que informaron haber vivido violencia en los últimos años, la sufrieron de parte de su pareja, en familia nuclear, algo que mantiene en alerta a las instituciones, pues es lo que sucede en gran parte del mundo.

La doctora Oliveira informó que, para su último libro, hizo una encuesta en hogares de dos grandes ciudades mexicanas, Distrito Federal (la capital del país y la de mayor desarrollo humano) y Monterrey, situada en el norte, donde también las mediciones de desarrollo indican grandes avances, para identificar cambios. Pero no los encontré, explicó.

En estas ciudades, consideradas las de mayor democracia, en 2006 no había más autonomía de las esposas, dice la especialista y agrega que sólo tres actividades autónomas no requieren autorización de sus maridos: ir a la clínica, ir de compras y usar anticonceptivos. Todo lo demás, visitar amigas, participar en asociaciones y trabajar, está sujeto al permiso.

Según el estudio del Conapo, los cambios demográficos, la reubicación cada vez más urbana de las y los habitantes, los datos de la migración -que llega a casi 600 mil anualmente en los últimos seis años-, y las nuevas responsabilidades familiares para las mujeres, indican que no han ocurrido transformaciones culturales.

Más bien, se mantienen las concepciones convencionales y estereotipadas de lo que son las mujeres y los hombres. Ello afecta la división del trabajo, el conflicto cotidiano y la restricción para ellas de gozar de sus derechos humanos fundamentales.

Es verdad que los cambios demográficos de las últimas décadas en México han mostrado transformaciones por los procesos migratorios, y las pautas de nupcialidad han propiciado nuevos arreglos residenciales e inéditas formas de organización de la vida en familia. Lo que persiste es la situación de mujeres y niñas, antes confinadas en los hogares y ahora integrantes de la arena pública, dice por su parte la maestra María Esther Morales, al analizar la creciente violencia en la familia.

De acuerdo con las declaraciones de Morales, en México habría 12 distintos tipos de familia, entre ellos los hogares encabezados por mujeres, que tuvieron un incremento considerable: de 13.5 por ciento en 1976, a 23 por ciento tres decenios después.

En vista de que poco más de una quinta parte de los hogares mexicanos se caracteriza por estar dirigidos por una mujer, las políticas sociales deben favorecer la compatibilidad de sus funciones como madre, esposa o jefa de familia, con las de trabajadora.

Las jefas de familia enfrentan la doble necesidad de obtener ingresos suficientes y atender las responsabilidades del cuidado y crianza de sus hijas e hijos, e incluso de otros familiares mayores.

Actualmente, la mayoría de las mujeres que labora se desempeña como trabajadoras remuneradas y por cuenta propia (65 y 21.9 por ciento, respectivamente), y en menor grado como empleadoras (2.3 por ciento). Sin embargo, 10.8 por ciento realiza actividades económicas sin recibir remuneración.

El cambio demográfico se ha traducido en una significativa reducción del tiempo que ellas dedican a la crianza y cuidado de sus hijas e hijos. En 1970, una mujer destinaba 22.2 años de su vida a la crianza de siete hijos. Hoy invierte poco más de 13 años en esa tarea.

CAMBIOS REALES

Según los resultados del último censo de población y las series estadísticas de seguimiento, actualmente en México hay 24.8 millones de hogares que albergan a más de 100 millones de habitantes. De esos, 22.8 millones son familiares (es decir, en los que al menos dos de sus miembros tienen parentesco por consanguinidad o afinidad), mientras los otros 2.0 millones son de personas sin parentesco (hogares de co-residentes), o individuos que viven solos (hogares unipersonales).

Entre 1970 y 2000, los hogares aumentaron de 9.8 a 22.3 millones, lo que significa un incremento cercano a 127 por ciento. Mientras tanto, la población nacional estuvo cerca de duplicarse, al pasar de 51 millones a poco más de 98 millones, en el mismo período, de acuerdo con un diagnóstico de Conapo.

Entre los hogares familiares (22.8 por ciento) predomina el de tipo nuclear, integrado por una pareja con o sin hijos, o bien, de uno de los padres con al menos un hijo (monoparentales). En México hay 17.1 millones de hogares nucleares, lo que equivale a 68.8 por ciento del total. La mayoría de los hogares nucleares, 13.2 millones (83 por ciento), son encabezados por un hombre y los restantes 2.9 millones (23 por ciento), por una mujer.

Por otra parte, 5.5 millones del total de hogares son ampliados, donde alguno de los miembros presenta otro parentesco diferente a cónyuge o hijo, con relación al jefe. En ellos predominan aún los encabezados por un varón, ya que el número de los dirigidos por un hombre (3.7 millones) es superior a los dirigidos por una mujer (2.8 millones).

La postergación de la primera unión y el descenso de la fecundidad han propiciado una notable reducción en el tamaño promedio de los hogares familiares de 5.9 miembros en 1976 a cuatro en la actualidad.

El tamaño medio de los hogares depende de varios factores. Uno de ellos es el tipo de arreglo residencial: los conformados por parejas con hijas e hijos tienen en promedio 4.4 integrantes y los monoparentales registran 3.1 miembros. Los de mayor tamaño son los ampliados (5.4) y los compuestos (5.3), mientras que los co-residentes registran 2.6 personas en promedio.

En lo referente a la jefatura del hogar, en los últimos años se observó un incremento de los arreglos residenciales dirigidos por las mujeres, al pasar de 13 por ciento a principios de la década de los setenta a 23 por ciento en 2005.

Este aumento obedece principalmente al incremento de la ruptura de las uniones, ya sea por separación, divorcio o viudez, dada la mayor supervivencia de las mujeres. Esos factores propician que sea cada vez más frecuente la conformación de hogares monoparentales y unipersonales, principalmente encabezados por una mujer.

En cuanto a los hogares unipersonales, se observa una ligera tendencia al aumento: estos alcanzaban 6.4 por ciento en 2000 y 7.6 por ciento en 2005. Esta elevación está relacionada con el proceso de envejecimiento demográfico. Alrededor de 44 por ciento de los hogares unipersonales está formado por adultos mayores (60 años o más) y tal situación es más frecuente entre las mujeres, que residen en tres de cada cinco hogares con esta característica.

El hecho de que 826 mil personas de la tercera edad vivan solas es preocupante, pues deben enfrentar por su cuenta las limitaciones físicas y las enfermedades propias de la senectud.

Debido al cambio de la estructura por edades de la población mexicana, uno de cada cuatro hogares cuenta con la presencia de al menos un adulto mayor y uno de cada cinco tiene como jefe a una persona de 60 años o más.

Sin embargo, el porcentaje de hogares con personas de la tercera edad aumentará gradualmente en los próximos años y de manera más acelerada en las décadas posteriores.

Esto propiciará una convivencia cada vez más común con los adultos mayores, lo cual implica que, necesariamente, se deben ampliar y fortalecer las redes familiares y sociales de apoyo a este sector de la población.

07/SLL/CV

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