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Violencia contra mujeres II

Por Ricardo Rocha

La situación para cientos de miles de mujeres golpeadas todos los días es francamente vergonzante. Ni este ni ningún otro gobierno se ha ocupado suficiente e inteligentemente del problema. Por ello, ha sido la propia sociedad civil, fundamentalmente mujeres ayudando a mujeres, quien se ha hecho cargo de este desafío cotidiano mediante el establecimiento de refugios secretos.

Vale señalar que las impulsoras de estos refugios ponen en riesgo su propia vida por actos de intimidación y agresiones directas, dada la saña y persecución de los golpeadores. Los grupos de extrema derecha también amenazan. La única ventaja es que unos y otros están perfectamente identificados.

La tarea es inmensa, pero en los años recientes ya se han dado los primeros, firmes y admirables pasos. Se han podido establecer 10 refugios secretos en otros tantos estados como Nuevo León, Quintana Roo, Querétaro, San Luis Potosí, Aguascalientes, Coahuila, Puebla, Baja California, Michoacán y el Distrito Federal.

Un esfuerzo civil que ha tenido un tibio apoyo de los gobiernos federal, estatales y municipales, que todavía no alcanzan a comprender los impactos sociales y económicos del síndrome de las mujeres golpeadas. Baste decir que de los 503 millones de pesos que el gobierno de este país destina específicamente a instituciones que tienen que ver con las mujeres, apenas 20 millones van a apoyar a la red nacional de refugios para mujeres maltratadas.

Peor aún, recientemente ha habido un intento para escamotearles cinco millones de pesos de ese apoyo. Se sabe que el diputado panista Luis Pazos intentó desviar esos recursos para los nuevos y denominados centros de atención a la mujer, promovidos nada menos que por Jorge Serrano Limón, de la celebérrima Pro-vida.

Estos centros, al igual que el DIF, están trabajando con la tesis de mantener unida a la familia a como dé lugar. Y en los casos de mujeres violentadas y sus maridos golpeadores con el dogma aquel de que “es la cruz con la que te tocó cargar”.

Las fórmulas de la red nacional de refugios son muy distintas: Que cuando ya no hay remedio y la agresión se ha vuelto sistemática, hay que proteger del agresor a la mujer y a los hijos.

– Que golpear, torturar y violentar a las mujeres, en cualquiera de sus modalidades, es un delito y como tal debe tratarse.

– Que la recuperación integral de la mujer en su autoestima, su empoderamiento y sus capacidades productivas para incorporarse al trabajo digno sí es posible siempre y cuando se apliquen los métodos modernos en lo médico, lo psicológico, lo legal y sobre todo lo profunda e intrínsecamente humano.

Otro aspecto que están empujando con admirable porfía las responsables de estos refugios es el atraso vergonzoso de las leyes en este país en materia de protección a las mujeres. En sólo cuatro estados de la República es delito golpear a una mujer.

En todas las otras 28 entidades, golpear a una mujer es tan sólo una falta administrativa. Más aún, no hay un solo artículo en toda la Constitución General de los Estados Unidos Mexicanos que proteja específicamente a las mujeres de la violencia ejercida en su contra.

En el colmo de la incongruencia, cuando una mujer presenta una denuncia es sometida a interrogatorios infames y hasta burlas ofensivas; en el mejor de los casos, se le da un citatorio para su marido, que ella debe entregarle. Las más de las veces, recibe una nueva y más cruenta golpiza.

A nivel mundial, el panorama no es muy alentador: baste decir que en Estados Unidos hay más de cuatro mil refugios secretos para mujeres golpeadas; tan sólo en Texas, son más de 100.

Y aunque el problema es añejo, fue hasta hace muy poco que en el mundo se empezó a hacer algo. Apenas en 1979, la Organización de Naciones Unidas estableció un convenio sobre todas las formas de discriminación contra la mujer. Fue hasta 1993 en Ginebra, Suiza, cuando se reconoce la violencia contra las mujeres como un severo problema de derechos humanos.

Luego de múltiples conferencias mundiales en favor de la mujer, lo mismo en México que en Copenhague, que en Nairobi, El Cairo y finalmente en Belem, Brasil, la Organización de Estados Americanos aprueba la convención para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer, ahí además se dan cifras sobre los miles de millones de dólares en pérdidas económicas a causa de la violencia contra las mujeres.

En el caso de México, que ya apuntábamos, las pérdidas ascienden a más de mil millones de pesos cada año, básicamente por ausentismo y baja productividad a causa de los golpes y sus secuelas psicológicas. Por fin, en la célebre conferencia mundial de la mujer en Beijing, China en 1995, se establece que “la eliminación de la violencia contra las mujeres es esencial para la igualdad, el desarrollo y la paz mundial”. Ni más ni menos.

En México, sin embargo, poco o muy poco hemos hecho a nivel de gobiernos por corresponder a este clamor de los nuevos tiempos. Y lo grave es que la ignorancia, la apatía, la indiferencia, la complicidad y la inacción son también formas de violencia. A veces incluso más terribles que los golpes.

Para fortuna nuestra, están también estas luces en medio de la oscuridad de la violencia; la red nacional de refugios… secretos… por cierto.

DE ULTIMA HORA

Entre la anterior y esta entrega, legisladores y legisladoras de España aprobaron una ley para proteger a las mujeres víctimas de violencia doméstica con ayuda médica, psicológica, legal y económica.

Es una decisión histórica, que según el congreso español compensa una deuda gigante por “el otro terrorismo” que por siglos ha flagelado a las mujeres.

La pregunta es: ¿y aquí… cuándo?

2003/RR/MEL

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