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Vivir en Puerto Edén, Chile

Por la Redacción

Gabriela Paterito ha pasado toda su vida en esas australes latitudes. Y si bien es una descendiente directa de los kawésqar –originarios habitantes de Tierra del Fuego– le molesta que le pregunten por la vida que llevaban estos nómades del mar. Ella prefiere contarnos cómo es vivir hoy en esos confines, rodeada por un escenario de exuberante, salvaje y gélida belleza.

Para llegar a Santiago, Gabriela Paterito tuvo que cruzar aire, mar y tierra. Y es que ella vive en la austral Puerto Edén, la última localidad poblada en la ruta marítima entre Puerto Montt y Puerto Natales, y adonde sólo se puede acceder por barco. Según su carné ella tiene 52 años, pero considerando que la villa fue creada recién en 1969, no es extraño pensar sea un poco mayor. Su hija María Isabel Tonko le calcula sesenta y tantos.

Ellas son descendientes de los originarios habitantes de Tierra del Fuego, los kawésqar o alacalufes y desde el puesto que montaron en la Feria Internacional de Artesanía que hace poco estuvo en el Parque Bustamente, nos cuentan cómo es la vida en medio de los canales y fiordos que rodean a la isla Wellington, lugar donde está anclado Puerto Edén.

NI TAN PARADISÍACA

Aislamiento, marea roja, racionamiento eléctrico y falta de trabajo son palabras que se oyen con frecuencia en Puerto Edén. Y así como la señora Gabriela debió pasar un día entero en un trasbordador para llegar a Puerto Natales, quienes quieren seguir viaje más al norte deben sumar cuatro horas en el bus para llegar hasta Punta Arenas, la capital regional, y otras cuatro en avión, para arribar a Santiago.

Ese es el itinerario obligado que deben seguir los cerca de 250 habitantes de ese confín. Siempre, claro está, que el tiempo y el bolsillo lo permitan, y siempre que coincida con el viaje semanal del trasbordador.

Si hasta comprar verduras es complicado y caro. La Empresa Abastecimientos de Zonas Aisladas (Emaza) se encarga de llevar algunos víveres fundamentales y regular precios, entre ellos harina, abarrotes y pollo. A esto se suma un negocio de verduras y pare de contar.

María Isabel nos cuenta que hace unos meses el barco se averió y estuvieron cerca de treinta días sin posibilidad alguna de dejar la isla. Recuerdan entre risas que a las visitas que iban por unos días no les quedó más que armarse de paciencia y los anfitriones debieron echar mano al trueque para surtirse de las provisiones que se les iban acabando.

Pero no sólo llegar o dejar Puerto Edén es difícil. “Estamos con marea roja, no podemos sacar mariscos, así es que no hay trabajo”, se lamenta la señora Gabriela, porque la extracción de cholgas, choritos, almejas y ostiones es la principal actividad económica del lugar.

La recolección de agua de lluvia para el consumo diario, el hecho de tener sólo un par de horas de energía eléctrica y de tener que emigrar cuando las y los niños llegan a octavo básico son también acciones obligadas. Los “avances” de los últimos años incluyen correo y teléfono satelital.

DESCENDIENTES

La señora Gabriela nos cuenta que en el pueblo quedan como ocho familias kawésqar, los demás habitantes han llegado desde Chiloé, Castro, Melinka y Puerto Aguirre. Todos, obviamente, se conocen.

También nos cuenta que está cansada de que le pregunten por los antiguos habitante de esas tierras. “Uno nunca los ha conocido”, explica y agrega: “por eso es que yo no pude saber nada, cómo voy a saber qué cosas hacían, cómo andaban, cómo vivían…”, se queja.

Relata que su madre murió cuando ella era muy pequeña y que durante toda su vida y, sobre todo cuando era más joven, anduvo por los canales cazando y pescando. Ahora necesita de la autorización de la Capitanía de Puerto para abandonar tierra firme, de lo contrario no puede salir navegar, “ni aunque sea por un ratito”, reclama.

“Y cuándo un kawésqar ha necesitado un mapa de navegación, una bengala”, replica María Isabel.

“Les basta mirar al cielo para saber cuándo va a estar bueno o malo”, dice al tiempo que agrega que “es tirado de las mechas (“jalado de los pelos”) que les exijan mapas, cuando conocen al callo todos las islas y canales. Por esa razón la gente no puede salir cuando quiere, y ser libre”.

María Isabel, al igual que la mayoría de los de su casa desde pequeña para seguir estudiando. Pero ahora, ya convertida en una profesional, regresó con la intención de quedarse y montar un proyecto de turismo en la zona.

Desde la División de Cultura de la Municipalidad de Natales, lo está intentando y con su esfuerzo ha ido entusiasmando a otros. De hecho su hija, María José, a sus 14 años tiene claro que quiere estudiar turismo y aprender inglés para poder hablar con los gringos que a menudo los visitan y pasar su vida en la isla.

* Retomado de mujereschile.cl.

       

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