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Zurcidora de almas

Por Juana Eugenia Olvera

Antes de entrar a la prepa, Alba ya sabía cuál carrera cursar, por lo que desde ese momento se centró en sus estudios con todo esmero para prepararse intensamente. Ella iba a componer almas, y en verdad que estudió y se capacitó en los mejores ámbitos que había en la ciudad.
 
Por el tiempo en que cumplió 20 años, ya era una experta en zurcidos sencillos y habilitaba las almas de sus amigas para que reiniciaran cualquier propósito que hubieran dejado a medias a causa de algún problema sentimental.
 
En su casa procuraba que sus dos hermanos la escucharan para que sus almas no se trabaran en situaciones inútiles que luego les dejaran agujeros profundos difíciles de remendar, pero no le prestaron atención y ambos sufrirían después crisis existenciales que hubieran sido menos graves de haberla escuchado en su momento.
 
A pesar de todo, Alba no cejaba en su convicción de ayudar. Con mucha dedicación aprendió a hurgar en almas oscuras y profundas, a encontrar los principales hilos dañados para fortalecerlos y generar la compostura a partir de ellos, intercalando urdimbre nueva que soportara los embates de la vida.
 
Lo mismo daba que fueran almas nuevas, medio usadas o viejas. Ella siempre encontraba la manera de generar un tramo original para impulsar el desarrollo de sus propietarios. Aun cuando fueran almas que se encontraran confusas en sus cuerpos, siempre había modo de ofrecerles hilos nuevos que les brindaran otras alternativas.
 
Cuando la conocí, se dio cuenta de que mi alma vieja y desgastada necesitaba no uno, sino varios parches, pero el miedo al dolor de abrir viejas heridas retrasó mi alivio. Creí que no lo necesitaba y de pronto una lluvia de verano me azotó.
 
Entonces los jirones de mi alma fueron tan evidentes, que me vi en la necesidad de recurrir a ella para que hiciera su mayor esfuerzo y me regresara habilitada para continuar con mi viaje de la vida.
 
Aunque doloroso, no fue tan largo como lo había creído y fue en esa etapa cuando la vi realmente en su grandiosa dimensión de zurcidora.
 
Con cuánta paciencia buscaba y encontraba la esquirla que permanecía enterrada destruyendo el tejido. La removía con cuidado y me la mostraba para que la identificara a fin de no volverme a lastimar con ella.
 
Cuando iniciaba la compostura, empleaba un raudal de amor para hacerme entender cómo mantener la reparación con el propósito de darle funcionalidad a mi alma. También iba acomodando trocitos de fulgor con piedras preciosas para que, más adelante, brillaran con luz propia.
 
Fue un trabajo arduo que me permitió descubrir y rescatar lo valioso que había en mí y que permanecía sin usar. Todo ello me hizo verla como la hija que me hubiera gustado tener, sobre todo porque, con esa capacidad tan grande de amar, había sido rechazada por su madre, quien tal vez poseía un alma pequeña que le impidió asomarse a la maravilla de hija que Dios le había dado en custodia.
 
Por supuesto, Alba aplicó en sí misma la destreza adquirida y restauró su propio desgarrón con una maestría que a la fecha la mantiene como suprema zurcidora de almas.
 
*Narradora oral, astróloga y terapeuta.
 
12/JEO/RMB

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