Migración
    Víctimas de la Trata y el Tráfico con destino a la prostitución
Migración femenina, al trabajo que demande el mercado
Cimac/Artemisa | México, D.F..- 31/03/2006

La migración femenina es, a estas alturas, una gigantesca paleta de pintor donde los colores se superponen. De un lado, están las domésticas de Barcelona o de Madrid; en otro espacio, las prostituidas en Holanda, Bélgica o Suecia; y en una "mancha" más, las que en Nueva York o Miami sobreviven haciendo cualquier cosa.

De acuerdo con investigaciones recientes, a medida que aumenta la pobreza de nuestros pueblos, la mayoría de las mujeres que emigran en busca de una mejor vida, son víctimas de la Trata y el Tráfico de personas con destino a las redes de prostitución.

Siguen saliendo de los países pobres, sobre todo van a Europa y Estados Unidos, donde logran trabajar como mucamas, prostitutas, o lo que demande el mercado.

La vicecanciller dominicana para Asuntos Migratorios y Consulares, Rosario Graciano, considera que el hecho de que los mejores empleos sean siempre para los hombres aleja las posibilidades femeninas de encontrar medios de subsistencia en su tierra.

En República Dominicana existen estadísticas precarias, pero a simple vista se ve que en las "yolas", barcazas inseguras que viajan diarias llenas a Puerto Rico, van muchas mujeres algunas con hijos pequeños.

Entre Cabo Engaño, en República Dominicana, y Cabo Higüero, en Puerto Rico, hay 112 kilómetros de riesgos.

Si las dificultades de las personas emigrantes son a veces traumáticas para quienes se atreven, lo cierto es que el grueso que lo hace prefiere afrontar los inconvenientes y los sinsabores.

Salen frecuentemente con visas de turistas y una buena parte permanece indocumentada en el país de acogida.

El mayor número de emigrantes dominicanos viaja a España, Holanda y Suecia. A Estados Unidos van mayoritariamente los que ya tienen familiares y conocidos que les amparen, salvo quienes escapan a Puerto Rico con la esperanza de recibir las condiciones del Estado Libre Asociado, e intentar pasar inadvertidas allí, en Aruba o en Curazao, con la esperanza de un tránsito que confían les resultará ventajoso.

Existe un debate con respecto a si eso es lo más favorable, o si lo aconsejable sería ayudarlas a reasentarse en sus propias comunidades, pero una verdad no dicha es que cuando regresan fracasadas, con frecuencia no las quieren ni en sus propias familias.

No obstante, el ejemplo de dominicanas que consiguen quedarse en otros países, asimilarse al trabajo y a las características de esas naciones, a veces aprender el idioma e inclusive convertirse en empresarias o empleadas prósperas, motiva mucho más que los propios temores a las mujeres que necesitan emigrar.
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