feminismo

QUINTO PODER
VIOLENCIA
   Quinto poder
Los espacios sociales como plataformas de discurso Segunda parte
CIMACFoto: César Martínez López
Por: Argentina Casanova*
Cimacnoticias | Campeche, Cam.- 22/11/2017

Como sujetos sociales, en la medida en la que nuestro pensamiento acepte los conceptos de igualdad y no discriminación, podríamos modificar nuestra realidad, es la transformación del pensamiento para así cambiar la sociedad en la que vivimos; para transitar de coberturas noticiosas que criminalizan y violentan, a la conciencia de la gravedad de las violencias.

Un ejemplo que permite comprender la dimensión de la transformación de las realidades a partir del lenguaje y las leyes, es la esclavitud. Cuando unos pocos y pocas señalaban que no estaba bien hubo mucha resistencia, muchas personas sufrían lo indecible a causa de enunciaciones y posturas públicas de personas reconocidas y con poder, que afirmaban que tener esclavos “no tenía nada de malo”, que estaba bien poseer a una persona y que la “superioridad humana” estaba basada en el color de la piel, que eso lo hacía humano.

En aras de esos discursos, apología de la discriminación, se cometieron actos atroces que lastimaron a millones de personas en todo el mundo. Se cometieron hechos que avergüenzan a la humanidad hoy día, conscientes de que no tiene nada de civilizado secuestrar a familias enteras en el África para luego ser vendidas como esclavos y trasladados en barcos hacia América; y si era necesario, ser “desechados” por la borda como lastre.

Los paradigmas de la realidad se transformaron a partir del pensamiento que se transmite a través de la palabra hablada y escrita, especialmente a través de nuevas leyes que nos dejaron claro que no estaba bien ni era muy humanista tener o pretender tener esclavos. Aun así, hoy día persisten formas de esclavitud como la trata.

NUESTRA POSICIÓN EN EL DISCURSO QUE HABLAMOS

Así como en las leyes, en cada uno de nuestros ámbitos de intervención estamos construyendo con nuestras palabras, con nuestros actos, un discurso que se hace desde la posición que ocupamos en la sociedad, de tal forma que los actos y palabras que utilizamos, hablan de la educación que hemos recibido, de los contextos en los que vivimos y de las experiencias de vida.
Dependiendo del lugar que ocupamos en la sociedad podrá ser el nivel de intervención de nuestro discurso. Así lo que un docente, un juez, un médico o un periodista tiene que decir en relación con algún tema, influirá en la opinión pública que percibe esa opinión como influencia.

Lo que un, o una docente dice frente a un grupo, supone una postura política desde la que se enuncia el discurso científico que afecta el sentido de todo lo que se enseña, que permea lo que se dice y se enseña.

De la misma forma, todo lo que decimos en las redes sociales fija una postura política; incluso si hablamos de "cuestiones personales", lo hacemos desde la posición social. El lenguaje adquirido en nuestro lugar social y la opinión, es por supuesto, una postura política de lo privado. Las palabras que usamos, nuestras construcciones lingüísticas, todo, habla del lugar social que ocupamos, de nuestra percepción sobre la realidad social y nuestro proceso de aprehensión de ella.

Visto así, las responsabilidades de la comunicación en los espacios públicos cobran una gran importancia y responsabilidad sobre el alcance de la comprensión de los discursos de igualdad y de Derechos Humanos de las poblaciones.

Sin embargo, sabemos que la mayoría de las veces no constituye un compromiso ni para los jueces, ni docentes y mucho menos para periodistas o comunicadores y, por el contrario, suele afrontar reticencias basadas en purismos del idioma que estamos lejos de poder sostener teóricamente.

Durante su intervención en el Tribunal de Mujeres, la periodista Ana Bernal, señalaba: “nadie nace machista, el machismo se construye en una sociedad patriarcal”. Sí, pero requiere de discursos que lo hagan nacer, lo moldeen, lo alimenten y lo hagan crecer.

¿Quiénes contribuyen a este proceso?

Si hacemos un repaso de los lugares donde se da el proceso de formación, las personas que intervienen y las instituciones que pueden influir en él, podemos ir “de-construyendo” el camino a la graduación de un machista o una persona discriminadora, violenta e intolerante.

El primer paso para deconstruir esos discursos es reflexionar acerca de cómo estamos abonando en sentido contrario, si violentando Derechos Humanos, sosteniendo discursos con sesgos de género, excluyentes y que hace apología de la violencia, que es por sí misma una forma de violencia a los derechos de todas las personas; y atrevernos a construir nuevas formas de hablar y de pensar.

* Integrante de la Red Nacional de Periodistas y Fundadora del Observatorio de Violencia Social y de Género en Campeche

17/AC/LGL








LENGUANTES
FEMINISMO
   LENGUANTES
   
¿Quién se encarga de la seguridad en las movilizaciones feministas?
CIMACFoto: César Martínez López
Por: Dirce Navarrete Pérez*
Cimacnoticias | Ciudad de México.- 13/11/2017

El #24A me dejó, entre otras cosas, varias preocupaciones en cuanto al tema de seguridad que intentaré traducir en aprendizajes. ¿Alguien se acuerda de los incidentes que se presentaron durante esta movilización? Compartiré algunos de la caravana metropolitana, que fue la que me tocó monitorear:

a)         En la caravana del EdoMex a la CDMX un carro negro con las placas cubiertas con un extraño cartel de “anarco-feminista”, se acercaba cada tanto de manera intimidante con las ciclistas, sin respetar la estructura de seguridad y a las monitoras nos daba información falsa, diciendo que un contingente se había quedado atrás, que lo esperáramos.

b)         Llegando al Monumento a la Revolución, y para iniciar el último tramo de la movilización, personas supuestamente del gobierno de la Ciudad de México nos querían cambiar la ruta de la marcha, a pesar de que con tiempo habíamos compartido la ruta y tomado las medidas necesarias para avisar a seguridad pública y solicitar medidas precautorias ante la CDHDF. Nos dijeron que en caso de no aceptar la ruta que ellos pedían, entonces no se harían responsables de los incidentes que se pudieran suscitar.

c)         Cuando el contingente ya estaba en Reforma, un extrañísimo camión negro de dos pisos insistió en incorporarse a la marcha, así es, en medio de todas las que íbamos caminando. Cuando lo intentamos detener,  se negaron a parar y  amenazantes siguieron en marcha hasta que varias nos pusimos enfrente para frenarlo, alegando que nos ponía en riesgo a todas. Desde arriba, personajes supuestamente “feministas” nos gritaron que éramos, entre otras cosas, unas intolerantes al no dejarles marchar y que por eso nos merecíamos que nos asesinaran. ¡Tal cual!

d)        Al igual que en todas las movilizaciones feministas, hubo muchos hombres que insistieron en entrar a los contingentes separatistas, provocando diversos enfrentamientos a lo largo de todo el recorrido.

No sé si recuerden estos incidentes y hubo muchos más. Pero creo que bastan los mencionados para ilustrar algunos factores de riesgo que se presentan marcha tras marcha de mujeres y feministas. Creo que los machirrines de todo tipo tienen claro que una movilización feminista es el lugar casi perfecto para descargar su odio contra nosotras, pero parece que las feministas de pronto no vemos tanto riesgo, nos sentimos seguras porque vamos varias y al final, en mayor o menor medida, podemos responder en manada. Sin embargo ¿podríamos disminuir o tener un poco más controlados los factores de riesgo que se nos presentan en estos actos de protesta? o mejor dicho ¿podríamos aumentar nuestra seguridad?

Ubico de entrada dos niveles de seguridad que nos urge ir atendiendo. El primero va enfocado a trabajar herramientas prácticas que antes, durante y después de una movilización feminista, nos permitan sentirnos más seguras y en confianza. Dependiendo siempre del contexto, del número estimado de personas que acudirán y de los objetivos que persigue la marcha, nos ha tocado plantearnos si queremos o no darle seguimiento a medidas institucionales, como aviso a los gobiernos o solicitar medidas precautorias ante las comisiones de Derechos Humanos, o si preferimos herramientas más autogestivas, como comités de seguridad con monitoreos internos y externos, haciendo redes con otras organizaciones como Artículo 19 o Marabunta. Es decir, construir y ajustar cada vez mejor nuestros protocolos de seguridad.

El segundo nivel, un poquito más complicado me parece, está en la tarea de ir construyendo una cultura de cuidado colectivo, feminista. La respuesta a ¿quién se encarga de la seguridad en una movilización feminista? tendría que ser sin pensar: TODAS. Evitando así que un grupo de nosotras se tenga que encargar de hacer una chamba bastante pesada construyendo medidas que al final, a pocas les importan y nadie sigue. Ojalá pronto podamos sentirnos igualmente preocupadas y con la responsabilidad de atender al cuidado colectivo, pues ponernos en riesgo es poner en riesgo a todas las demás.

Un reto que veo en ambos niveles es poder comunicarnos de manera más clara y asequible con todas aquellas que no necesariamente forman parte de nuestra burbuja feminista pero que se sienten interpeladas y acuden a las marchas. Por ejemplo, ¿podríamos extender a ellas nuestra propuesta sobre la conformación de los contingentes separatistas y mixtos? Sé que esto no evitará que algunos se quieran colar a los espacios que no son para ellos pero ¿podría esto disminuir el número de los “despistados y despistadas”?

Se vienen las movilizaciones del 25 de noviembre, sabemos que los incidentes de seguridad no se pueden evitar, pero creo que sí nos toca aterrizar algunas de nuestras consignas feministas acá. ¡Ante la violencia machista, autodefensa feminista!

Algunos materiales de seguridad:

Kit de seguridad #24A: https://drive.google.com/drive/folders/0B03VQzGS81UZUXZkWTNVYW9lQlk

Kit #Chimahuacán:

https://drive.google.com/drive/folders/0B9OwiQn0qEoXYUhCeDBBaC1VbVE

*Dirce Navarrete Pérez es politóloga feminista @agateofobia_

17/DNP/LGL








QUINTO PODER
DERECHOS HUMANOS
   QUINTO PODER
El camino a una sociedad sin violencia de género
CIMACFoto: César Martínez López
Por: Argentina Casanova*
Cimacnoticias | Campeche, Cam.- 06/11/2017

Puede que haya muchas estrategias pero el camino más corto y más difícil hacia una sociedad sin violencia de género es el empoderamiento de las mujeres, entendiéndolo como la apropiación y goce de todos los derechos y el ejercicio de la ciudadanía plena y la construcción de una sociedad democrática con la participación de todas las mujeres en todos sus ámbitos: político, social, educativo y económico.

Incluso ámbitos que difícilmente se pensarían parte de los “derechos” como la libertad de tránsito por las calles y la organización de las mujeres y hasta otros derechos esenciales como el derecho a la vida libre de violencia y el acceso a la justicia. A partir del empoderamiento y el ejercicio de la ciudadanía las mujeres nos hacemos “personas”.

Esto debe ir acompañado de acciones institucionales que garanticen que se puedan ejercer, tanto normativamente como con acciones que incidan y transformen los patrones socioculturales que prevalecen en la administración pública y en toda la sociedad y que desvalorizan la vida y la integridad de las mujeres.

La Relatoría para los Derechos Humanos de las Mujeres de la Corte Interamericana de Derechos Humanos expone al menos cinco aspectos necesarios para transformar la actual sociedad y transitar de una que viola los derechos de las mujeres a una que garantiza el acceso a la justicia.

Uno de estos aspectos es precisamente la transformación de eso patrones socioculturales, otro es la formación de profesionales sensibles a visibilizar cómo se obstaculiza la justicia. Un tercer elemento es que tengan conocimientos en materia de Derechos Humanos (DH); otro es la eliminación de la impunidad y el quinto aspecto es la eliminación de la corrupción.

Nos debe quedar claro que los feminicidas matan a una mujer porque pueden, sí, porque saben que no habrá justicia ni sanción, que no hay acciones concretas. Ahí tenemos el ejemplo reciente en el escenario nacional, mientras las organizaciones defensoras de DH de las mujeres celebramos la sentencia de uno, dos más huyen por todo el país libremente después de asesinar a sus parejas con plena impunidad.

Frente a esto nos queda preguntarnos, ¿qué papel juega la sociedad civil? El más importante es educarse, informarse y demandar tanto a los medios de comunicación y sus profesionales, como a las instituciones, coberturas informativas que no criminalicen ni revictimicen a las mujeres asesinadas.

No es posible que se naturalice que una institución dé a conocer detalles, fotografías y datos que en vez de contribuir a la investigación van directo a incidir en el ánimo de la sociedad para culpabilizar a la víctima de lo que le sucedió:

“Había bebido alcohol”, “se fue con un desconocido”, “era violenta, no era una mujer decente”, “le gustaba consumir alguna droga” y todo para justificar que era una cosa menos una persona, para convencernos de que solo se mata a las “mujeres malas” y que a las que se “portan bien” no les pasa nada. Esto es claramente falso porque las mujeres también son asesinadas en el ámbito privado con un claro desprecio por el valor de sus vidas.

En segundo lugar, es fundamental que todas las sociedades tengan claro que el tipo penal del feminicidio no discrimina la vida de los hombres, sino constituyen –como lo establece la Recomendación General relativa al artículo 2 de la Convención para la Eliminación de toda forma de Discriminación contra la Mujer– una acción afirmativa para incidir y visibilizar los crímenes de género y que cada uno de sus elementos, del tipo penal, tiene la intención de prevenir, atender, sancionar y eliminar la violencia contra las mujeres.

Un tercer factor es que las sociedades contribuyan a la educación de las personas y que se respete la vida de todas y todos. Mientras tanto las mujeres podemos apostar por la defensa y el cuidado de nuestras vidas mediante redes de apoyo y alianzas como hemos venido construyendo, compartir taxis, avisarnos de nuestras rutas, apoyar en casos de vivir violencia y avisar a familiares de elementos que pueden constituir violencia en contra de alguna mujer que no puede salir del ciclo de la violencia.

* Integrante de la Red Nacional de Periodistas y Fundadora del Observatorio de Violencia Social y de Género en Campeche

17/AC

 








DESDE LA LUNA DE VALENCIA
FEMINISMO
   DESDE LA LUNA DE VALENCIA
   
No son simples palabras
CIMACFoto: César Martínez López
Por: Teresa Mollá Castells*
Cimacnoticias | Ontinyent, Esp.- 31/10/2017

Esta semana he estado impartiendo unas clases en determinadas ciudades a personal docente. En dichas sesiones estuvimos viendo algunas cifras que siguen demostrando tozudamente la desigualdad todavía existente entre mujeres y hombres en muchos ámbitos como la política, la educación, los deportes, las artes, etc. Y que, también tozudamente, nos pone frente al espejo a la hora de asimilar que vivimos en una igualdad formal o legal, pero no real.

También hablamos del feminismo y de sus definiciones. Y nos encontramos con la importancia que tienen las palabras y el interesado uso que de ellas hace el patriarcado. Hemos de recordar que un lenguaje no inclusivo y, por tanto sexista, es el mejor brazo que tiene el sistema patriarcal para mantener su estructura opresora sobre más de la mitad de la población que somos las mujeres.

Como no podía ser de otra manera, porque ocurre siempre, aparecieron las reservas por parte de algún docente intentado confundir el término feminismo con el de hembrismo, pero no lo consiguió.

Estuvimos viendo algunas definiciones que del término feminista se han hecho y en las que más hincapié hicimos fueron en las que aparecen en el diccionario de la RAE y que dice textualmente:

"1. m. Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres.

2. m. Movimiento que se apoya en el feminismo."

Después vimos la definición que del mismo término nos da el Diccionario de María Moliner, que expone lo siguiente textualmente: "Doctrina que considera justa la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Movimiento encaminado a conseguir esta igualdad."

Si realmente existiera neutralidad en las definiciones y/o en los términos no seríamos capaces de detectar el sexismo en estas dos definiciones. Pero esa neutralidad no existe y por eso vemos la carga de sexismo existente en la definición de diccionario de la RAE, y me explico.

Si partimos de la base de que el patriarcado ha colocado todo lo masculino como neutro y, por tanto ha anulado todo lo femenino, veremos como natural la definición que da la RAE del término, puesto que es normal que el objeto de derechos sea el hombre y por tanto los de las mujeres hemos de aspirar a tener esos mismos derechos.

Sin embargo si consideramos de base que mujeres y hombres han de tener igualdad plena y real nos encontraremos con que esa igualdad ha de extenderse a los derechos ENTRE hombres y mujeres.

Solo es una palabra ("entre") la que desmonta la sexista definición que expone la RAE y que permite mantener la asimetría de poder y, sobre todo de derechos entre mujeres y hombres en perjuicio de las mujeres, por supuesto.

Tal y como decía Gerda Lerner  en su libro "La creación del patriarcado" (1986) Al excluirnos de los espacios públicos (y los lenguajes lo son) también el patriarcado nos excluye de la formación de los sistemas de ideas. Con lo cual, si no formamos parte en esa construcción, directamente somos excluidas de las mismas e invisibilizadas.

Por lo tanto nada es casual cuando de definiciones se trata, como ya hemos podido constatar.

En otra de las sesiones, en el tiempo de descanso y después de haber hablado del feminismo como herramienta necesaria para una mayor justicia social y una mayor solidaridad en términos generales para acabar con las desigualdades, se me acercó una persona preguntándome con cierta sorna que cual era el antónimo de feminismo. Me desconcertó un poco, puesto que nunca me había planteado que el término feminismo tuviese un antónimo, dado que en todas las definiciones planteadas exponían las bondades del mismo. Le respondí con humildad que no lo conocía, pero que en cualquier caso y al hilo de lo que estábamos viendo, sería un término terrible y no sólo para las mujeres sino para el conjunto de la sociedad. Cuando se hizo el silencio en el aula invité a quienes estaban allí a que, si conocían el antónimo del término feminismo, lo compartieran con el resto del grupo. Nadie dijo nada.

Pero como soy muy curiosa, cuando llegué a casa, me fui directamente a mi diccionario de sinónimos y antónimos Tesauro y comprobé que no estaba la entrada antónima de dicha expresión. Alguien se había sentido molesto con mi explicación y su manera de demostrarlo fue esa.

Como vemos, las palabras son mucho más que palabras, puesto que construyen ideas, pensamientos, nombran situaciones u objetos y en definitiva, construyen realidades. En ese sentido el patriarcado las utiliza para mantener su opresivo sistema con las mujeres y una forma de mantener el orden es precisamente ocultado o manipulando esas expresiones y/o palabras y así mantener sus privilegios.

No es casual que determinados miembros de la RAE practiquen una activa misoginia contra quienes denunciamos el sexismo en sus definiciones.

Tampoco es casual que los medios de comunicación redacten o muestren noticias que pueden llevar a la confusión, ocultación o cosificación de las mujeres. Todo forma parte de la estrategia patriarcal para que nada cambie.

Y como ya he dicho en alguna ocasión, la alianza entre el patriarcado y el capitalismo, incluso en su manera de comunicarse es terrible para las mujeres puesto que permite utilizar las palabras y las imágenes para convertirnos en meras materia prima para sus terribles negocios de trata de mujeres con fines de explotación sexual, como vasijas para gestar hijos, como meros productos de consumo sexual, etc. Y todo ello justificado con edulcorantes eufemismos que confunden a mucha gente que no acierta a ver esa terrible alianza.

Por eso hemos de llevar cuidado cuando hablamos o escribimos o consumimos imágenes de cualquier tipo, porque no son solo palabras. Son transmisión de mensajes patriarcales que hay que ir desmontando casi palabra a palabra como hemos visto.

Porque desde el feminismo se exige una igualdad real a todos los niveles ENTRE mujeres y hombres y no nos conformamos con la igualdad formal que hoy tenemos y que el patriarcado cree que es la justa. No. Queremos, exigimos, una igualdad real en todos los ámbitos y a todos los niveles y eso debería pasar por revisar los términos patriarcales de los diccionarios y por no cuestionar las voces femeninas y feministas que exigimos ese cambio de paradigma.

Yo voy a seguir con mi mensaje de necesidad de cambio y de exigencia de lenguajes inclusivos en todos los ámbitos. Le pese a quien les pese.

tmolla@telefonica.net

* Corresponsal, España. Comunicadora de Ontinyent.

17/TMC/LGL








INTERNACIONAL
FEMINISMO
   Tres voces de mujeres feministas en Barcelona
   
Nombrar y en voz alta la palabra feminismo
Imagen retomada del portal La Independent
Por: Lídia Vilalta*
Cimacnoticias | Barcelona, Esp.- 26/10/2017

Durante octubre, en Barcelona se realizaron tres debates de lujo con 3 poderosas mujeres: una conversación con la novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie; la presentación de “La revolución hoy” de la filósofa, profesora y activista por los Derechos Humanos, Angela Davis; y una charla con la escritora india Arundhati Roy sobre Ideas, palabra y acción. Aquí destacamos sus miradas sobre el feminismo.

Un Centro de Cultura Contemporánea (CCCB) lleno hasta los topes, en especial de mujeres y muchas jóvenes, recibió a las 3 ilustres huéspedes. “Siempre he sido feminista, pero sin saberlo” manifestó la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. “Soy conferenciante sobre los derechos de las mujeres”, porque has de “ser lo que tú quieras ser, sin esperar que la gente te aplauda por lo que digas” -pero confesó a su interlocutora, la periodista Anna Guitart- que “escribir cuentos o historias es mi primer amor” y que tuvo ‘momentos mágicos’ en el proceso de creación de su novela Americanah.

NOMBRAR Y EN VOZ ALTA LA PALABRA FEMINISMO

“No leí teoría feminista y alguna vez me llamaron feminista como insulto -explicaba Adichie- porque, en cualquier caso, serlo tiene connotaciones negativas. Incluso algunas personas dicen que mejor te identifiques como ‘humanista’ que feminista, pero dejó bien claro que “no es un problema de humanidad: las mujeres son oprimidas y reprimidas por ser mujeres” y por eso, “necesitamos nombrarlo, decir en voz bien alta la palabra feminismo”.

Chimamanda Ngozi Adichie, afincada en Estados Unidos (EEUU), “quiere que los chicos y las chicas lleguen al feminismo” y por ello colaboró con Beyoncé en la canción Flawless  (perfecto) en especial, para que “las chicas hablen y traten las cuestiones feministas desde todos los ámbitos y desde su propio lenguaje”, aquél “en el que expresan lo que les sucede y viven”.

Porque “creo en el poder de las historias no en el feminismo académico”, afirmó, debe ser un lenguaje accesible para que las mujeres lo entiendan, para que tengan voz con la lengua a la que tienen acceso”, pero recordó que la revolución feminista no sólo tiene a las mujeres como protagonistas sino que también debe incluir a los hombres. “El objetivo del feminismo, decía en Barcelona, es cambiar el mundo después de más de 100 años que lo intentamos: es la esperanza de las mujeres jóvenes”.

DOBLE ESTÁNDAR PARA NIÑOS Y NIÑAS

“Desde mi infancia, en Nigeria, contaba, me di cuenta de que hay ‘doble estándar’ para niños y niñas: las mujeres tienen roles obligados, los hombres muchos menos”. Y “desde pequeña, te avergüenzan: siéntate apropiadamente como una nena, me decían y con las piernas cerradas y, cómo podéis ver, mostraba, me gusta estirar las piernas”. También resaltó que “en la cultura igbono puedes hacer determinadas cosas por ser mujer, cosa que me incomoda”. Y “si no estás casada a determinada edad, o si no dejas que pague el hombre, se supone que ya no eres feliz”, explicaba.

Pero “el feminismo no es ajeno a África, recordaba, existía en el África Occidental antes de la colonización cuando las mujeres tenían funciones importantes y poder. Fue el colonialismo el que introdujo el ‘cristianismo victoriano’ con ‘la idea blanca’ de la mujer subyugada”, es decir que “su lugar estaba en la cocina y en el dormitorio”… “Las mujeres africanas eran las que llevaban, desde siempre, las actividades económicas” mantenía; era el feminismo con raíces del África Occidental. “Mi abuela fue una feminista y una gran luchadora contra los planteamientos patriarcales”, afirmó.

“Las mujeres occidentales, más documentadas -seguía- han sido, las que han argumentado acerca del patriarcado. Para muchas feministas todavía existe la idea que hombres y mujeres son iguales, pero es diferente, mantenía, por la cultura, la clase, la raza, el amor, la sexualidad”…. Y advirtió que “algunas miradas del feminismo pueden cegarnos. Por eso escribo novelas con mujeres poderosas porque las mujeres fuertes son normales para mí, por eso las pongo de personajes de mis novelas”.

SIGLOS DE MISOGINIA REPRIMIENDO A LAS MUJERES

En el mundo y en concreto en Estados Unidos, explicó, “los hombres tienen el poder económico el cultural” por eso Hillary Clinton no fue votada; los hombres escuchan a los hombres”, añadió. “Ella fue tratada diferente por ser una mujer y era buena, estaba preparada y lo había probado en su trabajo”.

Es la idea de masculinidad, continuó: ellos pagan, no pueden llorar… las mujeres debemos trabajar el doble; no es el género, no es la raza, es el distinto techo de cristal”. En EU tiene especificidades, decía, pero “en Arabia Saudí no podían ni conducir: es la misoginia reprimiendo a las mujeres durante siglos”.

Y recordó que fue “la mujer blanca la que votó por Donald Trump; no las negras ni las  latinas” porque son blancos los que tienen privilegios y las que no lo entienden es por la clase”. No hay que construir un feminismo negro separado del blanco; no  debemos dejarnos reducir porque las cosas son diferentes”.

RACISMO CON ESTEREOTIPOS NEGATIVOS EN EU

Chimamanda Ngozi Adichie explicó que “Americanah” “es bastante importante para mí. Es la historia de mi familia, de mi país y me tocó mucho emocionalmente; no es una novela, es una historia”, señaló. “Disfruté mucho; me sentí libre; no la vendí demasiado; al parecer el lenguaje era muy complejo para Estados Unidos: no lo comprendieron y lo odiaron. Pero yo tuve ‘momentos mágicos’ con “Americanah” con el significado de la vida y los personajes” porque “escribir cuentos o historias es mi primer amor; esa capacidad de explicar historias es un don que me han regalado mis ancestros”. Y aunque ahora “estoy encantada de estar aquí” afirmó, prefiero estar en pijama y poder escribir… y no les adelantaré sobre lo que estoy escribiendo: es una superstición de las mujeres igbo”.

Cuando se la interpeló sobre el racismo reveló que ya “había leído sobre el apartheid y a Martin Luther King cuando llegó a Estados Unidos, pero ‘no pensé que allí era negra’ y eso tiene mucha negatividad”, afirmó: es el trabajo, las habilidades, tienes menos posibilidades de estar empleado” y mantuvo que “no es un problema de la negritud, si no como ellos nos ven”.  En Brooklyn explicaba “sentí ese rechazo de ser negra por el racismo y por los ‘estereotipos negativos’: criminales por ser negros, indignidad; hay diferencia entre blancos y negros criminales”. Pero, “no puedes escoger: eres negra y para mí es una identidad política”. Y en broma añadió que “el problema no es la piel, porque es perfectamente maravillosa, (quizás la edad o los huesos, decía) pero “no desaparecerá porque es el lenguaje de la American Foundation y por eso “el racismo es el nacionalismo’, el suyo”. Y ahora existe “confusión y desilusión sobre el racismo a pesar o después de Obama” concluyó.

NO SOY FEMINISTA, SOY REVOLUCIONARIA

Angela Davis, histórica luchadora por los Derechos Humanos en su conferencia: “La revolución hoy” aparte del tema principal de su conferencia, recordó que en el movimiento “Black Panther la mayoría éramos mujeres, pero el grupo estaba muy masculinizado.

Las activistas radicales negras teníamos que dar apoyo al movimiento LGTBI y al matrimonio gay, pero nosotras éramos críticas con las estructuras capitalistas”. Y “pese a que sabemos que son derechos, considerábamos que era un paso hacia la inserción en la institucionalización” social y las estructuras del sistema, afirmaba.

“No soy feminista, soy negra revolucionaria” dijo con rotundidad, “las feministas burguesas han categorizado a las mujeres y, en cierta manera, las racializan; por ejemplo ‘el techo de cristal’ del que habla Hillary Clinton está formado por jerarquizaciones para las blancas” y según Davis sólo “potencia los privilegios para las mujeres de su clase”.

“Yo apoyo la ‘Interseccionalidad’ de todas las luchas (racismo, misoginia…) a través de las leyes sociales”, manifestó. “La desigualdad racial debe ponerse en relación con la de género y la de clase. Es la era de las mujeres, afirmó, desde abajo y con todas, transgénero, queer, las afectadas por la violencia”… todas queremos crecer mantuvo y ahora “la inclusividad y la diversidad no es suficiente. No queremos ser asimilables a sociedades ‘patrióticas’ que valoran más los beneficios que a las personas” explicaba.

LAS JÓVENES TOMANDO EL LIDERAZGO

En una mesa de debate con Ángela Davis y diversos activistas del Black Lives Mater en 2015, Erika Totten define la ‘interseccionalidad’ como “sentir la voz de las personas más marginalizadas de la comunidad y apoyarlas: las mujeres del movimiento negro, las transexuales, las queer y LGTBI y darles espacios; pero también significa impulsar políticas que frenen la misoginia, la homofobia, el antagonismo trans”.

Y “para esa tarea, subrayaba Totten, no queremos el lenguaje de los hombres”. En cambio “sí contamos con el apoyo y las conexiones de nuestras ‘maravillosas mayores”  en los que Angela Davis se cuenta. Es lo que, en Barcelona, proponía Davis: “hacerle frente al reto del ‘liderazgo masculino-individualista-carismático’ (del ‘black male líder)”.

Davis también hizo énfasis en “las jóvenes, con las que estoy conectada, afirmó en el CCCB, porque ellas “están tomando el liderazgo y deben aprovechar todo lo que ya hemos preparado y ponerlo en la práctica”. Porque “la libertad es una larga lucha y un continuo aprendizaje; precisamente ese es el título de su último libro (La Libertad es una batalla constante). Por ello debemos tener “autocuidado pero también ejercer un cuidado colectivo”. Siempre “hemos de imaginar algo mejor, concluyó, porque “los que descendemos de la esclavitud siempre imaginamos un futuro mejor”.

SER MUJER EN LA INDIA ES MUY COMPLICADO

Arundhati Roy, en la charla Ideas, palabra y acción, compartida con la periodista Natza Farré, explicaba respecto a las cuestiones del feminismo que “ser mujer en la India es muy complicado”. Recordó que “hay infanticidios de niñas; las madres quitan la comida a las niñas para dársela a los niños” pero, por otro lado, “existen mujeres guerrilleras, también mujeres en el movimiento contra las presas y embalses y mujeres políticas como Gandhi”.

La escritora india, que presentaba en el acto su segunda novela en 20 años (El ministerio de la felicidad suprema), manifestó que “entiende la sociedad en la que vive y no se siente sola” en sus luchas, pero cree que “los movimientos feministas se han ‘onegeizado’ es decir que  hablan solo en términos de sexo, género o malnutrición” y, por otro lado, la crítica política no es feminista”.

“Las mujeres indígenas” -de las múltiples etnias de ese país con una población de millones de personas, que aún mantiene castas, privilegios y parias (dalits o intocables: 200 millones de personas)- “luchan contra las empresas mineras y por la tierra y también contra los embalses” afirmaba Roy, pero “no se consideran feministas y no entran a discutir sobre los derechos civiles o el anti apartheid” de la sociedad en la que viven. Y en ese sentido, recordó que “en los años 70 muchas revoluciones eran para demandar Derechos y hoy no se lucha por la Justicia”.

*Este artículo fue retomado del portal de noticias http://www.laindependent.cat

17/LV/LGL








DESDE LA LUNA DE VALENCIA
FEMINISMO
   DESDE LA LUNA DE VALENCIA
   
Los límites de la sororidad
CIMACFoto: César Martínez López
Por: Teresa Mollá Castells*
Cimacnoticias | Ontinyent, Esp.- 03/07/2017

Esta semana me sucedieron unos hechos que me llevaron a reflexionar sobre la sororidad y alguno de sus límites. En este caso el límite lo puso yo.
 
Hace una semana me invitaron a participar en una mesa redonda para visibilizar la genealogía feminista comarcal y a falta de acabar de cerrar que otras mujeres iban a conformar la mesa, acepté. Además me comprometí en facilitar los datos de otra compañera a la que admiro y respeto mucho.
 
Al cabo de unos días llamé a la compañera que me invitó para facilitarle el teléfono prometido y aprovecho para preguntarle si ya habían completado la mesa para saber con quién iba a compartir ese espacio. Me contestó que no pero que estaba pensando en llamar a una mujer de cuyo nombre prefiero no acordarme. Me puse pálida al escuchar dicho nombre puesto que se trata de una señora que durante bastante tiempo me provocó mucho dolor y con quien prefiero no encontrarme. Mi reacción inmediata fue la de decir que con esta señora yo no me iba a sentar en ninguna mesa y, por tanto que eligieran. Al cabo de unas horas y un poco más tranquila, llamé a la organizadora le expliqué por encima mi reacción y, desde la humildad, le pedí disculpas reconociendo que yo no era quien para censurar a nadie ni indicarles a quien podían o no invitar. Y con la misma actitud le indiqué que rechazaba la invitación para participar en aquella mesa. 
 
Este hecho me llevó a reflexionar sobre la sororidad. Está claro que las mujeres nos hemos de apoyar y de reconocer para poder avanzar. Hasta ahí lo tengo muy claro. Pero ¿Qué pasa cuando la sororidad con otra mujer provoca dolor propio? Esa fue la pregunta durante muchas horas.
 
Como en otras ocasiones he dicho, tengo la fortuna de tener buena maestras de vida. Y a alguna de ellas acudí con este dilema para que me ayudara a dilucidarlo. Afortunadamente llegamos a la misma conclusión: Las mujeres debemos compartir luchas, pero no necesariamente afectos y, cuando llega el dolor y el sufrimiento por la causa que sea debemos de apartarnos de él, sea quien sea quien sea quien lo provoque.
Tengo otra maestra de vida que es de la opinión de que la sororidad, en su sentido intrínseco, no existe. Y que no existe debido al trabajo realizado por el patriarcado con su objetivo de dividirnos entre nosotras. Y estamos divididas formando parte de organizaciones cuya esencia incluso organizativa es patriarcal. Estamos divididas por nuestra construcción como personas que fue patriarcal en su momento ya que se nos educó para ser mujeres sumisas y dependientes y que, a pesar de los procesos de deconstrucción vividos por cada una de nosotras, siempre sigue quedando un poso que no conseguimos arrancar del todo por diversos motivos o incluso por desconocimiento en muchos casos.
 
Las competencias entre nosotras nunca son saludables. Ni individual ni colectivamente. Eso lo sabemos. Y, pese a saberlo, lo seguimos practicando de forma consciente e inconsciente. Yo lo practiqué inconscientemente cuando a la organizadora la "obligué" a elegir entre la otra señora y yo. Por eso cuando me apercibí de ese hecho, la llamé y asumí el dolor que me provocaba esta señora y rechacé la invitación. Puse límites a mi sororidad, puesto que en este caso el consecuente dolor por participar iba a ser mucho mayor que el placer de ser sórica. Así de sencillo. Y, también así de duro de asumir.
 
Como hecho vivido estos últimos días, todavía permanece en mi piel. Sigo dándole vueltas al tema. No al hecho de haber rechazado la invitación como medida de autoprotección, sino a las barreras invisibles pero férreas que al patriarcado y de múltiple maneras nos pone en el camino para que esa utopía llamada sororidad no sea posible.
           
La competencia por espacios que ya no nos pertenecen, o que nunca nos pertenecieron; la falta de generosidad entre nosotras; el simple hecho de que otra mujer nos caiga bien o no; las diferencias a la hora de entender la vida en general y el feminismo en particular, por ejemplo. Los intereses de cada una y en cada momento de su vida. Y también y por qué no decirlo, los intereses de las organizaciones a las que pertenecemos, que suelen ser patriarcales y que en demasiadas ocasiones nos utilizan como moneda de cambio; o los egos desmesurados que también los hay; y un larguísimo etcétera, son algunos de los serios obstáculos que, colocados adecuadamente, nos alejan siempre de ser realmente sóricas entre nosotras.
           
Salvar estos y tantos otros obstáculos, es, sin ninguna duda complicado. Llevamos demasiados aprendizajes patriarcales en nuestras mochilas personales. Son piedras pesadas que nos impiden avanzar adecuadamente. No sé cuál es la solución, sobre todo después del episodio que he comentado.
           
El patriarcado ha fomentado una fraternidad feroz entre los hombres que ha conseguido que se reconozcan y, pese a todas las discrepancias que también existen entre ellos, sean capaces que actuar conjuntamente ante el objetivo común de mantener sus privilegios patriarcales. Afortunadamente ya se escuchan voces que explican que el patriarcado también les perjudica a ellos, pero esas voces masculinas todavía son minoritarias. Pero en su mayoría se siguen reconociendo incluso como iguales en los conflictos armados.
           
Pero, ¿Y nosotras?, ¿Qué pasa con nosotras? El feminismo, en su sentido más amplio y más generoso debería ser la solución, pero tampoco lo consigue por las diferentes interpretación y lecturas del mismo. O por los diferentes intereses en su lecturas. No lo sé.
           
No me siento menos feminista por haberle puesto límites a mi sororidad. Me ha permitido una reflexión íntima de cuáles son mis límites y, al tiempo, mis limitaciones.
           
Lo acontecido, incluso con todas las dosis de dolor que contiene, me ha permitido reflexionar sobre la real falta de sororidad todavía existente entre todas nosotras. Y que conste que me vienen muchos nombres a la cabeza que, en nombre de esa utopía, están ocupando de forma ilícita espacios que no les pertenecen y perjudicando a compañeras. Nombres que, en mayor o menor medida, hacen de la sororidad su bandera para beneficio propio. Y me vienen muchos...
           
No tengo soluciones ante estos hechos. Tengo, eso sí y después de esta reflexión, la necesidad de seguir deconstruyéndome para buscar algunas piedras y sacarlas de mi propia mochila. Y también la necesidad de seguir trabajando cada día por una sociedad menos patriarcal, más igualitaria y por ende, más feminista. En esas me vais a encontrar los próximos tiempos.
 
tmolla@telefonica.net
 
* Corresponsal, España. Comunicadora de Ontinyent.
 
17/TMC


feminismo   patriarcado   sórica   Sororidad   






LENGUANTES
VIOLENCIA
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Por cielo, metro y tierra ¡Estamos hartas del hostigamiento sexual!
CIMACFoto: César Martínez López
Por: Cynthia Híjar Juárez*
Cimacnoticias | Ciudad de México.- 14/08/2017

A los 12 años escuché por primera vez la opinión que un par de desconocidos tenían sobre mi cuerpo y descubrí cómo el hecho de ser una niña parecía permitirles emitir esta opinión de la forma más cobarde y violenta. Era un par de hombres que, envalentonados por el camión que conducían, me lanzaron uno de esos mal llamados piropos. Ese día grité todas las groserías que podía enunciar. Grité con todas mis fuerzas y mi madre, que caminaba conmigo en ese momento, me dijo que le preocupaba que después de defenderme los agresores volvieran a atacar con mayor intensidad.

Han pasado 17 años y aún ahora que mi madre se ha asumido feminista, sé que tiene miedo de que algo me suceda. Ella y yo sabemos que la autodefensa es necesaria, pero que sería mejor vivir en un lugar donde, como dice la sabiduría feminista, no necesitáramos ser valientes sino libres de violencia. A veces también me llaman amigas, primos, o cualquier persona que me ha querido y me pide que me cuide. Yo sé que sabes defenderte, me dicen, pero no sé qué haría si algo te pasa.

Gracias al feminismo sé que no soy la única a la que se le pide cuidarse en un mundo donde no se pide a los hombres que dejen de agredir, de violar, de matar, de creer que su opinión es necesaria.

El transitar de las mujeres está siempre sometido a descargas de violencia que, podamos o no verlo, condicionan nuestro estar en los espacios. Pienso, por ejemplo, en el acoso sexual callejero, que te sorprende a los 12 años y en cómo nadie nos enseña que estamos en riesgo y cómo podemos actuar en una situación de peligro o de hostilidad normalizada para salir avante de todas las cosas que condicionan nuestro estar en el mundo.

El piropo es el eufemismo de la violencia sexual que los hombres ejercen en cualquier lugar que una mujer transita, pero mi ejemplo de piropo es quizás muy corto ante lo que leo todos los días en mi transitar y el de otras. Me refiero, desde luego, las mujeres. A nosotras, a nuestros cuerpos leídos con la carga de debilidad y despojos que se nos han impuesto.

Pienso en mis sobrinas, en mis amigas trans agredidas y excluidas de los espacios como baños públicos incluso por otras mujeres, en las desconocidas que veo caminar por la calle y con quienes me enseñaron que debía competir. Pienso en todas las disidentes de la heteronorma y en les otres, que han rechazado la categoría de hombre. ¿Cómo se sobrevive en este mundo? ¿Cómo se sobrevive a transitar en él?

La semana pasada, por ejemplo, escuché en una cena que había que boicotear a UBER por los casos de agresión sexual difundidos en redes sociales. Una chica decía que ella no tenía aún una mejor forma o más segura que usar este servicio para volver a casa cuando es de noche o ha bebido. Pienso entonces en las agresiones a ciclistas, que se realizan desde una profunda idea patriarcal de quién merece el espacio en la calle (quien tenga más lámina y pueda pagarla) y en el riesgo que implica para una mujer caminar sola de noche por cualquier calle este país podrido de machismo.

Pienso en Lesvy, que no pudo estar a salvo del machismo feminicida ni siquiera en la Ciudad Universitaria que tanto se jacta de ser un lugar seguro. Pienso en lo injusto que ha sido su caso y tengo una desconfianza terca ante las medidas que puedan tomar las autoridades universitarias para criminalizar estudiantes en lugar de generar estrategias de cuidado colectivo y respetar los derechos de las mujeres que transitamos CU.

Pienso también en las agresiones a las automovilistas, el terror de cuando se te poncha una llanta de noche. Pienso en Isabel Otero que vuela a lado de violadores en potencia en Interjet. Ruedas, aire, tierra: ¿acaso todos son para nosotras espacios de riesgo potencial?

Hace un par de semanas Renata Villareal denunció mediante un video que el conductor del UBER en el que se trasladaba hacia su casa miraba pornografía en su teléfono mientras conducía. No tenemos tregua. Nuestro derecho de ocupar el espacio público se ve obstaculizado con cada agresión. Pareciera que a cada paso que damos, vamos confrontando una situación de riesgo, incluso en los servicios que pagamos para estar seguras.

Por otra parte, viene a la discusión el tema de la seguridad. Queremos estar seguras pero ¿qué significa eso para nosotras? Pienso esta vez en Atenco. La policía, llena de criminales y violadores definitivamente no es una opción.

Necesitamos hablar de nuestra situación, de los riesgos reiterados, de las estrategias de autodefensa y huida. Necesitamos comenzar a plantearnos la posibilidad de formular cuadros de autodefensa en los espacios cotidianos, con nuestras amigas, familiares, con las compañeras del trabajo y de la escuela. Necesitamos hablar con las niñas de nuestra situación. No estamos solas, pero es seguro que contamos solamente con nosotras mismas.

*Cynthia Híjar Juárez es educadora popular feminista. Actualmente realiza estudios sobre creación e investigación dancística en el Centro de Investigación Coreográfica del Instituto Nacional de Bellas Artes.

17/CHJ








LENGUANTES
FEMINISMO
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Ética de comunicación y escucha: propuesta desde las Jornadas Lesbo -Trans* Feministas, Chiapas 2017
Marcha Lesbo-Trans*Feminista 2 de julio del 2017, San Cristóbal de la Casas, Chiapas | Fotografía de Gio Leal
Por: Dirce Navarrete Pérez*
Cimacnoticias | Ciudad de México.- 11/07/2017

Aprendimos desde la infancia a dividirnos por colores, por tamaños, por géneros, por sexos, luego por ideas. Nos enseñaron que hay cosas que están bien, otras que están mal y punto. Que siempre hay un lado bueno y otro malo, que la noche no tiene nada que ver con el día y que el color blanco nunca llegará a ser negro ni viceversa. Que quien no está de acuerdo con nuestra postura, está en contra nuestra. Y que hay que mantenernos lejos de quien no está de nuestro lado y no es nuestro “igual”. También nos hicieron creer que no sabemos y no podemos construir en conjunto, que todo se trata de competir, que con las garras tienes que defender lo tuyo, a costa de lo que sea y de quien sea.
 
Con el feminismo fuimos desdibujando las líneas que separan tajantemente los binomios del mundo. A cuestionar el género y el sexo, a ponerlo todo en duda, todo. Y nos dimos a la tarea de empezar a desordenarnos y de-construirnos, como un ejercicio permanente, aunque doloroso. A reconocer la diversidad y la disidencia y reconocernos en ella.
 
Algo que nunca nos enseñaron fue a gestionar nuestras diferencias, nuestros desencuentros. Al parecer  no supimos mucho de comunicación asertiva y cuidado emocional. Y desde nuestras heridas, el feminismo nos ha enseñado que es necesario trabajar y hablar de esto. Que es necesaria la autocrítica en nuestros movimientos. Que por más que estamos juntas, tampoco tenemos que estar todas siempre de acuerdo, o en desacuerdo y que se vale definir los límites de nuestras alianzas. Que es importante tomar en cuenta nuestras discrepancias. Sin embargo, es bien fácil que se nos asome el patriarcado, pues eso aprendimos e interiorizamos. Y eso frecuentemente resulta en guerras campales que se heredan generación tras generación entre feministas.
 
¿Cuántas veces hemos cerrado el FB al ver cómo nos estamos dando con todo al confrontar nuestras distintas posturas? Es necesario este ejercicio crítico, pero ¿tenemos que hacerlo tan doloroso? Creemos que es urgente replantear nuestras formas, porqué en cada ataque que nos damos, la embestida se la lleva el feminismo.
 
Del 28 de junio al 2 de julio de 2017, se llevaron a cabo las Jornadas LesboTrans*feministas en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Espacio convocado y construido por diversas colectividades (Colectiva Lésbica Autónoma Chamanas, Kinal Antsetik, Afrokute, Proyecto Inmiscuir, entre otras), con el propósito de promover la escucha, el aprender/desaprender, para el fortalecimiento de las luchas feministas a partir de la construcción de alianzas. ¿Cómo transformar las políticas reaccionarias y divisorias que vienen generando conflictos entre los diferentes feminismos que atraviesan las luchas activistas en San Cristóbal de las Casas y en todos nuestros contextos?
 
Los aprendizajes de estos días para mí son incuantificables e inexplicables. Pero quisiera destacar por ahora uno de los más relevantes, desde mi perspectiva: estas jornadas fueron construidas desde la apuesta política y feminista de la ternura radical (http://hysteria.mx/ternura-radical-es-manifiesto-vivo-por-dani-demilia-y...). Y en este sentido,  al inicio se compartieron una serie de propuestas como parte de una “Ética de comunicación y escucha”.
 
Comparto estas sugerencias que pretenden ser feministas, críticas y tiernas a la vez, como una herramienta que podamos utilizar en aquellos espacios donde también intentamos hacer nuestra revolución feminista. Online - Offline. En la plaza, en la calle, en la asamblea y también en la cama ¿por qué no?
 
•          Los diálogos comienzan desde nuestro lugar de enunciación. Partimos del lugar en que hablamos, tomando en cuenta tanto lo que ofrecemos a la conversación como lo límites y/o puntos ciegos de cada lugar.
•          Desafiamos las ideas, no atacamos a las personas. Retamos actitudes y comportamientos, no esencialismos las características de una persona.
•          Tenemos en cuenta que cada persona es un mundo. Nuestras intersecciones identitarias, bagajes culturales, memorias corporales y experiencias de vida son complejas y distintas.
•          Mantenemos un lugar de reflexibilidad propia y estamos dispuestas a aprender y escuchar experiencias vividas que no compartimos, antes de llegar a conclusiones.
•          No pretendemos representar a las lesbianas ni a la personas trans. Sino hablar de nuestras experiencias en nuestros contextos.
•          No participamos en fobias y discriminaciones. Cuando ocurren comportamientos de esta índole, lidiamos inmediatamente con ellos para no engendrar reacciones reactivas ni pasivo agresivas. Comenzamos una conversación no con “tú me hiciste sentir esto”, sino, por ejemplo, “tus acciones y palabras me provocaron esta emociones porque…”.
•          No queremos falsas diplomacias, sino relaciones sinceras y reales. Para tal, estamos dispuestas a momentos y energías incomodas durante esta construcción.
•          Tomamos la responsabilidad de nuestras propias emociones y lo que necesitamos para estar bien. Democratizamos la labor emocional, para que ninguna  persona individual quede con esta carga. Aprendemos juntas como cuidar el espacio emocional de la colectividad.
•          Consideramos de manera rigurosa, perspectivas distintas suspendiendo el yo-centrismo de las ideas, siempre dispuestas a cuestionar y o afirmar nuestros puntos de vista.
•          Ante todas las dificultades que enfrentamos, tanto en la vida como cuando nos juntamos, queremos también gozar en el aprendizaje y la construcción de nuestras comunidades de alianzas.
 
¿Esto será bueno para empezar? Apuesto por que sí. Ante un contexto cada vez más violento que nos exige la mayor fuerza  al accionar, se vuelve urgente darnos chace de probar estas propuestas de escucha y comunicación. No queremos alianzas irreflexivas, tampoco queremos guerras históricas y campales que nos debiliten.
 
Queremos escucharnos, recocernos y, allí donde podamos coincidir, tomar se pequeño gran pretexto para articularnos. Porque el enemigo está afuera, es uno, nos lleva siglos de ventaja y él sí tiene cómplices bien articulados. 
 
*Dirce Navarrete Pérez es politóloga feminista @agateofobia_
 
17/DNP
 








LENGUANTES
   Lenguantes
Des-romantizar la solidaridad y politizar la respuesta colectiva
CIMACFoto: César Martínez López
Por: Dirce Navarrete Pérez*
Cimacnoticias | Ciudad de México.- 12/10/2017

En el contexto de las movilizaciones del #24A del 2016 en México, algunas feministas del área metropolitana (por no generalizar las experiencias en toda la república), experimentamos una especie de idealización de “la manada” y romantización de la “sororidad”. Es decir, la respuesta a la convocatoria superó lo que en ese momento imaginábamos posible, lo cual nos dio mucha felicidad e hizo sentir que por fin se hacía realidad el “nunca más solas”, el estar todas juntas con todo lo que implica la diversidad al interior del movimiento y a pesar de las dificultades en el exterior.

Este momento de felicidad, mezclada con la digna rabia en un grito que parecía unísono de “estamos hartas, pero estamos juntas”, tuvo su dolorosa caída cuando en los días, semanas y meses siguientes, nos dimos cuenta que quizá habíamos idealizado un poco… solo un poco, nuestro movimiento feminista. Tuvimos que acordarnos de todas aquellas situaciones complicadas que siempre habían estado allí, que no dejaron de estar en la movilización y que seguían luego de ésta, tales como las divisiones confrontativas entre nosotras, violencias en nuestros espacios ejercidas por nosotras y nuestras pocas herramientas para gestionarlo.

Nos dimos cuenta de lo peligroso y doloroso que es romantizar la idea de “sororidad”, sin atender el clasismo, la discriminación, la violencia que nosotras mismas ejercemos y que pone en riesgo nuestros procesos organizativos. Estar con y para las otras, movidas por esta idealización, hace de nuestra sororidad un adorno o una justificación.

Dudé mucho en poner como referencia este proceso, para hablar de la romantización de la solidaridad luego de los sismos de septiembre, pero he decidido hacerlo ya que, desde mi lugar, experimenté una serie de sensaciones y emociones muy parecidas en ambos casos.

No necesito describir una vez más la respuesta ciudadana que se dio ante la catástrofe que vivimos, pues lo hemos visto reiteradamente en medios de comunicación y redes sociales. El dolor y la pérdida parecían sentirse menos cuando, al mismo tiempo, sentíamos que regresaba la esperanza de estar juntas y juntos, haciendo algo por las demás personas, la tan aclamada: solidaridad. Por días experimentamos el ¡Sí se puede! ¡Fuerza México! ¡El pueblo unido! Incluso el ¡Es lo más parecido al anarquismo! Hasta el sentirnos culpables, por no ser “útiles” y estar apoyando en todos lados.

Conforme pasaron los días, el apoyo fue disminuyendo, las manos empezaron a escasear y llegaron más malas noticias de las que, de por sí, ya había. Resulta que durante esos días no dejó de existir todo lo demás que nos afecta como sociedad, ni siquiera en los espacios de rescate y acopios. No dejó de existir el autoritarismo ni la corrupción ejercida desde las instancias gubernamentales, no dejó de existir la mentira en los medios masivos de comunicación.

El Ejército y la Marina no dejaron de ser violentos y prepotentes, no dejaron de seguir instrucciones que ponen en riesgo la vida de las personas y la seguridad de las familias. Hubo voluntarios que se tentaron el corazón para ir a mover escombros pero no dejaron de acosar y violar. Las mujeres no dejaron de desaparecer y los casos de feminicidio siguieron ocurriendo, recordándonos que, en efecto, vivimos en una zona de emergencia, de desastre, igual que hace años.

Aquí fue donde algunas experimentamos el ¡Oh, gran decepción!  Nos sentimos envueltas en un cerco que Televisa supo vender muy bien, desgastadas física y emocionalmente, por hacer una parte de la chamba que no solo no nos tocaba hacer,  ya que es la obligación del gobierno atenderlo, sino que estábamos sirviéndoles también a ellos, llevándoles de comer, asegurándoles agua y bebidas, consiguiéndoles herramientas, resolviéndoles todo y sintiéndonos orgullosas de conformar conjuntamente lo que llaman “El Estado”.

Luego en la recuperación… Pienso en la importancia de darnos cuenta que en efecto, podemos y necesitamos atender de manera colectiva muchas cosas que nos aquejan y que nos cobran muchas vidas diariamente. Sentirnos igualmente capaces y responsables de atender conjuntamente problemáticas como la corrupción, la injusticia, la violencia feminicida.

Pienso en lo doloroso y peligroso que resulta quedarnos en la respuesta desde la histeria colectiva que exacerba el patriotismo, pero lo trascendental  y urgente que es responder con la fuerza de la comunidad, sin dejar de ver, señalar y denunciar la incapacidad y falta de voluntad de las instancias gubernamentales y de darnos cuenta de que no, no los necesitamos, pero que tampoco podemos hacer frente de manera desorganizada.

Nunca dejar de mirar, cuestionar y luchar en contra de la violencia machista, el racismo, el clasismo propio y de las demás personas, pues aportar sin cuestionar es asistencialista, es neoliberal. Juntarnos, para reconstruir el tejido social y no solo en forma de unidades habitacionales, que aportan a inmobiliarias voraces que le hacen juego a las políticas urbanas capitalistas.

Politizar, cuestionar, proponer, des-jerarquizar, hacer comunidad. Y ponerlo claro ¡la reconstrucción será feminista! Lucharemos para no quedar excluidas de este proceso de de-construir desde nuestra política en femenino, pensar y hacer desde nosotras el porvenir. ¿Podemos?

*Dirce Navarrete Pérez es politóloga feminista @agateofobia_

17/DNP/LGL








OPINIÓN
VIOLENCIA
   Lydia Cacho Plan b*
Es el turno de los hombres
CIMACFoto: César Martínez López
Por: Lydia Cacho
Cimacnoticias | Ciudad de México.- 27/09/2017

Yo soy Mara.

Hace catorce años durante un congreso feminista una joven vestida a lo darketa se me acercó para decirme que mi conferencia sobre intervención con mujeres víctimas de violencia le había gustado mucho, que tenía un par de preguntas, pero no se atrevió a hacerlas frente a su colectivo porque lo tenía prohibido. Se hacían llamar Lesboterroristas. Utilizaban una vestimenta específica, un look de cabello, ojos delineados, tatuajes, capuchas y piercings. Platicamos casi una hora sobre nuevas formas de intervención con niñas violadas. Nunca le pregunté por qué tenía miedo de su colectivo; pude comprender que el sentido de pertenencia es tan poderoso para la raza humana que cuestionarlo en ciertos contextos puede romper el diálogo. Su colectivo planteaba castrar a los violadores, erradicar la presencia masculina de toda marcha o movimiento feminista. No querían hablar de igualdad y equidad, sino de justicia pura y llana. Pude observar durante varios días la gran diversidad de grupos feministas allí reunidos, los más pacifistas, los espirituales, los filosóficos y los radicales. Nunca he pertenecido a grupos, voy por la libre con mi ideología feminista, escucho la diversidad de postura, indago en las rabias, los miedos, las desesperaciones y los grandes logros.

Desde que era adolescente me descubrí feminista al caminar en las calles de México y defender mis propios derechos, luego de sentir que andar por allí, inteligente y libre, era una afrenta insoportable que insulta o disminuye la masculinidad de muchos que se creen dioses propietarios del decreto de lo femenino sumiso; los cosificadores.

Tuve la fortuna de estar cerca de cientos de mujeres sabias, maestras que me enseñaron a encontrarle forma a mis ideas, a buscar palabras nuevas para viejos vicios sociales, estrategias contra las taras de la misoginia cultural. De ellas aprendí que hay feminismos integradores, los de la diferencia y los de la igualdad, los radicales y los light, los académicos y los de activismo puro a pie de calle; los feminismos indígenas y los anarquistas. En su diversidad filosófica, el pensamiento feminista tiene una gran coincidencia: repele y pretende erradicar toda forma de violencia contra las mujeres; eliminar el odio hacia los femenino, el acoso y todas las violencias que millones de hombres ejercen contra millones de mujeres y niñas. Entre ellas hay quienes están en la etapa de la ira, del descubrimiento, que avizoran una defensa no violenta de los derechos propios, pero aun no confían en otros.

La diferencia radica en las formas y prácticas de liderazgo: Hay quienes juzgan la violencia que ejercen los varones, pero no la de las mujeres, hay quienes se niegan a ser “mujeristas”, es decir, a defender a las mujeres aunque sean machistas. Hay quienes defienden el hembrismo manipulador y juran que son feministas porque quieren una vida libre de violencia. Hay feminismos diversos, pero todos libertarios.

Las marchas de hace unos días por el caso #Mara, que derramó una gota más de la sangre acumulada de las mujeres asesinadas en México, mostraron esa diversidad. Madres acompañadas de sus familias, hombres caminando con sus parejas, con sus hijas a los hombros, padres llorando por sus hijas perdidas, mujeres indígenas, jóvenes, ancianas, transexuales, caminando contra la violencia mortal que millones aun justifican en la radio, en la televisión, en los diarios, en los hogares y en los libros.

Un pequeño grupo de jóvenes sacó de su contingente a dos o tres hombres, sí una de las chicas llevaba un tolete y amenazaba con él, pero no hizo más que eso y una parte de las redes ardió en solidaridad con mi amigo Jenaro Villamil que, pálido pero ileso, se alejó de las radicales.

La pregunta que millones de mujeres desesperadas, furiosas, rabiosas, indignadas y asustadas se hacen frente a los crecientes feminicidios es: dónde están los hombres no misóginos para juzgar, educar, detener, fustigar a los machistas y evitar que otros hombres nos maten. La pregunta es válida, la violencia no lo es. El argumento de que las madres son las únicas culpables de educar a los machos ha sido desmontado al comprender los mecanismos del control ideológico que el machismo tiene en la familia con sus mecanismos de poder y aceptación o exclusión entre débiles y poderosos.

Estamos rodeadas de hombres que se asustan frente al feminismo y se indignan de palabra frente a la misoginia, pero no hacen nada contra ella; ni en la oficina, ni en las calles, ni en las escuelas, ni en los medios, ni en la cantina con sus amigos que denostan y cosifican a las mujeres. Todos los días nos topamos con un “manexplainer” ese tipo de hombre que nos explica lo que debemos hacer, pensar y decir para ser escuchada por las élites machistas.
Los “maniterrupter” esos que a media frase de una mujer interrumpen para contradecir los argumentos sólidos porque le incomodan; los “intelecmachos” esos intelectuales poderosos, las élites caviar, que descalifican las ideas de las mujeres y creen que todo tiempo lejano fue mejor. Todos los días algún Perelló aparece diciendo que a las mujeres les gusta que las violen, o un presidente o un gobernador se compra esposas floreros en las televisoras; todos los días hay un hombre de poder que les recuerda a estas jóvenes que no tiene la razón, que su miedo no es real, que su furia no tiene sentido. Todos los días alguien que no ha estado en su piel, se niega a escuchar sus argumentos, sus temores, su clamor de libertad, su angustia de vivir con la libertad acotada por el machismo que hace juicios de valor sobre cómo deben vivir, vestir y actuar las mujeres.

Todos los días hay un hombre que nos corrige cuando decimos que ha llegado la hora de que los hombres, así como género de la raza humana, se hagan cargo de educar a los hombres que eligen la violencia contra las mujeres como el ejercicio del despliegue de su masculinidad, como un inalienable derecho natural al territorio físico e intelectual de aquellas que considera inferiores.

Sí, estamos rodeados, rodeadas de violencias, de corrupción e impunidad. A los hombres los asesinan los hombres, a las mujeres las asesinan los hombres. Durante ya un siglo las mujeres feministas hemos tomado la batuta para evidenciar el absurdo cultural de la inequidad entre hombres y mujeres; hemos creado leyes, hemos fomentado una educación igualitaria, una paridad política. Hemos trabajado horas extras desde el lugar de la exclusión para decirles a quienes nos han excluido que ya basta; les hemos invitado, muchas feministas hemos trabajado triple jornada para incluir a los hombres en nuestras batallas culturales; duran poco, son intermitentes, les aburre porque están del otro lado de la moneda.

La noticia no es que de cien mil mujeres que marcharon diez excluyeron a tres hombres de una marcha, la noticia es que durante siglos ellos, los más poderosos ilustres de la virilidad violenta, han excluido a las mujeres de los espacios de libertad, y hoy en pleno Siglo XXI, en las redes sociales las jóvenes planifican cómo salir en grupo para que no las maten, cómo elegir pareja para que no las mate si eligen divorciarse, cómo llegar a un juez que no la culpe de la violación. La violencia misógina ha llegado al límite de la irracionalidad justificada porque los hombres con poder de incidir no han participado de la lucha por la educación masculina que no tenga privilegios a costa de robarle los suyos a las mujeres y niñas. Los hombres han mirado del lado la ira contenida de sus hijos varones educados como machos controladores por el ejemplo de sus padres y abuelos, jefes y amigos, esa ira que se despliega con la muerte de su pareja cuando ella elige tomar decisiones propias; ese cinismo antojadizo de un joven taxista que decide tomar a una chica por la fuerza y arrojarla como despojo humano después de utilizarla como objeto.

Todo se reduce a dos preguntas ¿qué han hecho los hombres, varones, para cambiar la cultura colectiva de masculinidad violenta? Y ¿quién les ha hecho creer que caminar a lado de las sobrevivientes les eximirá de la responsabilidad de no haber participado en la ruptura del paradigma del machismo cultural en sí mismos, en sus hijos y sus hermanos? A ellos los excluyen de la marcha, a ellas de la vida. Quien se enfoca en lo primero apenas conoce el sabor de la exclusión y el miedo.

Efectivamente miles de hombres son excluidos de ciertos grupos de poder por no reproducir los valores del machismo, de la violencia o la corrupción. Pero muy pocos están dispuestos a crear movimientos sociales poderosos, diversos, que cuestionen la violencia masculina y sus efectos sociales. Se han unido sí, para atacar a las feministas, se han unido para erradicar la diversidad, pero apenas un puñado de amigos notables se han dado a la tarea de salir de la comodidad de sus privilegios para convertirse en un ejemplo vivo de hombres no violentos. La sociedad no puede esperar, las calles son suyas, ojalá las tomen para proteger la vida y la libertad que otros pretenden erradicar.

* Plan b es una columna cuyo nombre se inspira en la creencia de que siempre hay otra manera de ver las cosas y otros temas que muy probablemente el discurso tradicional, o el Plan A, no cubrirá.

17/LCR


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