amor romántico

FEMINISMO
   No nos enseñan de igual forma qué significa amar y ser amadas
¿Se puede pensar el amor?
Ilustración de Irene Cuesta
Por: Laura Latorre
Cimacnoticias | Ciudad de México.- 14/02/2018

Es necesario profundizar y reflexionar sobre los mitos que atraviesan nuestras relaciones. Pero intentando hilar fino, ya que en muchas ocasiones y en determinados contextos, pareciera que ya nos hemos librado de algunas creencias del amor romántico -como el mito de la media naranja o el amor eterno-, pero no somos conscientes de cómo están calando algunas nuevas creencias que siguen beneficiando al capitalismo más voraz.

Desde la construcción patriarcal y capitalista se nos hace creer que todo lo relacionado con el amor forma parte de la naturaleza humana y es universal. Esto, que parece algo inofensivo, es tremendamente efectivo, ya que todo lo que es natural es inamovible y, por tanto, no se puede cuestionar ni modificar. Además, tampoco es neutral: las personas socializadas como hombres y como mujeres no hemos tenido el mismo aprendizaje sobre el amor. No nos han enseñado de igual forma qué significa amar y ser amadas.

Es especialmente beneficioso para el patriarcado hacernos creer que el amor, ese ente abstracto y etéreo, está desligado de lo que pasa en las relaciones. Es decir, parece ser que se puede querer a una persona que nos trata mal, que nos agrede, que nos violenta. Y esto no solo es así en la construcción del amor romántico, sino que también se nos enseña en otros vínculos, como los familiares, donde el amor es obligatorio, más allá de lo que pase o deje de pasar en las relaciones concretas. Esto abre las puertas a que la violencia tenga mucho espacio en el que circular.

Yo no niego que se pueda querer a alguien con quien la relación es difícil o a alguien que ya no está o que ha muerto, o incluso querer a alguien que en un momento dado nos hace daño. Pero esta idea de que el amor va por un camino que nada tiene que ver con lo que ocurre en las relaciones nos genera una gran confusión a la hora de identificar qué nos hace sentirnos queridas o cómo sabemos que queremos a alguien.

Para el patriarcado capitalista el individualismo más descarnado es un gran aliado. Y han invertido muchos esfuerzos en hacernos creer que lo que pasa dentro de cada quien no tiene que ver con lo que pasa a nuestro alrededor. Nos han hecho pensar que cada persona puede hacerse a sí misma, que la identidad es un logro individual y que el ideal de autorrealización personal pasa por quererse a una misma y ser libre. “Primero hay que quererse a una misma para después poder querer y que te quieran”, nos han dicho.

De esta forma, se nos enseña también a desligar el amor hacía nosotras mismas de lo que sucede en nuestras vidas o relaciones. Da la impresión de que podemos querernos en abstracto y que esto que se llama autoestima se pudiera cuantificar: alta, baja, ¿normal? La autoestima se ha convertido en una meta a la que llegar, incluso pareciera que si llegas es para siempre, “por fin he conseguido quererme y de ahí ya no me mueve nadie”. Estoy segura de que tener una relación amorosa con una misma es algo positivo y nos permite relacionarnos mejor, pero creo que quererse a una misma no está desligado de los momentos que atraviesa nuestra vida o del contexto que habitamos. Contexto que, por cierto, no es indiferente, ya que históricamente las mujeres hemos tenido prohibido el acceso a nuestro amor propio.

Con la libertad pasa algo parecido. Se nos ha hecho pensar que el sentirse libre tiene que ver exclusivamente con una misma, con hacer lo que quieres y cumplir tus deseos. Como si la libertad no tuviera que ver con la interacción sino que fuera una propiedad privada. O como si todo el mundo entendiéramos la libertad de la misma forma o quisiéramos ser libres de la misma manera. Hasta nos olvidamos del pequeño detalle de que hombres y mujeres no tenemos la misma legitimidad social para ejercer esta libertad individualista.

Uno de los temas más recurrentes cuando hablamos de la construcción del amor son los celos. Hay una tendencia a pensar en los celos en términos de si son o no biológicos. Yo no dudo de que sentir celos sea algo que nos atraviesa el cuerpo, porque lo he vivido, ni tampoco dudo de que seamos responsables de hacer algo constructivo con esa sensación (aunque reconozco que me hace un poco de ruido que la única solución que parece viable sea la de ir a una terapia, como si todo el mundo tuviera el dinero para pagársela). Pero en un contexto donde reconocemos la construcción cultural de nuestras formas de amar y ser amadas me cuesta pensar en los celos en términos individuales solamente, como una conclusión de identidad: soy celosa.

Considero que lo que llamamos celos es una traducción cultural de otros sentimientos, que muchas veces tienen que ver con la inseguridad o el miedo a la pérdida, pero que esas sensaciones se asientan en una construcción que nos dice que el amor es finito y que depende de que nos portemos bien. Esto nos hace vivir una permanente sensación de no aceptación de lo que sentimos o deseamos, de miedo a que nos dejen de querer ante cualquier conflicto o desencuentro. Y ésta, claro, es la antesala de la competencia por el amor.

Creo también que no podemos ignorar que los celos no son independientes de lo que sucede en las relaciones, y que en algunas ocasiones podrían incluso ser un síntoma de que se está produciendo algún tipo de abuso. Muchas veces podemos ver que los celos son testimonio de que algo importante para nosotras está siendo trasgredido.

Otra cuestión que considero muy importante repensar, como uno de los ejemplos más arraigados y desgarradores de esta creencia de que el amor es natural, es el enamoramiento. Esa fase que nos dicen que es la mejor de las relaciones, pero que como es temporal después la seguimos anhelando constantemente. Parece ser que si te enamoras no puedes hacer nada por evitarlo, que todo el mundo nos enamoramos de la misma manera (con esa sensación de mariposas y nervios), que dura el mismo tiempo (se hacen estudios “científicos” que dan una media), que es una cuestión química y de atracción instintiva. Sin embargo, en este sentido, resulta sospechoso cómo los hombres y las mujeres no lo experimentamos de la misma forma: así generalizando en el enamoramiento los hombres tienden a reforzar el amor hacia sí mismos y las mujeres tienden a perderse de sus propios deseos y centrarse en la otra persona.

También llama la atención el hecho de que nos solemos enamorar de un determinado tipo de personas que cumplen con algunos que otros ejes de poder: como el modelo de belleza imperante, la clase social, el éxito o determinados valores y actitudes que se erotizan culturalmente.

Me pregunto cómo hubiera cambiado mi vida, y cuánto sufrimiento me hubiera ahorrado, si desde pequeña me hubieran dicho que puedo elegir de quien me enamoro, igual que elijo a mis amistades, y que esa elección puede estar basada en lo que es importante para mí. ¿Qué hubiera pasado si me hubieran invitado a explorar mi capacidad de amar y no tanto a buscar el objeto amoroso que me haga sentir completa?

Desde mi mirada, es necesario profundizar y reflexionar sobre los mitos que atraviesan nuestras relaciones, intentando hilar fino, ya que en muchas ocasiones, y en determinados contextos, pareciera que ya nos hemos librado de algunas creencias del amor romántico, como el mito de la media naranja o el amor eterno, pero no somos conscientes de cómo están calando algunas nuevas creencias que siguen beneficiando al capitalismo más voraz.

Mitos que tienen que ver, por ejemplo, con pensar que una relación buena es aquella en la que no hay conflictos y que algún día encontraremos a esa persona adecuada con la que nos entenderemos a la perfección; o como que la persona que abre los conflictos (habitualmente las mujeres) es la que los crea; o como que en una relación basta con hacer acuerdos y dejarse fluir (aunque nadie sepa muy bien qué es y cómo se hace); o como que si una relación no nos mantiene en un estado permanente de plenitud, felicidad y satisfacción es mejor dejarla; o como que si no tenemos pareja o diversas relaciones es un síntoma de que nadie nos aguanta, de que somos difíciles o demasiado exigentes; o como que si una relación se transforma o se termina es un fracaso personal; o como que la pareja es el lugar de intimidad por excelencia, el sitio donde podemos ser auténticas; o como que en esto del amor hay que ser consistente y coherente entre lo que dices, piensas, sientes y haces.

Lo peligroso es que estas ideas nos provocan una continua y constante sensación de inadecuación que nos genera una gran violencia interna.

No creo que haya que aguantar y que el amor lo puede todo. Pero pretender que una relación esté exenta de conflictos o nos mantenga en un estado permanente de felicidad es una tendencia desconectada de la propia vida, fruto de esta cultura del hedonismo capitalista.

Tener pareja (o múltiples relaciones) sigue siendo sinónimo de éxito social y, lo que es más desolador, se ha convertido en un configurador de autoestima. Aunque de sobra sabemos que no tener pareja no significa que estés carente de amor o que tenerla no significa que disfrutes del amor. Eso sí, la estructura capitalista quiere personas aisladas, que se comuniquen lo justo, que no muestren excesivamente sus emociones, que siempre estén felices y se diviertan. Pero además, y sobre todo, que no sean auténticas, excepto con sus románticas parejas. No nos permitimos ser auténticas pero lo anhelamos; lo malo es volcar ese deseo en una persona en exclusiva.

Aclaro que tampoco creo que esté mal hacer acuerdos y dejarse fluir. Solo que pienso que muchas veces no es suficiente. Porque en una relación viva entre seres vivos y en continuo cambio, es fácil que las palabras suplanten a la propia realidad, reduciendo nuestro campo de visión e invisibilizando la complejidad. Dar por hecho a la gente o a la propia relación es la muerte de lo vivo de esa relación.

¡Qué tranquilizador es para mí saber que podemos ser inconsistentes y hasta contradictorias!

Creo que es fundamental reflexionar sobre cómo en algunos nuevos modelos del amor llamados libres no se entran a cuestionar discursos patriarcales y capitalistas como el individualismo más feroz, el desprecio a la compasión, el abuso de poder, el consumo de cuerpos y enamoramientos, el ansia de diversión permanente, el rechazo a nuestra vulnerabilidad, el afán de sustitución compulsiva de lo viejo por lo nuevo, el culto a la belleza sin movimiento y sin alma, la propia valoración en relación al gustar o no gustar…

Algunos de estos modelos se asientan en una idea profundamente neoliberal: la de la tiranía del deseo. Donde lo más importante es seguir nuestro deseo, por encima de todo (entendiendo deseo como hacer lo que siento y quiero en cada momento), y donde, por supuesto, el deseo y el cuidado son mutuamente excluyentes. El cuidado es entendido como un sacrificio y no como un deseo en sí mismo.

Estoy convencida de que muchas veces tener unos ideales o principios nos puede servir para hacer algo creativo y no violento con algunas emociones o situaciones, para no reproducir ciertas normas sociales de opresión. Pero otras veces, esos discursos pueden llegar a convertirse en una barrera simbólica que nos impide ser.

En mi experiencia, por aferrarme a un ideal, algunas veces en lugar de estar abierta me he perdido y en lugar de sentirme libre me he sometido. A veces, incluso una de mis identidades preferidas, como puede ser la feminista, me ha hecho cerrarme a vivir la contradicción, porque también en esas identidades existen muchos deberías y normas sutiles de cómo hay que vivir el amor, haciendo que la experiencia amorosa esté plagada de historias únicas.

Los mandatos pueden ser capaces de oscurecer nuestros propios entendimientos, pero no los eliminan. Por eso muchas veces vivimos en permanente contradicción interna.

Vivimos en una cultura en la que los asuntos amorosos se pretenden resolver con metáforas de gestión emocional o control. A mí me parece más interesante pensar colectivamente cómo generar contextos que nos permitan pasar de la ética del control a la ética de la colaboración, honrando lo que es importante para nosotras, para las demás y para la propia relación, en ese juego que se establece entre la realidad y el deseo.

Contextos donde podamos entender nuestra capacidad de ser libres como una experiencia de relación y con “sentido de lo común” (según la acepción de Hannah Arendt: lo que tiene sentido para el bien común y no solo para una o unas pocas personas).

Me parece importante desmarcarnos de la dicotomía que se establece entre lo real y lo ideal, para darle espacio a lo inaudito, lo imprevisible, lo que está fuera de los márgenes de lo normal, lo que no tiene tanto espacio para escucharse y ser circulado.

Creo que poner palabras a lo que está sucediendo en nuestras relaciones, transparentando nuestros deseos, dolores, miedos y contradicciones, nos puede ayudar a salir de la lógica del asfixiante discurso del deber ser. Y así, construir tramas que desafíen la “normalización” y que nos permitan deshacernos de nuestros guardianes internos y del control permanente de unas sobre otras. Pasar de este relato pobre y problemático del amor que nos presenta el patriarcado a relatos del amor multihistoriados y enriquecidos.

Abrir puertas para seguir conversando (que etimológicamente significa transformarse con la ayuda de alguien) lejos de esas verdades totalizadoras que aprisionan nuestras vidas. Esto es increíblemente esperanzador para mí, entendiendo la esperanza no como el deseo de que todo salga bien, sino de que las cosas tengan sentido.

Parafraseando un hermoso poema de Adrienne Rich, sentir que bajo nuestros párpados unos nuevos ojos pueden abrirse.

*Este artículo fue retomado del portal Pikara Magazine.

18/LL








QUINTO PODER
FEMINISMO
   Quinto poder
La erotización del cuerpo femenino Parte I
Imagen retomada de Yotube
Por: Argentina Casanova*
Cimacnoticias | Campeche, Camp.- 14/02/2018

Ya sea bajo la violencia, la dominación o el subyugamiento, el cuerpo femenino es atravesado en la escena pública por la erotización en lo público de estas tres condiciones que derivan en tres formas de “entender” el placer y la identidad sexual femenina, lo que ha llevado a la construcción social de una imagen sobre lo que es ser mujer y las formas de experimentar el placer desde una óptica patriarcal.

¿Por qué es importante entender estas formas de erotización del cuerpo femenino y en qué consisten?

Por un lado, la erotización de la dominación que se representa en el cine, el arte, la moda e incluso en el amor romántico en el que la mujer dominada es el ideal de la construcción social, como un sujeto pasivo que de esa forma y bajo esta circunstancia encuentra placer, pero también su propia condición.

El subyugamiento sexual, el subyugamiento social, la mujer “eterna menor de edad” que requiere la conducción y que incluso en el plano sexual ha de ser conducida y guiada, bajo su propia voluntad que cede ante el deslumbramiento del poder económico, social, físico o intelectual de un hombre.

La subyugación alcanza sus máximos niveles en la publicidad como un mecanismo para la consecución de fines que los varones tengan respecto a las mujeres, así un anuncio de un anillo matrimonial es capaz de “abrir las piernas de una mujer”, de la que solo es visible el tamaño de la piedra, representación del poder que alcanza el hombre y que ejerce sobre una pasiva sin voluntad, maleable y deslumbrada.

La violencia es otra de las experiencias que atraviesan la sexualidad y que al erotizarse se convierten en un elemento más de estímulo y forma de aproximarse al cuerpo femenino, escenas de películas, publicidad, la construcción de una pornografía que sublima la violencia como una forma de experimentar el placer para las mujeres que son así subyugadas y dominadas en su “rebeldía”.

Durante los años 80 y 90, incluso a principios del nuevo milenio, tanto la música como la moda encontró en estas tres líneas la aproximación a la sexualidad femenina que de esta forma construye su propia identidad, es decir, en el imaginario femenino se depositó la idea de que ver una escena de subyugamiento, dominación y violencia era la forma de experimentar el placer y el disfrute de una erotización permeada por estos elementos.

No debe sorprendernos que, con este contexto, lo que haya ocurrido es que tenemos una sociedad en la que los hombres atravesados por su noción patriarcal de la sexualidad femenina creen que es mediante estos tres elementos como se construye el placer femenino, alentando así a una idea pública de que la violación es parte de esa forma.

La moda contribuye en gran medida a esta condición cuando en la publicidad o por sí misma explota y explora cualquiera de estas tres formas de erotización, ya sea mediante el uso de elementos del sadomasoquismo (cuero o estoperol, por ejemplo).           

Así como el lenguaje, no hay vestimenta “inocente” y la ropa es lo mismo representación de la condición de subyugamiento cuando infantiliza a las mujeres que condición de dominación con corsés que sujetan el cuerpo, lo constriñen y prácticamente tienen “maniatada”, modas que las mujeres asumimos y difícilmente podemos separar de los gustos porque así hemos crecido, siendo educadas en la vestimenta sexy con una vía para la aprobación.

La ropa, la postura e incluso la forma de interacción social de las mujeres genitales o socialmente construidas está determinada desde estas formas de atravesar la sexualidad, cuestionarlo, deconstruirlo e interpelarlo desde un extrañamiento crítico es y ha sido una de las preocupaciones e intereses principales de las mujeres que deciden abandonar la posición pasivo-receptiva de estas formas de erotización.

Transitar hacia una conciencia de la erotización basada en la dominación, el subyugamiento y la violencia implica uno de los mayores retos que afronta el ser mujer, no se trata de pretender que abandonemos de un día a otro toda la ropa, las películas, los vídeos musicales y la publicidad que hace apología a esta construcción de la violencia, sino de tomar conciencia y entender lo que hay detrás de una imagen hecha desde el afuera-patriarcal y que es impuesta a las mujeres como un estándar imitable como única forma de ser.

Ser “mujer” es distinto a ser el producto inventado-impuesto desde el patriarcado, las mujeres apenas estamos descubriendo nuestro yo, debajo de todas las máscaras y corsés impuestos desde el patriarcado. Reproducir ese ser mujer sin ningún cuestionamiento, es reproducir la invención del patriarcado.

No es imitar el ser mujer-patriarcal lo que necesitamos, es inventarnos una nueva forma de serlo.

18/AC

* Integrante de la Red Nacional de Periodistas y Fundadora del Observatorio de Violencia Social y de Género en Campeche








DESDE LA LUNA DE VALENCIA
VIOLENCIA
   Desde la Luna de Valencia
   
Nuevas formas de violencias machistas
Imagen retomada del Colectivo TragameLuz de Chiapas
Por: Teresa Mollá Castells*
Cimacnoticias | Ontinyent, Esp.- 05/10/2017

Lo nuevos tiempos conllevan nuevas tecnologías y con ellas surgen nuevos lenguajes y nuevas formas de violencias machistas.

Como ya he dicho en numerosas ocasiones, los lenguajes no inclusivos (y los son casi todos) son el mejor aliado del patriarcado para mantener su sistema opresor.

Durante la adolescencia, y sin ninguna formación en educación emocional ni afectivo sexual, nuestros jóvenes tienden a confundir el deseo sexual con el amor. Y, como sabemos, no es lo mismo. Y de ese desconocimiento y/o confusión, potenciada por toda la parafernalia de películas Disney y demás, se alimenta la opresiva idea del amor romántico.

Una idea que esencialmente busca la renuncia de las jóvenes a su propia vida y a sus propias necesidades y deseos en aras a complacer los deseos de su novio. Y eso, además de generar una dependencia emocional que las puede anular, puede resultar incluso peligroso para ellas.

El primer síntoma es la negación de esa renuncia y/o dependencia por parte de ella ante alguna pregunta de las amigas o familiares. Su autoafirmación como igual dentro de la relación tóxica puede llevar implícito un terrible miedo a la pérdida de quien ha "elegido" para que esté a su lado. Y, en demasiadas ocasiones, para mantenerse al lado de él, que le insiste en que la quiere y que el amor es sexo, se cede a una relaciones quizás no deseadas, pero necesarias para que él no la abandone. Ese es el orden patriarcal. La satisfacción del deseo sexual a través del chantaje emocional del amor romántico.

Y esto puede empeorar si en algún momento ha habido alguna grabación de vídeo o fotos de carácter sexual puesto que se pueden utilizar para aumentar la intensidad de ese chantaje sobre la chica con la amenaza de divulgarlas. Así ella queda más atrapada dentro de esa relación tóxica. Y así, también aumenta el orden poder-sumisión que busca el patriarcado, siempre ávido de un mayor poder y dominio sobre las mujeres.

La violencia machista estructural que ha supuesto el desmantelamiento de los recursos para la sensibilización y prevención de las violencias de género, así como el adoctrinamiento patriarcal que ha supuesto la implantación de la LOMCE, no ha hecho más que dar alas a estos nuevos modos de violencia contra las mujeres. Sin recursos económicos ni educativos adecuados, la prevención de estas violencias desde las aulas se complica bastante. Y si además le sumamos que la negación de que este tipo de violencias se produzca en las aulas por parte de casi toda la comunidad educativa, tendremos nuevos focos de preocupación por la falta de detección.

Nadie dijo que detectar las violencias machistas entre la población joven y no tan joven fuera fácil. Ni mucho menos que la salida a esa situación fuera un camino de rosas. Pero creo que no se está prestando la atención necesaria a estos primeros síntomas que tienden a darse entre nuestras chicas jóvenes en sus primeras relaciones.

Los micro machismos naturalizados en todos los ámbitos de la vida no ayudan en nada e insisto en que sin recursos no se pueden desmontar mitos, creencias, situaciones perversas, para evitar nuevas situaciones de violencias machistas en nuestras mujeres jóvenes.

Con esto no quiero decir que todos los jóvenes sean maltratadores potenciales, pero sí que son víctimas potenciales todas las jóvenes, puesto que es en ellas, en las mujeres en general, en quien se ceba el patriarcado.

No basta con la voluntariedad de parte del personal docente por detectar e intervenir ante la más mínima sospecha. Las administraciones educativas deben intervenir haciendo prevención desde el minuto cero. Los pactos están muy bien como referentes políticos, pero se han de desarrollar para llevarlos al terreno de los patios de las escuelas, a las aulas de todo el sistema educativo. No podemos quedarnos solo con las intenciones reflejadas en dicho pacto, porque entonces no avanzamos nada.

Como formadora de personal docente en esta materia me he encontrado de todo. Incluso con algún profesor hombre que incluso llegó a sugerir la justificación de dichas violencias en los patios como forma de socialización entre niñas y niños. Afortunadamente el resto del grupo y yo misma reaccionamos y le hicimos ver su error. Pero sigue habiendo una cierta resistencia de algunos profesores hombres hacia, por ejemplo, la definición que hace la Ley Orgánica 1/2004 sobre Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género que en su Preámbulo y que en su primer párrafo afirma:

"La violencia de género no es un problema que afecte al ámbito privado. Al contrario, se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión."

Si son capaces de tener resistencia a esta definición, y de afirmar que por qué solo se considera violencia de género cuando la ejerce un hombre sobre una mujer y no cuando la ejerce una mujer hacia un hombre, yo me pregunto si su función docente en valores como la igualdad, equidad, solidaridad ¿no queda sesgada?

Afortunadamente estas situaciones son aisladas y el conjunto de la profesión docente está implicada no solo en estos valores sino también en la detección y prevención de este tipo de violencia y de actitudes que se pueden dar entre el alumnado y de una forma u otra buscan soluciones. Pero no podemos dejarlo a su voluntariedad. Hemos de darles herramientas para proteger a las víctimas y para aislar a los maltratadores mostrando que esas conductas son reprochables desde cualquier punto de vista.

Y sobre todo hemos de dotar a las mujeres jóvenes de herramientas de autoprotección para saber decir NO a determinadas conductas, porque las nuevas (aunque algunas son ya muy viejas) formas que toma el patriarcado para ejercer la violencia contra las mujeres puede destruir no solo su presente, sino también su futuro por las secuelas que estas situaciones acarrean.

Esperemos que los recursos para combatir estas violencias no tarden en llegar a las aulas y que nuestras mujeres jóvenes dejen de estar potencialmente expuestas a sufrir cualquier tipo de violencia machista en esa maravillosa y complicada etapa de la vida.

* Corresponsal, España. Comunicadora de Ontinyent.

tmolla@telefonica.net

17/TMC/LGL








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