Encuentro Internacional Mujeres que Luchan

NACIONAL
FEMINISMO
   “La mujer no es para servir en la casa”
   
La Diócesis de San Cristóbal, un espacio de reflexión para las mujeres
CIMACFoto: Hazel Zamora Mendieta
Por: Anayeli García Martínez
Cimacnoticias | Ciudad de México.- 29/03/2018

Una de las alianzas que mejores resultados dio para los derechos de las indígenas del sureste mexicano fue la que promovieron las mujeres con los grupos religiosos de la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, en Chiapas, donde encontraron espacio para reflexionar sobre sus vidas, sus costumbres, sus relaciones y su papel en la sociedad.

Este vínculo entre la religión y las mujeres no es nuevo, solo ha sido mal interpretado, así lo afirman chiapanecas que participaron en el “Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan”, una reunión convocada por las mujeres del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

En este encuentro que del 8 al 10 de marzo en Chiapas reunió a unas cinco mil mujeres de México y otras partes del mundo y a dos mil zapatistas, Carmela Gómez Santis, Faustina Santis Gómez y Adela Espinoza Moreno hablaron con Cimacnoticias de cómo “la palabra de Dios” también puede hacer que las personas abran los ojos y liberar a las mujeres.  

Ellas lo han vivido así, en un Estado laico que dejó en el olvido a los pueblos indígenas y donde la Iglesia católica, con todo y sus contradicciones y restricciones, jugó un papel importante para incluir a las comunidades discriminadas y promover el respeto a las mujeres.

Particularmente en la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas pasaron sacerdotes que combinaron su actividad pastoral con la lucha social como Samuel Ruíz García, quien murió en 2011, y Raúl Vera López; ambos trabajaron para que esta organización religiosa fuera una opción para las personas pobres y oprimidas y una Iglesia abierta y al servicio del pueblo.

Cuando Samuel Ruiz, llamado tatic (padre) por los pueblos indígenas, llegó a Chiapas combatió lo que él consideraba el comunismo pero después de los años aprendió de las comunidades, de la necesidad de abrir clínicas de salud y escuelas y de ofrecer trabajos dignos. Más tarde, en 1989, fundó el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas.

En esa Iglesia las mujeres tuvieron un espacio para encontrarse junto a un clero que se esforzaba por rechazar el maltrato a las personas indígenas. Allí se formaron mujeres como Carmela Gómez Santíz, una mujer de 59 años, hablante de tzeltal y quien desde los 10 años de edad comenzó a participar activamente en los grupos religiosos.

Los cambios son paulatinos y solo se rompen las costumbres que para las mujeres y a los varones son necesarias de romper, por eso Carmela se casó y tuvo 10 hijos. Cuando se casó empezó a agrupar mujeres, participar en reflexiones religiosas, luego la nombraron catequista y después fue coordinadora del barrio en el municipio de Altamirano.

Las reuniones le permitían salir de casa y participar en los diálogos donde las mujeres exponían lo que vivían. En los años 90 su esposo conoció de la lucha zapatista pero no le dijo nada porque creía que las mujeres “eran chismosas”, cuando ella preguntó porque debían  juntar jabón, papel y arroz para las personas en las montañas, él le tuvo que contar.

Su esposo la regañaba pero dice que le dio tiempo para caminar en este proceso, entendió y él y sus hijos aprendieron a cocer el maíz y a tortear (hacer tortillas). Ahora ella es servidora, participa en los servicios religiosos de los municipios de Altamirano y Ocosingo.

Hoy Carmela dice que entiende por qué de la organización, de la unión de uniones porque para ella la palabra de Dios también es la lucha, es trabajo en colectivo. “La lucha ya está, ya están valorizando muchas jóvenes, los hombres ya saben cocinar, y todos somos uno sólo”, dice.

LA PALABRA EN TZELTAL

En el año 2000 había  809 mil hablantes de una lengua indígena en Chiapas y para 2015 se estiman que eran 1.3 millones de hablantes, quienes representan 27.8 por ciento de la población estatal, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

A esta población es a donde llegan las catequistas y las fieles, como Faustina Santiz Gómez  que en un principio tenía miedo de hablar en público pero que salió a predicar a la vez que contaba la discriminación y la lucha del EZLN. Hoy tienen 48 años de edad y ha viajado a Guatemala, Quintana Roo, Morelos y otros estados para contar lo que viven las indígenas y cómo participan en la organización religiosa.

Originaria de Amatenango de Valle, Faustina habla tzeltal, empezó en las reuniones eclesiásticas a sus 17 años. “Cuando empecé, a mí me daba miedo porque no sabía leer ni hablar castilla (español) pero a través de la salida, de participar, aprendí a hablar el español y el miedo se quitó poco a poco”, expresa.

Ella no quería salir sola pero la formación católica le dio fuerza y aprendió mucho de sus derechos pero sobre todo, dice, aprendió que como mujer tiene dignidad. “Me di cuenta que es importante salir para traer otras ideas, la mujer no es para servir en la casa, deben participar ambos”.

Agrega que si las mujeres se quedan solo en casa no saben qué es lo que viene, “lo que pasa en el estado, en nuestro país, en cualquier pueblo, no sabemos pero cuando nos reunimos representamos todo y compartimos la situación. Ahí nos damos cuenta. Necesitamos analizar la situación, qué es lo que viene y qué es lo que afecta”.

Adela Espinoza, tiene 31 años de edad, lleva cinco trabajando en la Coordinación Diocesana de Mujeres, Codimuj, un área de la Diócesis fundada por Samuel Ruiz en 1992 y que en octubre pasado cumplió 25 años, un lugar donde se predica la religión católica pero también los derechos de las mujeres.

En esta área se trabajan cuatro temas: Mística, Análisis de la realidad, Género y Cultura, allí las indígenas y mestizas se reúnen para hablar qué les beneficia y qué les afecta. “Leemos la Biblia diferente a como leen los hombres, los hombres la leen a favor de ellos, nosotras vemos lo que realmente hay en la Biblia”.

Para Adela no sólo se trata de rezar sino de pensar. “Casarse a los 12 años, que tu papá te vende, esas son cosas que matan a la mujer. Y son cosas que a Dios no le gusta, que vivan en ese sufrimiento por parte de la cultura machista, patriarcal que hay en este sistema”.

Al igual que ella, dice, hay más mujeres católicas, creyentes que interpretan la religión de manera distinta, que buscan ver una Iglesia que no las oprima ni las mantenga como seres inferiores, por eso se sumaron a la teología de la liberación, la que está de lado de los pobres y de los indígenas.

 “Es como queramos ver a Dios; entender y saber que Dios no quiere nuestro sufrimiento, porque Dios nos creó iguales, no dijo que el hombre iba a ser más. Claro está que la Biblia está hecha por hombres, pero no estamos peleadas con Dios, estamos unidas con él, agarramos fuerza con él”.

A pesar de estar convencidas de los valores y principios que se desprenden de la religión y que se predican en las iglesias, Carmela, Faustina y Adela no tomaron los hábitos, decidieron no andar con velo, ellas se forjaron en los ideales de la igualdad y la justicia social para llevarlos más allá de las parroquias y acercarlos a los pueblos.

18/AGM/LGL








ESTADOS
VIOLENCIA
   Colectiva actoras de cambio se apropia de artes escénicas para mantener la memoria
El teatro, una herramienta de sanación para víctimas de violencia sexual en Guatemala
CIMACFoto: Anayeli García Martínez
Por: Anayeli García Martínez
Cimacnoticias | Ciudad de México.- 27/03/2018

En el escenario una mujer menuda y mayor está sentada sobre una caja de madera, canta con una voz tenue en un idioma que nadie reconoce, permanece casi inmóvil, con las manos sobre las rodillas, viendo a la nada, como si no existiera el público. Decenas de mujeres observan su rostro marcado por los surcos de los años.

Ella tiene 74 años, es indígena guatemalteca, hablante de mam y sobreviviente de la guerra civil que se desató entre 1960 y 1996 en aquel país centroamericano. En la década de los años ochenta los grupos armados asesinaron a su esposo y a sus hijos, a ella la violaron y la dejaron abandonada en el monte. Imaginó que moriría, pero no, resistió.

Se mantuvo viva, tan activa que ahora es parte de “Colectiva actoras de cambio”, una organización civil feminista que impulsa procesos de sanación para las mujeres que han sido víctimas de violencia sexual y que además las incita a hacer teatro, la mejor forma que encontraron para narrar la violencia sexual durante el conflicto armado.

La Colectiva decidió apropiarse de las artes escénicas como estrategia para mantener la memoria, una decisión que asumieron después de preguntarse ¿cómo contar los estragos de la guerra, cómo y para qué explicar que fueron humilladas, golpeadas y violadas una y otra vez hasta desmayar; cómo decirles a quienes no hablan mam, quiche u otra lengua?

“La abuelita”, como le dicen sus compañeras, recorre el escenario, dice sus diálogos en su lengua, en una escena canta, en otra se lamenta y en una más su cuerpo se arroja desde unos cubos de madera que representan los montes. En ese instante un golpe seco se escucha y una combinación de llanto y aplausos del público simbolizó el cierre del telón.

Ella participó en la puesta en escena “La mujer montaña”, una obra de teatro donde más que actuar, revive. Junto con ella participan siete mujeres más, todas sobrevivientes de violación o violencia sexual en el departamento de Huehuetenango, en Guatemala, donde fueron violentadas.

“La abuelita” es la mayor de edad y la más joven tiene 22 años. La obra está representada en mam, la lengua que hablan las actoras; y pese a que el público es en su mayoría hablante de español puede hilar la historia, puede encontrar en cada escena sentido, ver las plantas, ver el jaguar y ver el espanto.

“En el corazón de la montaña se reúnen casualmente varias mujeres que vienen huyendo de sus historias aunque aún traen a cuestas una parte significativa de éstas. Allí encuentran a ´la niña espanto´ quien las guiará humildemente hasta una cueva sagrada a la que caerán sin darse cuenta… Lo que descubren, transformará sus vidas”, reza la reseña de la obra.

Este montaje se presentó en el “Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan”, una reunión organizada por la Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que congregó a unas cinco mil asistentes y a las dos mil zapatistas anfitrionas, quienes se dieron cita en Chiapas del 8 al 10 de marzo.

Como parte de las actividades culturales la “Colectiva actoras de cambio” presentó su obra frente a decenas de mujeres de todo el mundo en el Caracol de Morelia “Torbellino de nuestras palabras”, territorio zapatista donde se realizó el "Encuentro de Mujeres que Luchan”.

Al término de la obra y con ayuda de una traductora “La abuelita”  respondió preguntas de las mujeres del público: "A principios yo estaba en mi casa, mataron a mi familia y a mi esposo. Me imaginé que me iba a morir y que estaba sola, que nadie me podía acompañar. Llegaron compañeras de Huhuetenango: Vamos, sé que fuiste violada pero vamos a luchar juntas", dijo.

Enfrentó su miedo y después de un proceso colectivo para sanar, se introdujo en esta obra que se montó y se produjo en un año y medio. Todo, desde el vestuario hasta la utilería, simbolizan su cultura, sus montes y sus tradiciones. Además cada escena es su historia, la de ella y sus compañeras, por eso sus rostros y sus gestos no dejan de transmitir emociones.  

Nos costó mucho hacer esta obra pero nos sentimos muy bien, cuenta una de las actoras. 

Josefa Lorenzo, es parte de las mujeres que actúan. Ella habla mam y español, tiene una voz fuerte que inunda el espacio pero además desde hace varios años se ha involucrado en los procesos organizativos de las comunidades indígenas, ya es una líder, por eso es quien toma el micrófono a la hora de participar en los conversatorios.  

En 1995 Josefa estaba en Huhuetenango, allí esperaba un camión pero ya era tarde y no había transporte. Llegó un hombre en un carro y se ofreció a llevarla. Él la violó. La experiencia no es fácil de narrar. “Se me iba la voz, no podía hablar, estaba muy enferma”. Logró vivir con la violencia hasta que llegó con la Colectiva, fundada en 2003 por Yolanda Aguilar y Amandine Fulchiron.

“Las actoras de cambio tuvimos una constelación y volví a encontrar a ese tipo y me puse bien mal cuando lo vi, se me fue la voz, hice las limpias pero yo no tenía fuerza para hablar, para hacer nada. Yo les dije: ese tipo me violó”.

Antes de participar en una obra las mujeres pasan por un proceso de sanación, de sacar las emociones, romper el silencio, quitarse la culpa y recuperar la fuerza para hablar y pararse en el escenario, para contar, con sus actuaciones, lo que vivieron en el conflicto armado. Historias que salieron a la luz nuevamente entre 2013 y 2016 con el juicio contra del ex dictador guatemalteco Efraín Ríos Montt y otros mandos militares.

“Justamente con las compañeras que nos apoyaron en todo el proceso de sanación, con plantas, el temazcal, masajes, nos hablamos, nos enseñaron a sacar la voz, el poder interior, solo era importante el primer paso, que no tenemos miedo, que podíamos vencer el miedo”, explicó Josefa a Cimacnoticias.

Sobrevivieron, dicen, para contar que en Guatemala hubo una guerra interna, que muchas mujeres murieron, que muchas fueron violadas y que ellas siguen padeciendo las consecuencias de esos enfrentamientos que muchas no conocen porque ser mujer de la ciudad es diferente a ser mujeres de las montañas.

El teatro también les ha servido para dejar esa carga que representan las críticas, los estereotipos, las dificultades, por eso al finalizar la obra las actoras cargan costales de hojas y las arrojan, las entierran como si en la plataforma hubiera de verdad tierra para luego vivir y estar en lucha. Sólo así logran reconstruirse después de cada representación, porque saben que la cárcel para sus verdugos nunca será una reparación.

18/AGM/LGL








REPORTAJE
FEMINISMO
   REPORTAJE ESPECIAL
   Encuentro con mujeres zapatistas, que llaman al habla y la escucha
“Mujeres que luchan” inicia en Chiapas
CIMACFoto: Anayeli García Martínez
Por: Anayeli García Martínez, Sonia Gerth y Hazel Zamora Mendieta
Cimacnoticias | Ciudad de México.- 07/03/2018

Justo cuando México atraviesa un proceso electoral y las mexicanas exigen el derecho a vivir libres de violencia, un alto al feminicidio, al acoso sexual y la violencia de género; las zapatistas se colocaron en primera fila y lanzaron una provocación al movimiento feminista, llamaron a reencontrarse, una vez más, para hablar, escucharse y organizarse.

A partir del 29 de diciembre del año pasado la invitación al “Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de las Mujeres que Luchan” se esparció por redes digitales y personales y hasta enero de este 2018 ya sumaban 651 personas registradas, mujeres alistándose para emprender un viaje desde sus países, ciudades o pueblos, hasta la zona indígena del sureste de Chiapas que en 1994 hizo temblar al Estado mexicano.

A 24 años del levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en el contexto del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, y en medio de la irrupción política que causó la primer mujer indígena que buscó la Presidencia de la República, María de Jesús Patricio; las indígenas, mestizas y extranjeras, se darán cita durante tres días en el Caracol de Morelia, ubicado en Chiapas, zona indígena Tzotz Choj.

Del 8 al 10 de marzo las tejedoras de la palabra darán  seguimiento a una lucha que es más vieja que la insurrección de 1994.

A propósito de este encuentro, Cimacnoticias realizó un recuento histórico de la participación de las mujeres en el zapatismo, su búsqueda en el reconocimiento de sus derechos, y su organización. La investigación se hizo a través de la recopilación de documentos del Centro de Documentación “Adelina Zendejas” de CIMAC, publicaciones del suplemento La Doble Jornada y la documentación periodística del libro “Las Alzadas”, coordinado por la periodista Sara Lovera y Nellys Palomo.

“NO CLAUDICAMOS”

El encuentro se da ante la necesidad de tejer lazos en un país donde a diario, 7 mujeres son asesinadas y a cada momento brota a la luz pública un caso de acoso sexual. “Pero como quiera no tenemos miedo, o sí tenemos pero lo controlamos, y no nos rendimos, y no nos vendemos y no claudicamos”, esas son las palabras de las organizadoras.

Las mujeres que forman el Comité Clandestino Revolucionario Indígena de la Comandancia General del EZLN, las concejalas, juntas, promotoras, milicianas, insurgentas y bases de apoyo zapatistas, convocantes a esta reunión de saberes, pidieron a todas las mujeres, feministas, defensoras y ciudadanas, escucharse como forma de sanación y de acción.

Ahora que en México las víctimas y familias de mujeres desaparecidas, víctimas de feminicidio, acoso sexual, hostigamiento laboral, despojo de tierras o violencia del Estado han tomado la iniciativa de denunciar a policías, jueces, comunicadores y funcionarios, la idea es tomar bríos para saberse acompañadas y juntas, auto organizarse.

La cita es singular, será en una zona indígena y selvática, donde el autogobierno se hace cargo de las necesidades básicas como luz y agua y donde los hombres tendrán que hacer lo que socialmente no les ha tocado: cuidar a niñas y niños, preparar alimentos, hacerse cargo de la limpieza y estar en espacios considerados de servidumbre pero que para el zapatismo son base de la organización.

UNA VEZ MÁS NOS ESCUCHAMOS

Antes del levantamiento armado del EZLN la primera rebelión que cimbró a las comunidades chiapanecas y que después haría eco a nivel nacional fue las de las mujeres, la de aquellas que sin saber de Derechos Humanos decidieron que una revolución sin igualdad simplemente no podía ser.

El 8 de marzo de 1993 las indígenas hicieron el primer levantamiento cuando exigieron terminar con las costumbres que no les gustaban como ser violentadas y obligadas a casarse con hombres que no querían, o tener hijos que no podían cuidar. El resultado de esa rebelión que disgustó a algunos e hizo reflexionar a otros, fue la Ley Revolucionaria de las Mujeres.

Allí se mostró que las causas de los pueblos indígenas y de las mujeres no están alejadas y aunque poco se sabe, las mujeres fueron protagonistas invisibles de los acontecimientos que trascendieron las fronteras del país hace 24 años. Líderes como la comandanta Ramona y la mayor Ana María, tuvieron tareas vitales para el movimiento, y sus perfiles fueron inspiración para otras.

A un cuarto de siglo de distancia, el próximo encuentro de mujeres en Chiapas no es el primero que se realiza en nombre de la inclusión y contra la opresión. En los años seguidos al levantamiento armado de 1994, el movimiento de mujeres indígenas vivió un impulso y se realizaron varios foros y eventos involucrando la visión de las zapatistas.

En 1995 se reunieron en el Encuentro Nacional de Mujeres de la Asamblea Nacional Indígena para la Autonomía (ANIPA) para preparar su participación en el Foro Nacional Indígena y en la mesa de Diálogo en el municipio de San Andrés Larráinzar. Allí trabajaron temas de participación política de la mujer, autonomía, derecho a la tierra, salud y derechos reproductivos.

Dos años después, en 1997, en Oaxaca, se formó la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas en el marco del Encuentro Nacional de Mujeres Indígenas. Entre las exigencias estuvieron el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, la salida del Ejército mexicano de las comunidades indígenas, la reforma del artículo cuarto constitucional para hacer explícitos derechos indígenas y paridad política; y la reforma al artículo 27 constitucional para permitir a las mujeres heredar y usufructuar la tierra.

A finales de 2007, conmemorando el 14 aniversario del alzamiento zapatista, se realizó el Tercer Encuentro entre los Pueblos Zapatistas y los Pueblos del Mundo, el cual se centró en las vivencias y los logros de las mujeres zapatistas. Así, se trataron temas de salud, educación, y organización.

MUJERES, BASE DEL ZAPATISMO

El movimiento feminista mexicano y el mundo entero se sorprendieron al ver la participación activa de las mujeres tanto en los rangos militares como en la dirección política de las y los zapatistas que se levantaron en armas el 1 de enero de 1994.

En ese entonces la mayor Ana María, a sus entonces 26 años, al mando de más de mil personas, fue dirigente de la toma de San Cristóbal. Al hablar con cronistas sobre su vida, la mayor contó que como muchas no estudió ni se preparó, por eso se fue a la montaña, donde aprendió a leer, escribir y hablar castellano. En medio de la lucha armada pudo decidir quién sería su compañero de vida.

Por su parte la comandanta Ramona, formó parte del Comité Clandestino Revolucionario Indígena. En idioma tzotzil habló sobre la vida cotidiana de las mujeres en las comunidades, de los días largos, de cómo sufrieron de hambre y malnutrición, cómo se enfermaron, de los puestos de salud que se encontraban demasiado lejos y de los decesos de niñas y niños.

La comandanta recorrió su comunidad llevando su palabra para decir lo que todos sabían pero que poca gente mestiza acepta: el trabajo que implica llevar las artesanías al pueblo y enfrentar discriminación y racismo; el hecho de que los hombres vean mal que sus mujeres tomen la palabra y ocupen puestos, o cómo las niñas desde pequeñas son vendidas a sus futuros esposos.

En la euforia de 1994 la mayor Ana María, al igual que otras mujeres, exigió a los varones zapatistas lo que les correspondía de aquella revolución; el derecho de las mujeres a organizarse y a participar en la milicia, aunque para ellas no sería lo mismo porque tuvieron que demostrar que podían realizar el mismo trabajo que ellos, hasta que se abrieron paso a los más altos mandos.

No sólo las mujeres combatientes se hicieron presentes, como la comandanta Ramona, también estuvieron las adultas mayores, aquellas que permanecieron en los pueblos y que fueron bases fundamentales del EZLN. Ellas se encargaron de la seguridad de las comunidades, monitorearon, diseñaron y cosieron los uniformes de la insurgencia, mantuvieron al ejército alimentado y cuidaron a la niñez mientras las jóvenes y los varones salieron a luchar.

Es por eso que sus demandas tuvieron que ser escuchadas. Junto a la Declaración de la Selva Lacandona, se publicó la Ley Revolucionaria de las Mujeres. Diseñada desde 1993, en ese documento, las indígenas demandan un salario justo, el derecho de tener cargos en la comunidad, el derecho a salud, educación, a una vida sin violencia, y -cosa inédita- el derecho de elegir a su pareja y la cantidad de hijos e hijas que quisieran tener.

Para construir esa ley la comandanta Ramona fue la encargada de recoger las opiniones de las comunidades tzotziles y la comandanta Susana, la palabra de las comunidades tzeltales. De forma aguda las mujeres indígenas problematizaron la relación entre el cambio y dejar atrás las tradiciones o costumbres que las mantenían en los ciclos de marginación y violencia.

En ese entonces las feministas críticas cuestionaron cómo las mujeres podían participar en una lógica de guerra y una institución tan patriarcal como es un ejército. Observaron que las mujeres destacadas del zapatismo se limitaron a leer cartas del Subcomandante Marcos y que los traductores de Ramona, por ejemplo, en vez de traducir se metieron a interpretar.

Con todo, la Ley Revolucionaria de las Mujeres tuvo repercusiones tanto en el movimiento feminista como en el indígena y desencadenó un debate amplio. A pesar de las críticas preponderó la inspiración que las mujeres chiapanecas dieron a otras indígenas y a muchas mujeres que luchan por la igualdad en el país. Aunque aún faltaba esperar que se cumplieran sus demandas.

A 24 AÑOS DEL LEVANTAMIENTO...

A 24 años, hoy Chiapas continúa siendo el estado más pobre de México, y muchos municipios indígenas carecen de servicios básicos como agua, energía, y salud.

Según el último diagnóstico del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en 2012, 75 por ciento de la población chiapaneca se encontraba en pobreza y 32 por ciento en situación de pobreza extrema. Niveles iguales a los de 1994, según la investigadora de la Universidad de Harvard, Viridiana Ríos.

Al nivel nacional, Coneval reporta que 45 por ciento de la población se encuentra en situación de pobreza y 10 por ciento en pobreza extrema.

Al hablar de salud en Chiapas, donde la sociedad es diversa, en los municipios mayoritariamente poblados por indígenas, las problemáticas se agudizan. La organización Melel Joxobal constató en 2015 que las complicaciones de embarazo y parto eran la principal causa de muerte en mujeres indígenas.

Ese mismo año la Secretaría de Salud informó que la Razón de Muerte Materna (RMM) en Chiapas era de 68 por cada 100 mil nacidos vivos, en tanto, la medida nacional se ubicaba en 39 decesos, esto significa un 43 por ciento más.

En suma, muchas adolescentes se casan a edades tempranas y tienen poco acceso a información sobre planificación familiar. En los altos de Chiapas, 73 por ciento de las mujeres tuvo su primer hijo entre los 11 y 19 años de edad, según la Encuesta de Salud y Derechos de las Mujeres 2015. Esto les impide una libre decisión sobre sus proyectos de vida, constata Melel Joxobal.

La educación debería de ser una parte fundamental para preparar a las niñas a tomar decisiones autónomas, pero en muchos casos, faltan oportunidades. Aunque el país tiene cifras oficiales de escolaridad y alfabetización del 95 por ciento, el rezago educativo de las y los indígenas es significativo. La mitad no termina la primaria, según el Programa de Desarrollo de Naciones Unidas, y el monolingüismo les hace más vulnerables a la discriminación.

LA ENSEÑANZA DE MARICHUY

Este encuentro cobra mayor relevancia porque es parte de la estela de esperanza que dejó la candidatura indígena propuesta desde 2017 por el Concejo Indígena de Gobierno (CIG) y el Congreso Nacional Indígena (CNI) para participar en el proceso electoral de 2018 en busca de la Presidencia de la República, misma que no logró los apoyos ciudadanos suficientes para concretarse, a pesar de la organización ciudadana que causó.

La propuesta del CIG-CNI fue que su vocera, María de Jesús Patricio, conocida como Marichuy, llevara la voz de los pueblos indígenas al proceso electoral, que fuera ella, una mujer indígena, quien hablara a la ciudadanía del despojo de las tierras, la explotación, la opresión y discriminación que viven las personas del México de abajo.

La precampaña de una mujer indígena hizo ver que todavía hay un país que desprecia a las personas por su color de piel, su sexo, o su nivel de estudios, pero además que se niega a escuchar lo que tengan que decir. Y aunque los partidos políticos actualmente deben postular a personas indígenas en 13 distritos electorales para competir por una diputación, la realidad es que la discriminación persiste.

Las expectativas puestas en este encuentro son altas. Convergerán mujeres de todas las edades y nacionalidades. Vienen de todos lados del mundo, de Europa y de Latinoamérica. En México, se encuentran alistadas mujeres de 27 entidades.

Todas ellas vertieron 202 propuestas de actividades, saberes y experiencias con el objetivo común de compartirlas a lo largo del encuentro; desde música, danza, teatro, circo, cuentacuentos, presentaciones de libros, dibujo, fotografía, cine y deporte. Es quizás este encuentro una forma de seguir reflexionando y hacer organización para formar esas resistencias de las que habló Marichuy en su paso por los pueblos de México. 

Hasta ahora las organizadoras han informado que se tiene contemplado la impartición de talleres sobre la violencia de género, manifiestos feministas, ciberfeminismo, la valoración y uso de la sangre menstrual,  danzaterapia, género, pintura, grabado, entre otros.

A este amplio número de saberes se suman pláticas del linaje femenino, cuerpo de la mujer, formas de resistencia, defensa de los Derechos Humanos, educación antimachista, experiencias de sobrevivientes a la violencia, lucha de mujeres en Francia e Italia, el feminismo en Cuba, feminismos indígenas y afros… Durante cinco días, las mujeres hablarán y escucharán sus inquietudes, conocimientos y anhelos.

Previo al encuentro, este martes 6 inició la Asamblea del Movimiento en Defensa de la Tierra, el Territorio y por la participación y el reconocimiento de las mujeres en la toma de decisiones, en San Cristóbal de las Casas, en la cual se busca difundir información sobre el contexto de violencia contra las mujeres, violencia feminicida, el riesgo que representan las zonas económica especiales.

Entre otros temas a debatir está el de la Ley de Seguridad Interior, despojo a la tierra y la reflexión de la efeméride del 8 de marzo. La Asamblea concluye este día para que mañana inicie el Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan.

18/AGM/HZM/SG/LGL








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