Pola Peña*
Las últimas semanas han sido para todas las y los mexicanos difíciles anímicamente. Los medios de comunicación, los debates en distintos foros, así como las propias relaciones interpersonales, se han visto sobredeterminadas por contenidos discursivos que tienden a polarizar opiniones y percepciones.
Mi intención no es abonar a este infructuoso y maniqueo posicionamiento del «estás conmigo o estás contra mí», sino detenerme en aquellos elementos que han sido omitidos o soslayados en los discursos hegemónico-mediáticos-partidarios, sobre todo por lo que atañe a las reivindicaciones feministas.
A partir de la decisión que tomó el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) respecto las impugnaciones presentadas por la coalición por el Bien de Todos, varias interpretaciones y reacciones se han expresado de forma inmediata.
Entre las más radicales se encuentra aquella que sostiene que la decisión del Tribunal es muy tibia y no responde a la demanda del recuento voto por voto de todas las casillas impugnadas y su correlato, la anulación.
Posición que, siguiendo el curso de las percepciones ciudadanas construidas a lo largo de este proceso, tiende a ignorar el saldo positivo e inédito en el breve camino andado, a saber, la extraordinaria representación que conquistaron las y los candidatos de la Coalición en el Senado y la Cámara de Diputados, convirtiéndose en la segunda fuerza político-electoral del país, por no mencionar la incuestionable victoria de su candidato en el Distrito Federal.
Analistas, políticos, periodistas y otros actores sociales han insistido en este elemento, y han llamado la atención a no desestimar un hecho incuestionable: quién gane la presidencia de la República no contará con mayoría en el congreso, razón por la cual se verá obligado a establecer pactos, acuerdos y estrategias que le permitan definir e impulsar un programa de gobierno a través del consenso.
El nuevo sistema de partidos configurado y posicionamientos extremos requieren de voluntad política para transitar a este escenario, dentro del cual la tolerancia y el respeto son fundamentales para materializar la reforma del Estado.
Entre las y los perredistas tiende a prevalecer la idea de que si AMLO no gana la presidencia, sus plataformas políticas lo pierden todo o asisten con serias dificultades al establecimiento de consensos en las asambleas legislativas.
Un reto se advierte necesario para quienes nos definimos como feministas y luchamos, desde distintas trincheras, por la equidad entre los géneros y el respeto a los derechos humanos: intentar suplantar la incondicionalidad partidista por la reflexión ciudadana, sobre todo para esos millones de votos que se emitieron por otros partidos y que, no aceptan ser colocados «contra las cuerdas» ni se sienten obligados a tomar partido sin que medie un análisis crítico y sosegado.
EL FIN SON LOS MEDIOS
Desde la ciudadanía, las mujeres en general y las feministas en particular, tenemos la obligación histórica también de insistir en que el fin son los medios.
Más allá del respeto irrestricto al posicionamiento partidista de cada una, suscribir e ignorar la ausencia de compromisos programáticos hacia las mujeres y a favor de la equidad de los partidos políticos en la contienda –excepción hecha del Partido Alternativa Socialdemócrata (PAS)–, se traduce en actos que fortalecen la partidocracia y no la democracia.
Ejemplo de lo anterior son los resultados que arroja el número de mujeres electas en esta contienda, que demuestra el tipo de discriminación e instrumentación del que históricamente han sido objeto tanto al interior de los partidos como en los espacios donde se deciden los asuntos públicos.
El tema de la cuota de género y su impacto deben formar parte de la reforma al COFIPE, de forma tal que nos aleje de su entusiasta celebración y nos comprometa a evaluar su efectividad.
La filósofa feminista Victoria Camps sostiene que «cuando flaquean las certezas nos quedan las convicciones»: Para el movimiento feminista siempre ha sido así, porque el carácter precario y contingente de la identidad de género no se ha traducido aún, en conciencia política genérica que tenga una dirección unívoca; las mujeres votamos y construimos ese caleidoscopio reconociéndonos en nuestra libertad para elegir; por lo tanto, el significado de la libertad es un asunto del que deberíamos hacernos cargo a corto plazo sin tanto apasionamiento y descalificaciones estériles.
Concluyo con la cita de un libertario:
«Si existe un primer principio que los liberales comparten, éste es que rechazamos las ideologías basadas en la certeza. Cualesquiera que sean nuestras creencias, y muchas de ellas son muy firmes, no nos sentimos con derecho a imponerlas a otros. Los liberales se esfuerzan por persuadir a otros y, a su vez, son susceptibles de ser persuadidos.
Nosotros estamos dispuestos a mejorar nuestro pensamiento y nuestra comprensión a través de la información y el intercambio de ideas. De la misma manera esperamos contribuir a las concepciones que otros tienen»(Aryeh Neir, ¿Por qué somos liberales?, Letras Libres 92, jul 06).
Por un feminismo crítico pero tolerante, libre pero responsable.
*Socióloga, feminista libertaria y socialdemócrata, profesora-investigadora de la UABCS y Consejera Electoral JL-IFE en BCS.
06/LR/CV
