Lamento iniciar así estás líneas. Como se inician las condolencias, como se inicia la crónica de una aflicción, como se inicia la reflexión de un fracaso.
Lamento el fracaso de la política. ¿Qué otra cosa sino el fracaso de la política nos mantuvo tan cerca del precipicio en los días recientes?
Lamento el encono, la cerrazón, la posición de los extremos, de lo absurdo y de todo aquello de lo que nos dieron cátedra en la Cámara de Diputados a lo largo de tres días.
Lamento que en el sitio por excelencia de la política –el Congreso- lo que hayamos presenciado haya sido una lucha de tribus, un cuerpo a cuerpo por el espacio, un mano a mano por el territorio.
Lamento la concepción rupestre de lo que en pleno siglo xxi conciben como «lucha» por el poder.
Lamento que legisladores y legisladoras de la Cámara de Diputados cobren sueldos exorbitantes por tan miserable actuación.
Lamento que el presidente Felipe Calderón haya tomado protesta en un sitio físicamente copado, cuando en el Congreso lo único que debe copar es el sentido de la razón, de la política.
Lamento que los extremos de derecha y de izquierda conviertan al país en su arena de juego.
Lamento ver a una izquierda que se suicida electoralmente, que manda al caño la fuerza de interlocución legal que obtuvo con millones de votos, que manda un mensaje de confrontación.
Lamento lo mucho que se puede perder sin ganar nada.
Lamento ver a una derecha que lee poco y mal el encono social, el hartazgo de amplios sectores de México, la rabia que provocan años de frustración y desesperanza.
Lamento lo mucho que se puede perder aún ganando algo.
Lamento sentirme en territorio de nadie, en medio de dos bandos, en medio de dos extremos que, cada uno a su manera, constantemente me obliga a tomar parte en una lucha absurda.
Lamento el discurso «democrático» que se resume en «estás conmigo o estás contra mí».
Lamento la fragilidad de las instituciones que construimos para cimentar la democracia. Aquellas que hubiéramos jurado, tras diez años de edificación, que jamás se caerían ni aunque llegara el lobo feroz. Aquellas a las que bastaron dos soplidos para que amplios grupos sociales las deslegitimaran.
Lamento haber tenido a un presidente al que le quedó enorme el reto ser el presidente de la alternancia.
Lamento que termine tan mal algo que empezó bien. Lo que era el tránsito de la dictadura perfecta a la gobernabilidad democrática terminó con un país dividido tras una elección sumamente cuestionada, terminó a golpes en la Cámara de Diputados.
Lamento que el vacío de poder haya sido ocupado por el crimen organizado, los sindicatos, los monopolios, las guerrillas, los extremistas.
Lamento que el actual presidente haya tomado posesión en medio de un fuerte dispositivo de seguridad en escasos 4 minutos con 51 segundos.
Lamento la sonrisa que iluminaba la cara de Vicente Fox. ¿De que se reía, señor expresidente?
Lamento que digan que «salió bien» la toma de posesión de Felipe Calderón. Tanto nos estamos acostumbrando a lo mal, a lo peor, que el hecho de que no hubiera muertos o heridos significa «bien».
Lamento los gritos de ¡Va a caer!, ¡Va a caer!, contra los de ¡Sí se pudo!, ¡Sí se pudo!
Lamento que esos gritos puedan ser el signo de lo que nos espera seis años.
Lamento, en fin, escribir con esta sensación de duelo.
Mañana, estoy segura, despertaré con energías renovadas; y, como millones de compatriotas, seguiré trabajando por lo que creo, de acuerdo, a pesar o en contra de las políticas del presidente Calderón.
Hoy, sólo permítame lamentarme.
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06/CL/GG