Después del 68, las mujeres no fueron las mismas. De las vivencias anteriores, marcadas por la vida en y para la familia, salieron del mundo de lo privado para disfrutar de los conciertos de rock, luchar en las calles por justicia y libertad y encontrase de otra manera con su cuerpo.
De esto habla «Ahí viene la plaga» editado en 1985 por Joaquín Mortiz en la Serie del Volador. El movimiento estudiantil de 1968 es el eje vertebral de la historia y en ella se presenta «una probadita de atmósferas importantes» para la juventud de clase mediera de los años cincuenta, sesenta y setentas.
El despertar sexual, mezclado con la política, el abuso masculino y el autoritarismo en la familia, ejercido sobre todo por el padre, está a flor de piel en la mayoría de los encuentros de las mujeres jóvenes de la Ciudad de México presentes en el relato.
Varias son las escenas marcadas por la agresión y la violencia.
Desde una mirada masculina, de manera irreverente y divertida, la obra revisa distintas vivencias en las que aparecen «probaditas» de la condición de las mujeres a través de tres décadas en las que uno de sus signos, a partir de los años 60, fue la revolución sexual.
Creación conjunta de tres firmas mexicanas José Agustín, José Buil y Gerardo Pardo la obra, que hasta ahora no ha sido llevada a la pantalla, está escrita en formato de guión de una ópera rock cinematográfica, documental y de ficción.
En sus 642 secuencias, presentadas en un ir hacia atrás y hacia delante en el tiempo, las mujeres aparecen de muy diversas maneras y en escenarios distintos: fiestas de quince años, relaciones de noviazgo, primeros encuentros sexuales, cafés cantantes, con los ídolos del rock, en la separación de la familia.
UN VALS AL RITMO DE PRESLEY
En el salón Piamonte, el encanto del ritual de los quince años de Rosalía, la hija de los Ramírez, se rompe como una copa de cristal en mil pedazos cuando en el momento de bailar el obligado vals padrino, familia e invitados se dan cuenta de la ausencia de la quinceañera, quien momentos antes de la ceremonia y luego de haber bebido un «largo» trago de licor salió a la calle a invitación de Ramón.
Afuera la festejada «vomita briosamente» junto a un auto. Sentirse «re’ rara» no le permitió a su acompañante seguir con el juego sexual que había iniciado. «Después de ver hacia todas partes, Ramón mete la mano bajo el vestido de Rosalía para tocarle los senos», quien se desprende de él «muy mareada».
La familia sale a la calle y descubre la escena. Se llevan a la quinceañera. Finalmente, la joven «pálida y con rostro espantado, sin gracia alguna y con una que otra mancha de vómito, baila (el vals Rosas de la primavera) llevando la cuenta de los pasos entre dientes».
En un «repleto» cine de Las Américas se presenta, por primera vez, una película de Elvis Presley: «El rey criollo». Arriba están los hombres, abajo se encuentra la mayoría de las mujeres.
Entran un grupo de «chavitas» con chamarras de cuero y suásticas pintadas en la espalda. «Una bola de gandallas las rodea, al instante. Ellas se aterrorizan». Varios jóvenes «las manosean discretamente». Se oye una voz que encuentra eco: «¡Qué bailen!». Obedecen «agitándose con vigor», luego de escuchar la promesa de dejarlas ir. ¿Ya, ya?, preguntan. Aparecen cinco jóvenes, se colocan junto a ellas, luego de un «ya estuvo» las dejan ir.
Mientras en la pantalla ya corre la película de Presley, en la oscuridad unas jóvenes entran a una fila de butacas en busca de un asiento. «¡Carne! ¡Carne! Se oye el grito en el silencio. Una bola de gandallas se lanza sobre las muchachas. Ellas gritan mientras los chavos las manosean por todos lados».
En otra parte de la sala se arma una bronca «todo el cine es un grito ensordecedor», se encienden las luces, la exhibición de la película acaba en «un zafarrancho»
Nada es distinto en el café A Go Go Hullaballoo, un local pequeño sin ventanas donde a sus 16 años Elisa acompañada de un grupo de rock canta baladas de moda.
«De pronto, la puerta se abre violentamente. Irrumpen diez granaderos con cara de pocos amigos y blandiendo sus macanas. El público grita, aterrado. No hay por donde huir».
El escenario cambia. Ahora los chavos que estaban en el café están formados, en fila, en una delegación policíaca, frente al Ministerio Público y a algunos padres de familia. Luego de escuchar la voz de la autoridad inician los regaños: «A ver, Elisa, ¿te hace falta algo en la casa? ¿Por qué andas juntándote con tanto vago?».
MUÉVANSE TODOS
Pese a la advertencia de sus cuates –«Otra vez la burra al trigo», se queja Alonso. «No es cosa de viejas», alega Chema– Antonieta y Genoveva deciden asistir a una manifestación. La imagen de las jóvenes está acorde con la moda: descomunal peinado piramidal, zapatos altos con tacón de aguja, falda corta y muy entallada.
Antes de ir al evento falta saltar la vigilancia paterna. Ambas esperan el momento de partir en casa de Antonieta, su padre mira y no mira la televisión, de reojo observa las piernas de las chicas que están sentadas en la sala, a corta distancia de él.
De pronto, el señor va hacia Antonieta, furioso, y la prende de los cabellos. Antonieta grita adolorida. La lleva al lavabo del baño y «sumerge la cabeza de su hija bajo la llave».
Más tarde una Genoveva con peinado alto y una Antonieta, con cabello despeinado, aún húmedo, y ojos llorosos avanzan por avenida Reforma con un gran contingente de personas que a una sola voz gritan: ¡Si Fidel es comunista que me apunten en la lista!, marchan en apoyo a la Revolución Cubana.
Elisa con un grupo de camaradas aparece con ellos en una choza, están sentados en el suelo de tierra, sobre petates, frente a un periódico lleno de hongos, los comen lentamente sin hablar. Se acuestan.
La siguiente escena es la descripción del «viaje» de Elisa quien con las pupilas dilatadas ve paredes de adobe que alejan y se acercan, grietas en el piso que se vuelven a cerrar; escucha explosiones, susurros, pasos, gritos ahogados; mira una aparición, es la imagen de la Virgen de Guadalupe, la Virgen tiene la cara de Elisa.
Un grupo numeroso de mujeres vestidas de negro se manifiesta frente al Monumento a la Madre hay varias mantas que piden la legalización del aborto. ¡No aceptaremos ninguna forma de discriminación sexista!, dice una oradora.
Entre la multitud se encuentra un joven ejecutivo, bien vestido, lleva un portafolio en la mano. Ve fijamente a la oradora. Cuando termina de hablar y baja de la tarima el hombre se acerca. «Rápida y fulminantemente da un grupo sorpresivo y brutal con el portafolios en el vientre de la oradora. Ella se dobla de dolor».
El agresor desaparece abriéndose paso entre las mujeres.
HAS EL AMOR Y NO LA GUERRA
Cada vez que hago la Revolución me dan más ganas de hacer el amor, es el nombre de la última escena. Entre los automóviles estacionados dos jóvenes, Julián y Elisa huyen por los estacionamientos de la Unidad Tlatelolco. Corren a toda velocidad. Se escuchan disparos. Ambos se esconden debajo de un auto, se miran, se toman de la mano.
Logran huir cuando ya anochece. Siguen juntos. Entran a un hotel. Alquilan un cuarto. Dentro pasan momentos de tensión y de silencio. Afuera se siguen escuchando disparos. Tendidos en la cana se tocan, se acarician «como si quisieran reconocerse con las manos» y van quitándose la ropa. Se escucha «Woman» de John Lenon.
El guión termina cuando la pareja hace el amor, ambos llegan juntos al orgasmo, mientras «afuera, el estruendo de los disparos es muy intenso. Elisa y Julián se abrazan y se besan, adhiriéndose uno al otro».
La imagen se congela, pasan los créditos y la música termina con el fade out final.
08/CV/GG
