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Mis andanzas en Sundance

Por Marcela Toledo

El año pasado fue terrible. Este va a ser diferente.

Esa fue mi premisa al iniciar mi octavo año asistiendo al Festival de Cine de Sundance, celebrado en Park City, Utah, las dos últimas semanas de enero, y el más famoso en Estados Unidos.

Empecé a acudir al festival desde el 2013, a pocos meses de haber iniciado mi maestría en la Universidad Estatal de California, Los Ángeles, en el programa de Redacción para Guión de Televisión, Cine y Teatro, como parte de una clase. Éramos unos veinte estudiantes y ocupábamos un par de apartamentos subsidiados por la escuela, durante la segunda semana del festival.

Y es que esta pequeña y pintoresca ciudad nevada, muy parecida a los Alpes Suizos, es la segunda área urbana pequeña más rica del país. El actor Robert Redford compró tierras en 1969, y fundó Sundance. El productor de cine Jeffrey Katzenberg, quien tiene un valor neto de $900 millones de dólares,redujo el preciode su casa un 25 por ciento, ahora sólo cuesta $15.5 millones de dólares, y la de Michael Jordan $7.5.  Actores como Will Smith, entre otros, magnates de la Asociación Nacional de Basquetbol (NBA, por sus siglas en inglés) y algunos políticos poderosos aquí tienen sus ranchitos.

Durante la primer semana del festival, rentar un condominio de tres recámaras cuesta un promedio de $650 dólares por noche. En el DoubleTree de la cadena @Hilton, donde se ubica el Teatro Park Avenue de Sundance, poco más de $500, y en el Best Western, casi $300.

Durante los cuatro años del programa, y rayando en los cincuenta asistí como estudiante. El quinto año, como ex alumna, pagando lo mismo. Yo estaba feliz. Pero una profesora, a la que no le caía bien, me dijo que estaba “tomando ventaja de la escuela para viajar barato al festival”. ¿Sería cierto? La clase costaba lo mismo que si hubiera sido todo un cuatrimestre. Esta duraba dos semanas.   

Por eso decidí rentar mi propio condominio y sub rentar a otros asistentes al festival. Y es que, desde que tengo uso de memoria, siempre me han gustado las historias intensas. Cuando niña, y como pasaba al atardecer –-mi mamá nunca me dejó encender la tele antes de las cuatro de la tarde, veía Los Intocables –mi programa favorito—, El Avispón Verde, Bonanza, y La Hora Macabra, cuando me dejaban. Aunque a veces tuviera pesadillas.

Además, por ser la gorda del perro –la más pequeña de la familia— mi mamá me llevaba al cine de cuando en cuando. Eso sí, dejaba a mis hermanas ya con la charola y todos los ingredientes preparados para vender las quesadillas en el quicio de la puerta de nuestra casa, en Azcapotzalco. Compraba un pollo rostizado en El Pollo Feliz, unas teleras en la Panadería La Flor, y pagaba las entradas al Cine Mitla o Popotla con cupones que venían en el detergente Ariel. Y veíamos puras películas de Antonio Aguilar, su actor favorito.

Años más tarde, un amigo de la familia, y chambelán en mis XV años, me invitaba a la Cineteca Nacional. Nada qué ver con charros y caballos, corridos y canciones, zafarranchos y borracheras. Mi amigo siempre pagaba, y me educaba en cuestiones cinematográficas exquisitas: Buñuel, Fellini, Kubrick, Polansky, Scorsese, Chaplin, Hitchock … Deneuve, De Niro y Nicholson.

Yo vendía quesadillas por la tarde, y en la mañana iba al C.C.H. Naucalpan. Escogí ese plantel, bastante lejos de mi casa, para que mis compañeras de clase o de escuela no me gritaran “¡adiós quesadillera!” cuando me veían vendiendo o caminando por la calle.

Y soñaba mundos maravillosos mientras miraba el aceite burbujeante que doraba las quesadillas de queso, panza, chicharrón, sesos, picadillo, carne deshebrada, flor de calabaza y huitlacoche. Creaba en mi mente historias diferentes a mi realidad.

Por eso mi amor al cine. Un escape. Una evasión deliciosa. Un paliativo para lidiar con la insoportable vida de una adolescente pobre.  

Eran unos tiempos cuando ni siquiera sabía que existía una pequeña ciudad nevada, donde los directores y los personajes de las películas caminaban por las calles de un mundo hermoso y fantasioso como lo hacen el Ratón Miguelito, Mimí, el Pato Donald, Daisy y Tribilín en Disneylandia.

En esos tiempos no sabía cuánto me embebería y me poseería la fiebre anual del Festival de Cine de Sundance.

Así fue. Hasta que se me hizo…

20/MT/LGL

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