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El Metro es nuestro

Por Lucía Melgar Palacios
CIMACFoto: Hazel Zamora Mendieta

Para millones de personas el Metro de la Ciudad de México es indispensable en su vida cotidiana. Para otras es un transporte alternativo para recorrer grandes distancias y evitar el agobio de las calles atascadas y estridentes. Los turistas confían en él para conocer la ciudad. Algunas personas nunca lo han usado, lo ven como algo ajeno, un submundo extraño. Sin embargo, el Metro es de todos, un bien común que millones valoramos y todas debemos preservar y proteger.

El espacio público no puede vivirse como tierra de nadie, ni como un lugar que a nadie interesa. Es un espacio de convivencia en la diversidad, de manifestación y construcción de ciudadanía, un ámbito común cuya preservación depende de todas y todos nosotros.

En esta capital, sin embargo, cada vez es más evidente que para muchos la calle es un basurero, un ring de pelea, una selva donde cada quien puede hacer lo que quiera, y nadie se hace responsable.

Las mujeres sabemos bien que la indiferencia de las calles obscuras y la lejanía del transporte son más riesgosas para nosotras. Hay, por fortuna, también iniciativas individuales o comunitarias por mejorar ese espacio público, una conciencia de que la vida en comunidad  es mejor si las calles, parques y las vías y medios de tránsito son seguros, dignos y, ¿por qué no? hospitalarios.

Por valiosas que sean, estas iniciativas no bastan. La comunidad puede limpiar o reforestar parques y camellones, protestar por el pésimo servicio de los autobuses o la falta de agua, denunciar agravios y arbitrariedades, pero no puede hacerse cargo de los servicios públicos, la red de transporte en particular. Ésta es responsabilidad de las autoridades, que deben velar por los intereses y los bienes comunes, “servir a la ciudadanía” de cuyo trabajo (impuestos) dependen. 

Sin adelantarnos a los peritajes que determinarán las causas del terrible desplome en la estación Olivos de la Línea 12 hace ya una semana, quienes usamos el Metro sabemos que la dejadez, la negligencia de las autoridades capitalinas es un factor ineludible en el lamentable estado de todas las líneas, y probablemente decisiva en el colapso que ya costó la vida a 26 personas, dejó heridas a más de ochenta y ha duplicado o triplicado el tiempo de viaje de quienes viven en Tláhuac o más allá y trabajan en otro punto de la ciudad. Si ya en 2015, Claudia Altamirano nos hizo saber que la nuestra es la “ciudad más dolorosa para transportarse”,  en 2019, también enNexos”,  Gerardo Velarde deploró la “normalización del deterioro” del Metro y advirtió que “lo peor está por venir”.

“Lo peor” (hasta ahora) ya llegó. Y no cayó como rayo en cielo despejado sino tras un cúmulo de fallas, unas más graves que otras, como el incendio del centro de control en que murió Ma. Guadalupe Torres, policía bancaria, 31 personas se intoxicaron por el humo y, varios días, millones padecieron la suspensión de seis líneas, el vía crucis (y no es exageración) de transportarse por una ciudad con un sistema de metrobús insuficiente y una maraña caótica de autobuses donde, ni siquiera por la pandemia, se ha evitado el hacinamiento del pasaje, sometido a los caprichos de concesionarios y choferes. ¿Qué hicieron entonces las autoridades?  Un peritaje, conferencias de prensa, defensa de la directora del Metro, “control de daños”, que es lo que más les importa.

Apenas cuatro meses después, otro siniestro, trágico, derruye la confianza que, por necesidad o terquedad, intentamos mantener en la seguridad del Metro y, ¿aún?, en el sentido común (ni siquiera cívico) de las autoridades.  No sólo porque se trata de una catástrofe anunciada, que afecta muy hondo a una amplia población cuya calidad de vida había mejorado y debía mejorar mucho más; también porque en la carpa política se repiten las mismas malas actuaciones, los guiones huecos, el afán de eludir responsabilidades. 

Decir “yo sólo soy la directora del Metro” o culpar a administraciones previas cuando se han desoído las denuncias de trabajadores, ignorado nuestras quejas por el deterioro de instalaciones y vagones, aceptado la peligrosa saturación en Tacubaya o Pantitlán en horas pico, y seguir justificando la “austeridad” durante más de dos años, es muestra de un grave  desfasamiento entre este gobierno y la sociedad.

A las “autoridades” les preocupa su imagen y los votos que les permitan mantener el control político, no la vida o el bienestar (en el sentido real y concreto) de quienes habitamos la región más asfixiada del aire.

Lo importante para nosotras, nosotros, habitantes de esta ciudad,  es el dolor de las familias, la agudización de la precariedad, las dificultades para movilizarse y convivir en el transporte, en el  espacio público, la decadencia de una ciudad depredada por la avidez de poder o riqueza de algunos y, ahora, la imposición de caprichosas obras dañinas al medio ambiente (llámense “puente vehicular” en Xochimilco o rascacielos ecocidas), a costa de recortes a lo indispensable y necesario para vivir y vivir mejor.

En 1969, mi abuelo, muy orgulloso, me llevó a conocer el Metro recién inaugurado. Para él era un transporte magnífico en cualquier ciudad y la nuestra por fin tenía uno, moderno y hasta bello. Hoy, el Metro es imprescindible para millones. No es ya, me parece, motivo de orgullo, pero sí puede o debe ser motivo de movilización en su defensa. Reconstruir la Línea 12, revisar las demás, y no sólo mantener sino mejorar estaciones, vías, trenes y condiciones de servicio, para ofrecer un transporte seguro y digno, es lo menos que nos deben quienes son, a fin de cuentas, responsables de este bien común. 

21/LMP/LGL

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