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Aspiraciones y sueños colapsados

Por Lucía Melgar Palacios
CIMACFoto: César Martínez López

Sueños colapsados, terror ante la amenaza de una nueva esclavitud, temor por la vida, la integridad, el presente y el futuro. Esto expresan testimonios y comentarios de mujeres afganas publicados en la prensa internacional ante la llegada de los talibanes a Kabul, capital de un país que ha vivido 40 años de guerra, presa de las ambiciones geopolíticas de dos imperios, Rusia (antes URSS) y Estados Unidos, que tomaron este territorio para sus juegos bélicos. 

Ante esta catástrofe para las mujeres y niñas afganas, escritoras y periodistas españolas han lanzado un llamado a la consciencia y la solidaridad internacionales que, aun si parece utópico, es un llamado a la defensa de la dignidad de la vida humana, de las mujeres en particular.

No hace falta ser experta en política afgana para señalar la gravedad de la caída de Kabul tras 20 años de ocupación estadounidense. Los testimonios de periodistas desde los años 90, expusieron ante el mundo los extremos a los que llega el terror misógino: niñas vetadas de la escuela, mujeres marginadas del espacio público, sometidas a la autoridad de un varón hasta para salir a la calle, obligadas a tapar su cuerpo bajo la burka, castigadas si no cubren sus brazos o tobillos, apedreadas si son acusadas de adulterio.

El peso de este pasado infausto y los hechos que algunos medios han reportado acerca del comportamiento de los hombres barbados al tomar ciudades y pueblos en su avance hacia la capital restan credibilidad al discurso, pretendidamente moderado, de los ahora vencedores que prometen “garantizar los derechos de todos los afganos bajo la ley islámica”. Las leyes las interpretan los hombres y ya, bajo el argumento de la “verdad” del libro sagrado, la han interpretado contra aquéllas a quienes no consideran seres humanos con derechos sino propiedad de los hombres, fuente de tentación, entes cuya voz debe acallarse.

Así lo entienden mujeres como la periodista anónima que pide rezar por ella mientras huye en busca de un lugar seguro, bajo una burka, que hoy representa para muchas “un medio de salvar la vida” aunque también les signifique “esclavitud”. O como la estudiante de 24 años que en un desgarrador testimonio (The Guardian, 15 de agosto) expresa su desesperación por tener que abandonar la universidad, donde pronto se graduaría, para encerrarse en casa, “quemar todo lo que he logrado”, dejar de enseñar inglés a niñas, y olvidar gustos como pintarse las uñas, duramente castigados por los fanáticos en el poder. Con sólo 24 años, ha vivido 20 años bajo el régimen controlado por Estados Unidos, impuesto también por las armas pero que abrió a mujeres y niñas puertas hacia la igualdad. “Como mujer, me siento víctima de una guerra política que empezaron hombres”, escribe.

Y sí, en 2001 y 2003, tomando como pretexto los atentados del 9/11, otros hombres impulsaron lo que llamaron “guerra justa” contra Afganistán e Irak para “combatir el terrorismo”, y, según algunos, “liberar a las mujeres”, cuando las guerras no garantizan paz  ni cambios culturales duraderos.

Hoy, los sucesores de aquéllos dejan a millones de niñas y mujeres a merced del terror misógino que a ellos no les quitará el sueño porque los derechos de las mujeres (como otras falsas motivaciones) eran sólo un pretexto para seguir jugando a la guerra imperial y justificar gastos obscenos en armamento y negocios mercenarios.

Las niñas y mujeres afganas, que apenas empezaban a crecer en libertad, las valientes activistas y políticas que se han quedado para resistir, las que quieren pero no han podido huir, no merecen la indiferencia que hoy muestran Estados Unidos y otras potencias. El llamado de las escritoras españolas y mujeres de todo el mundo a la comunidad internacional a “abrir las puertas” a afganos y afganas, que implica exigir a los talibanes que mantengan abiertas las fronteras,  que en los vuelos de repatriación los países incluyan al mayor número de afganos y den preferencia a las mujeres en mayor riesgo, aunque no hayan trabajado para Occidente, es un primer gesto solidario, a la vez utópico e insuficiente, necesario (https://t.co/DkH5nCSO6o).

En un mundo donde la Comunidad Europea tolera el autoritarismo de Erdogan con tal de contener la migración, donde Estados Unidos usa a México como tapón y donde el derecho de asilo se desvanece, pedir más recursos para la ayuda internacional a refugiados, como lo ha hecho Ángela Merkel, o ampliar las cuotas de refugio para las mujeres y personas en mayor riesgo, como consideran algunos, es pragmático y coherente con la emergencia que acaba de estallar, no con la crisis humanitaria que ya existe y continuará por semanas o meses.

Las feministas del mundo tendremos que plantear exigencias más radicales, retomar la tradición del feminismo pacifista, seguir desmontando ideologías políticas y religiosas y trabajar más por una paz duradera y una igualdad real para todas, por el derecho a vivir sin violencia, el derecho a migrar y a encontrar un refugio digno ante el terror o la catástrofe. 

21/LMP/LGL

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