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Lo que el lenguaje incluyente no alcanza a decir

Por Argentina Casanova Mendoza
CIMACFoto: César Martínez López

Antes, quizá hace más de 20 años, cuando se empezó a “popularizar” el uso del todas y todos, lo mismo que el hablar de “lavadoras de dos patas” y más tarde “la señora de la casa”, las feministas hablábamos y de-construíamos trastocando el lenguaje, optamos por reflexionar y apropiárnoslo, inventar nuevos códigos y alterar el orden simbólico patriarcal de significados por uno diferente, ir más allá de una vocal.

Borradas del lenguaje bajo el masculino genérico, invisibilizadas detrás de la hegemonía patriarcal del lenguaje, el mismo del opresor que le sirvió y sirve como herramienta de control, las feministas descubrimos matices insospechados en el uso de la palabra víctima frente al verdugo, el zorro y la zorra, el hombre público y la mujer pública, hombre de mundo-mujer de mundo.

Fuimos más allá y discutimos largas horas y reuniones feministas para acordar que no podíamos hablar de la “mujer”, sino de las “mujeres”, nunca hablamos de añadidos porque la palabra mujeres nos la apropiamos con suficiencia plena, algunas elegimos hablar de “todas las personas”, y discutimos mucho sobre lo que había detrás del lenguaje y cómo este servía para oprimirnos e invisibilizarnos, para interiorizar la violencia del sometimiento.

Y decidimos hablar en femenino en palabras que nos parecían despojadas y que nos apropiábamos desde los movimientos feministas populares, ahí en la calle, no en las academias -aunque ahí también se discutía de manera muy interesante sobre el discurso del inconsciente femenino en las narrativas y las narrativas de violencia-

Fue en el movimiento de a pie en donde se “trastocaron” algunas palabras significativas.

Se empezó a hablar de la “cuerpa”, de florecer como la tierra, de ser semilla, escuchamos las voces de las hermanas de los pueblos indígenas que nos compartían palabras que nos revelaban un orden simbólico distinto al patriarcal, en el que las mujeres y las niñas eran visibles y existían.

Yo me enamoré de la palabra “acuerpar”, de la cuerpa, en femenino, nuestra cuerpa que acuerpa, renombramos nuestro útero y decidimos que era infame nombrar “trompas de Falopio”, cuestionamos los “ísmos” y las patologías feminizadas en torno a arquetipos femeninos como “Madame Bovary”, y cuestionamos los “síndromes de Alicia, de Ana Karenina, de Cenicienta, de Rapunzel, el complejo de Electra y hasta las tragedias de Pandora, Penélope y Casandra.

En la Academia analizamos los personajes femeninos y la dicotomía masculino-femenino, bueno-malo, ser motivo de “extravío” de los héroes en la mitología como Ariadna, Helena y los arquetipos de brujas-malas como en Doña Bárbara y Sycorax en la significativa novela obra de La tempestad, y la rivalidad de Blanca Nieves y su madrastra.

Y qué decir del postulado tan importante de reconocer que existe un orden simbólico patriarcal que rige el proceso lenguaje-pensamiento-realidad a manera de estructura que permea nuestro inconsciente hasta borrarnos a nosotras mismas y pocas veces atrevernos a nombrarnos y a reflexionar sobre lo que cada una de nosotras elige que nos define como mujeres, más allá de lo que se nos dijo desde el patriarcado.

No, no se nos ocurre a medianoche cambiar una palabra, la reflexionamos, la conversamos en espacios feministas, nos nombramos periféricas desde una concepción geográfica-histórica-identitaria como feministas, donde sabemos y reconocemos el poder de la palabra como principio del logos y construcción de la episteme.

La comprensión de la alteridad nos ha servido para entender porqué nunca fuimos la otredad para lo masculino que se erigió absoluto.

De las hermanas lesbianas aprendí que nombrarse lesbiana es políticamente necesario frente a la generalización patriarcal de nombrar “gay” para hablar del amor entre mujeres.

Nos costó saber que en las narrativas “la voz femenina que enuncia al otro reproduce el discurso masculino, el del patriarcado que le dice a ella cómo debe ser o como la ha visto, y lo que espera de ella.”

Y aquí recapitulo lo escrito en un texto de análisis literario (https://revistaliterariamonolito.com/ensayo-el-discurso-de-genero-en-la-novela-por-argentina-casanova/), que la conciencia del cuerpo (mujer) contribuye a la formación de lo femenino frente al otro masculino; la identificación de los discursos enunciados es fundamental para conocer precisamente la sociedad que retratan, así como las relaciones ideológicas, políticas y familiares en torno al cuerpo.

Reconocer que el “cuerpo de las mujeres” es también una “construcción cultural” que nos sirve para explorar la diferencia entre los cuerpos sexuados y los seres socialmente construidos, y que identificar los discursos y las construcciones mujeres-hombres, “nos permiten comprender cómo las mujeres conceptualizan nuestra situación en la sociedad y cómo nos relacionamos discursivamente para hablar con el otro.

Y sí, todo eso no cabe en “el lenguaje incluyente”.

21/ACM/LGL

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