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A mí no me debe nada

Por Cecilia Lavalle

Debió ver mi cara cuando me enteré que: “Padres demandan a su hijo por no darles un nieto”.
El juicio se lleva a cabo en la India. La nota dice que los padres (infiero que padre y madre) en sus sesenta años (de modo que seniles no están) demandan al hijo, piloto de profesión y con seis años de matrimonio, que hasta ahora no da señales de querer procrear.
La demanda señala que eso les causa “sufrimiento emocional”. Y “sufren” tanto que la demanda es por más de medio millón de dólares.
El abogado explica que “según la cultura india, el nieto es el último amigo del abuelo”, así que las hijas o los hijos tiene “la obligación” de procrear tan pronto contraigan matrimonio.
Cada vez que utilizan el argumento de “la cultura” para justificar algo (por lo general alguna barbaridad) a mí se me sube la bilirrubina. Primero porque pareciera que la cultura es algo inmutable que nos viene del espacio exterior o es dado por los dioses del olimpo. Y segundo, porque ha servido para justificar desde el matrimonio de niñas con señores hasta la ablación; desde la prohibición de votar para las mujeres hasta la burka.
Llamó mi atención también el monto de la demanda. Se trata de un cálculo de lo que se invirtió en la educación del hijo y en su boda. De modo que el hijo, por obra y arte de la cultura, se convierte en una especie de bien inmueble, en el que se invierte esperando obtener beneficios en cierto plazo.
Y el “sufrimiento emocional” se explica porque el abuelo (nada se dice de la abuela) espera al nieto como su “último amigo”.
¿El nieto será obligatoriamente amigo de su abuelo? ¿Y si es nieta? ¿Y si no le da la gana? Digo, porque dada la demanda, el abuelo muy amigable no se ve.
Será muy interesante ver cómo resuelve el juez. Confío en que tome en cuenta que la cultura es obra y arte de sociedades formadas por seres humanos y, por tanto, cambia, se transforma en el tiempo y en el espacio.
Confío también que el juez (¿habrá juezas?) considere que un hijo no es un negocio del que deban esperarse rendimientos, que el abuelo ya está grandecito para buscarse sus propios amigos o, en todo caso, buscar a un terapeuta que alivie su “sufrimiento emocional”.
Y si el juez falla en contra, yo le entro a la coperacha para que el hijo pague el monto que lo liberará de semejante carga.
Por lo pronto dejo por escrito, con ustedes como mis testigas y testigos, que mi hija no me debe nada (como nada me quedó a deber mi hijo).
Traerla al mundo fue una decisión de su padre y mía (de modo que ni la vida me debe). Cada minuto, cada centavo invertido en ella fue una decisión en pleno uso de nuestras facultades, y se utilizó con el único fin de brindarle las mejores alas posibles, para que volara tan alto y tan lejos como quisiera; para que fuera una persona responsable consigo misma, con los seres que ama y con su comunidad. En otras palabras, nos esforzamos para dotarla de herramientas a fin de fuera libre e independiente, y procure felicidad y paz.
Dicho esto, dejo escrito por aquí también, que no compartiré la noticia de la India con algunos amigos que “mueren por un nieto”, ¡y dan una lata! No vaya a ser…

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