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Madre colibrí

Por Gabriela Muñoz Meléndez

A inicios de febrero, los vientos de Santana soplaron su caliente aliento en la región, trayendo inusuales y altas temperaturas para invierno. Menciono esto porque nadie hubiera podido culpar a la colibrí que construyó un minúsculo nido en una rama del duraznero en mi jardín y se sentó a empollar, quizás, bajo la pretensión de una primavera adelantada. Sin embargo, a menos de cinco días del anidamiento, el usual clima invernal regresó con sus bajas temperaturas y fuertes lluvias.

Afuera, instalada en una delgada rama que se bamboleaba peligrosamente entre vientos y aguaceros, la colibrí enfrentó impasible los embates del clima. En contraste, desde la ventana yo observaba con una creciente preocupación; cuando la futura madre se alejó momentáneamente del nido, construí un muro improvisado en la jardinera bajo la endeble rama anidada para que mis felinos no pudieron alcanzarla, y también le instalé un bebedero.

Cerca de 15 días después, vi un pequeñísimo pico sobresalir de la boca del nido. La madre, con ausencias más prolongadas, regresaba a alimentar al polluelo o a cubrir al pequeño a la menor amenaza de lluvia, viento, frío o cuando la noche caía. Entre este ir y venir, un par de semanas después vi a un diminuto colibrí parado sobre el brocal del nido: fue maravilloso ver sus prácticas de vuelo con torpes movimientos, mismos que iniciaban con un intenso batir de (mini) alas para proceder a un piloteo medio chueco entre las ramitas del duraznero que, a este punto, estaba repleto de botones y algunas flores a medio abrir.

A mí la situación me parecía hermosa y divertida. En casa no todos opinaban igual, en especial mis gatos, a quienes no permití salir al jardín y mantuve encerrados hasta después de que una mañana sabatina madre y polluelo emprendieron el vuelo abandonando el nido.

La experiencia me ha invitado a reflexionar sobre la maternidad. Si bien en el caso del colibrí –como en el reino animal– la reproducción se rige por el principio de la autoperpetuación, que mediante el proceso reproductivo produce nueva descendencia a fin de preservar su material genético y perpetuar el ciclo de la vida, para una mujer la reproducción dista de ser la de una colibrí.

Desde hace tiempo se ha tratado de establecer las diferencias entre un ser humano y un animal, ¿hasta dónde se comparten rasgos? ¿En dónde se asientan las puntuales diferencias?, ¿en el lenguaje?, ¿en la abstracción?, ¿en el raciocinio?, ¿en la noción consciente del futuro? Empero entre semejanzas y diferencias, ¿cómo experimenta una mujer la reproducción?

En México, de acuerdo con la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (Enadid) 2014, la cúspide de fecundidad es temprana, con un punto máximo en las mujeres de 20  a 24 años. Sin embargo, la tasa de fecundidad está fuertemente marcada por características sociodemográficas; por ejemplo, en mujeres no incorporadas al mercado laboral, la tasa es de 2.76 hijos por mujer contra 1.76 hijos por mujer económicamente activa.

El nivel de escolaridad también guarda una relación con la tasa de fecundidad, para el trienio de 2011 a 2013, las mujeres sin instrucción escolar tuvieron la mayor tasa con 3.30 hijos por mujer, seguidas por las de primaria incompleta con 3.21 y completa con 2.99; mujeres con nivel medio superior y superior registraron la menor tasa de 1.79 hijos por mujer.

La tasa de fecundidad también guardó correspondencia con la ubicación aislada y dispersa: en lugares rurales, usualmente con escasos servicios públicos de salud y de educación –y probablemente con marginación–, la tasa fue de 2.81 hijos por mujer contra 2.04 hijos por mujer viviendo en ubicaciones urbanas. El efecto del lugar se acentúa en mujeres hablantes de lengua indígena, donde el indicador alcanzó 2.98 hijos por mujer en el periodo reportado.

Al leer las estadísticas antes citadas, me da el mismo vértigo que cuando a mediados de febrero veía a una diminuta ave empollando un nido pigmeo sobre una frágil rama, meciéndose violentamente ante los embates climáticos invernales.

La cúspide de la tasa nacional de fecundidad indica que muchos embarazos se dieron en mujeres adolescentes, de hecho, México sigue la tendencia regional: América Latina despliega altas tasas de fecundidad adolescente, casi el 17 por ciento de todos los nacimientos corresponden a mujeres que tienen menos de 20 años (15 a 19 años); estas cifras solo son superadas en el continente africano.

Sí, la maternidad adolescente es un problema público en México, y uno que según estudiosos del tema perpetúa la transmisión intergeneracional de la pobreza y acentúa los procesos de desigualdad y exclusión social. Pero ¿qué se está haciendo? ¿Qué hay de la Ley General de Población?, ¿y de los programas de salud sexual y reproductiva?, ¿de la planificación familiar? Bueno, esas iniciativas han sido eficaces para disminuir las históricamente altas tasas de fecundidad en el país, pero aún hay rezagos, en particular entre la población adolescente.

Y para atenderlos, parafraseando al Inegi (2017), se requiere de un análisis profundo que no solo extienda y adecue programas de salud sexual y reproductiva, además de proveer acceso universal a los servicios de salud, sino que eduque y concientice a la población adolescente a la par que se erradiquen las condiciones que propician embarazos no deseados, o bajo las cuales no hay alternativas fuera del embarazo.

Al momento que escribo esto son mediados de junio, el clima es templado y el sol brilla esplendoroso; el nido abandonado en el duraznero ya no se ve porque el árbol ahora está lleno de hojas verde obscuro brillante y está cargado de frutos aún verdes.

El bebedero para colibríes continúa instalado en el árbol, lo limpio y recargo semanalmente porque recibe múltiples visitantes. Hay uno en especial que, una vez posado sobre la base en forma de semianillo, a cada toma de néctar bate las alas vigorosamente, ¿será el pequeñuelo que nació en ese duraznero?

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