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La violencia que aterra

Por Argentina Casanova Mendoza
Argentina Casanova

En memoria de Ivonne, de Luz y de muchas otras en el anonimato.

Toda violencia que podamos vivir o a la que nos encontremos expuestas nos causa temor y preocupación, pero nos aterra aquella que vemos venir en contra de las mujeres causada por la misoginia feminicida que impera en este país, aliada de la indiferencia; esa impunidad social y del Estado que son cómplices y toleran agresiones en el espacio público y privado para causar daño, sufrimiento y dolor extremo contra los cuerpos de las mujeres, mediante la saña y violencia extrema que caracterizan los ataques para quemar los cuerpos con fuego o ácido.

Hace más de 27 años en Campeche, Campeche, ejercía como reportera incipiente en un diario local y un día de “guardia” llegó a la redacción el aviso de que una joven estudiante había sufrido un ataque en el transporte público. Llamé para conseguir información y me trasladé al hospital del IMSS de la ciudad para tratar de hablar con algún familiar. Al llegar me encontré a un hombre que se identificó como hermano de la víctima. En ese tiempo yo tendría 19 años y lo que supe de ese evento cambiaría mi vida para siempre.

Se trataba de una estudiante de 22 años (si la memoria no me falla) llamada Ivonne. Había empezado a estudiar Derecho con el apoyo de sus hermanos luego de ser madre a muy temprana edad. Ese día salió un poco tarde de sus clases, abordó el autobús que la llevaría de la Universidad Autónoma de Campeche a su domicilio sin saber que, en el camino, dos elementos de la Naval que habían estado bebiendo toda la tarde subirían al mismo autobús en el que ella viajaba. Los dos sujetos se quedaron sin gasolina y fueron con un “bidón” a comprar combustible.

El resto es una historia de horror. Los dos hombres tomaron la decisión de utilizar la gasolina para rociar a Ivonne con el combustible y prenderle fuego, el hecho fue tan rápido que el conductor de la unidad nada pudo hacer.

No sé si ambos sujetos ya están en libertad, no sé qué sucedió con el conductor. Lo que sí sé es que Ivonne, con quien me familiaricé en esos ocho días de seguir día a día su estado de salud, vivió un verdadero calvario, con quemaduras de tercer grado en el 95 por ciento de su cuerpo, hasta que falleció.

Nunca más mi vida sería igual, nunca más podría volver a mirar la violencia contra las mujeres de la misma forma. Me aboqué a trabajar el tema luego de darle mil vueltas acerca de qué pasaba por la cabeza de esos dos hombres que creyeron que podían cometer tal acto. Había muchísimas preguntas, pero ninguna respuesta, como tampoco la hay hasta el día de hoy.

Estas emociones las reviví con Luz Raquel. Supe de su situación por un WhatsApp en un grupo feminista en el que nos pedían firmas para exigir justicia; después de leer los detalles, firmé y convoqué a más firmas. Al día siguiente, muy temprano, recibí un mensaje —fue lo primero que leí en el día— de otra compañera feminista: comunicaba la indignación por la muerte de Luz como resultado de las quemaduras sufridas en el ataque.

Alguien decidió prenderle fuego rociándola de alcohol, en lo que se cree fue “una forma de castigarla por transgredir varios mandatos hacia las mujeres”. Y lo escribo así, entrecomillado, porque no es una justificación, sino una forma de conceptualizar lo que sucedió.

Mucha de la violencia contra las mujeres tiene origen en la misoginia feminicida que predomina en la sociedad y que se traduce en los ataques contra las mujeres; la indiferencia frente a la violencia; priorizar otros temas, otras agendas; responsabilizarlas de la violencia que viven y justificar que “ellas se lo buscaron”, “ellas no hicieron nada por evitarlo”, “ellas se quedaron ahí”, “ellas…”. Una larga lista de argumentos que esgrimen personas que, tan solo con hacerlo, nos dan muestra de esa sociedad misógina y violenta contra las mujeres que sigue justificando la violencia feminicida.

Lo mismo sucedió con el caso de María Elena, quien fue atacada con ácido. No faltó quien argumentara mil cosas. No entiendo, de verdad, no entiendo tanto desprecio por la vida y dignidad de las niñas y mujeres.

Pero este es el país donde me tocó vivir. Esto es lo que sé, conozco y leo todos los días, a pesar del horror cotidiano. Esto es de lo que elegí tener conciencia y sumarme a muchísimas mujeres que me antecedieron y con las que, hoy día, me acompaño en la labor de defensa de los derechos humanos de las niñas y mujeres, porque sin importar de qué ámbito se hable, siempre es lo mismo: desprecio por la vida y dignidad.

Nos quieren calladas, nos quieren borradas, nos quieren invisibles, nos quieren muertas, pero también nos quieren “sufriendo”: quieren que aprendamos con ese terrorismo sexista, con esa violencia patriarcal aleccionadora. Pero elegimos honrar la vida de Luz, de Ivonne, no olvidarlas y nombrarlas, y exigir que ninguna mujer tenga que vivir estos horrores. A las feministas no nos gusta la guerra ni el lenguaje de guerra, pero es claro que afrontamos una lucha por la supervivencia, para vivir en libertad y dignidad.

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