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Niñas de origen africano; de la esclavitud en la capital novohispana a la invisiblización de la actualidad

Por Berenice Chavarría Tenorio

Cuando tenía 10 años, Catalina -una niña de origen africano– fue vendida por 170 pesos de oro común en la capital novohispana del año 1576. Su padre, quien también era esclavo, la entregó a la casa de un hombre, misma de la que Catalina solía escapar para visitar a su papá. 

Como ella, decenas de niñas y niños formaron parte de trueques y ventas para realizar diversas labores domésticas y comerciales, pues entonces se consideraba que “las mulatas eran mejores para dichos servicios”, explicó la investigadora Cristina Masferrer León.

A las niñas y niños los hipotecaron, donaron, vendieron, compraron e incluso fueron entregados como parte de una dote matrimonial. 

Fotografía: Pexels

Durante la conferencia Niñas de origen africano en la capital novohispana, Masferrer León explicó que actualmente “se desconoce la importancia de las personas de origen africano en nuestro país”; sin embargo, han tenido contribuciones sociales, políticas y económicas

Por años, las personas de origen africano, en específico las niñas, fueron incorporadas a actividades económicas como: 

El servicio doméstico: barrer, lavar, limpiar, cocinar, cuidar a los hijos de los “amos”, comprar o llevar recados. 

Ámbito artesanal y comercial: fueron desde lavanderas, curanderas, parteras o costureras, auxiliares de panadería u otros oficios. Se integraron a corporaciones gremiales como hiladoras, tejedoras, confiteras, dulceras y cocineras, además participaron en la fabricación de tabaco, en los bordados y cortes de zapatos. 

En el ámbito comercial vendieron frutas, verduras, dulces y alimentos en general, por lo cual recibieron un salario a jornal (el cual en ocasiones era de un peso de oro común al mes). 

“Gracias a su trabajo podía movilizarse la economía”, destacó la investigadora y profesora. 

Para poder obtener su libertad, sus opciones eran: comprarla, reuniendo una cantidad de dinero para pagar por ella; si las o los propietarios cedían su autonomía por medio de testamentos. Sin embargo, algunas personas esclavizadas escaparon de manera individual o colectiva y fueron conocidas como cimarrones

“Las niñas y mujeres vivían opresión, fueran esclavas o libres”, sentenció Masferrer León. 

Fotografía: Museo de la Mujer

Niñas y mujeres afrodescendientes en la actualidad

De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México viven dos millones 576 mil 213 personas que se reconocen como afromexicanas y representan dos por ciento de la población total del país. De los cuales el 50 por ciento son mujeres y 50 por ciento hombres.

En 2020, poco más del 50 por ciento de la población afromexicana se concentra en seis entidades: 303 mil 923 viven en Guerrero, 296 mil 264 en el estado de México, 215 mil 435 en Veracruz, 194 mil 474 en Oaxaca, 186 mil 914 en Ciudad de México y 139 mil 676 en Jalisco.

Pese a que han pasado décadas, la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHCDMX) “las mujeres y las niñas afrodescendientes siguen enfrentando múltiples formas de discriminación por su género, identidad, tono de piel, origen étnico, circunstancias agravadas por su situación económica”. 

“Se ubican en esferas laborales menos pagadas y no valoradas como el trabajo doméstico, trabajo informal o de cuidados; dificultad para acceder a la educación y servicios de salud con calidad; e invisibilidad en los espacios de toma de decisión y en participación política. En el caso de niñas afrodescendientes la deserción escolar es más recurrente y presenta tasas más elevadas de mortalidad infantil”, expresó la CDHCDMX.

Ante este panorama la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) señaló que las estadísticas disponibles son insuficientes “para medir adecuadamente las desigualdades raciales en la mayoría de los países de América Latina y en todas las dimensiones del desarrollo social y de la agenda de derechos que debieran ser consideradas”.

Por ello, la prioridad será “impulsar diagnósticos e información que identifique además de perfiles sociodemográficos, los factores que generan la discriminación y las causas del rezago para diseñar políticas públicas nacionales y locales para abatir las brechas de desigualdad e incidir en la mejora de su calidad de vida”. 

Sólo de esta forma se podrá proteger y garantizar los derechos humanos de las niñas y mujeres afrodescendientes, eliminando todas las formas de discriminación desde una perspectiva de género.

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