Falta cada vez menos para que llegue el Mundial de 2026 y, con él, una emoción que muchas personas llevamos años esperando. No solo porque será el Mundial más grande de la historia, sino porque, por primera vez, se jugará en tres países: Canadá, Estados Unidos y México. Para cualquier aficionado, un Mundial es un sueño. El problema es que no todas las personas nos podemos permitir soñar igual.
El fútbol es, ante todo, un deporte de afición. Se vive mejor en la tribuna, rodeada de gente, entre gritos, nervios y abrazos con desconocidos. No nació para los palcos ni para quienes pueden pagar cualquier precio sin pensarlo dos veces. Nació para unir, para emocionar y para hacer comunidad. Por eso, para muchas personas, ir a un Mundial al menos una vez en la vida no es un lujo, es una ilusión compartida.
A mí, como mexicana, me emociona mucho la idea de vivir un Mundial en mi país. Nací en el 2000, así que no me tocó ninguno de los dos que se jugaron aquí antes. Solo conozco esa experiencia por lo que cuentan otras personas: las calles llenas, el ambiente, la emoción colectiva. Saber que en unos meses México, junto con Canadá y Estados Unidos, se va a convertir en una fiesta de fútbol suena a una aventura imperdible. Pero, al mismo tiempo, no dejo de preguntarme cuánto costará realmente vivir ese sueño.
Porque seamos honestas: ir a un Mundial no es barato, y todo indica que este será el más caro de la historia para la afición. Los precios de los boletos han subido de forma brutal. De acuerdo con reportes de BBC Mundo y El País, algunas entradas han aumentado entre un 100% y un 800 %, dependiendo del partido y la fase del torneo. Hoy, los boletos más baratos para la fase de grupos rondan los 110 dólares, mientras que el partido inaugural entre México y Sudáfrica alcanza cerca de mil dólares en su opción más económica. A esto se suman los sorteos en las primeras etapas de venta y los llamados precios dinámicos: más demanda, precios más altos. Con ese panorama, asistir siquiera a un solo partido del Mundial empieza a sentirse, para muchas personas, como algo casi imposible.
Ahora, pongamos esos precios en contexto. En México, el salario mínimo mensual es de $9,582.47 pesos. Y aunque el salario promedio de las mujeres ronda los $18,500 pesos al mes, la realidad es que seguimos ganando menos que los hombres. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024, las mujeres ganamos en promedio un 34.2 % menos que los hombres, incluso cuando tenemos el mismo nivel de estudios. Ahí es donde el sueño empieza a romperse. ¿Cómo pagar un boleto que puede costar lo mismo —o más— que todo lo que ganas en un mes?
Y el dinero no es lo único que pesa. Para muchas mujeres, disfrutar del fútbol no ha sido tan sencillo como para los hombres. Entre el trabajo, las tareas del hogar, el cuidado de hijas, hijos o familiares, el tiempo para el ocio suele ser lo primero que se sacrifica. No es casualidad que sigamos siendo menos en las gradas. En el Mundial de Catar 2022, solo el 42% de las personas asistentes fueron mujeres. Nos gusta el fútbol, pero no siempre tenemos las mismas condiciones para vivirlo.
En México, además, hay otra realidad que no se puede ignorar: la violencia de género. Muchas aficionadas no nos sentimos del todo cómodas yendo a los estadios. El acoso, los comentarios y las actitudes machistas siguen siendo parte del ambiente para muchas de nosotras. Y eso también tiene un costo, aunque no aparezca en el precio del boleto.
Con todo esto no quiero decir que para los hombres sea fácil ir al Mundial. No lo es. Pero sí creo que para las mujeres hay más cosas que pensar, más obstáculos que sortear. A eso me refiero cuando hablo del costo de los sueños. A mí me ilusiona muchísimo imaginar un Mundial en mi país; pensarlo me pone la piel de gallina. Pero cuando empiezo a hacer cuentas, a pensar en el dinero, el tiempo, las responsabilidades y el miedo, esa ilusión se siente más lejana.
Aun así, no pienso quedarme fuera. Y sé que muchas aficionadas piensan lo mismo. Este Mundial también puede ser una oportunidad para cambiar las cosas, para apropiarnos de espacios que también son nuestros. Tal vez no siempre dentro del estadio, pero sí en grupos de aficionadas, en espacios seguros, en los fan fest, en reuniones para ver los partidos juntas, incluso llevando a nuestras hijas e hijos. Estar ahí, de la forma que sea, también suma.
Si el Mundial de 2026 va a ser una fiesta, vale la pena preguntarnos quiénes están realmente invitadas. Porque cuando un boleto cuesta lo mismo que un mes de salario y el estadio sigue siendo un espacio hostil para muchas mujeres, el problema no es la pasión, es el sistema. El fútbol no necesita menos afición, necesita menos barreras. Y este Mundial puede ser el momento para empezar a derribarlas. Porque el fútbol no debería ser un lujo ni un espacio al que tengamos que entrar pidiendo permiso. También es nuestro: de las mujeres que cuidan, que trabajan, que llegan cansadas, pero igual se emocionan con un gol. De las que enseñan a sus hijas e hijos a amar estos colores. De las que, con miedo o sin él, siguen ocupando espacios que siempre les dijeron que no eran suyos. Tal vez el sueño sea caro, pero renunciar a él sería todavía más costoso.




