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La osadía de soñar

Por Cecilia Lavalle

Hoy damos muchas cosas por sentado. Sería inaceptable, por ejemplo, impedir que las mujeres estudiáramos, debido a la creencia de que hay una incapacidad intelectual por nacer mujeres. Tampoco se aceptaría que no pudiéramos divorciarnos. Y, sin embargo, una vez eso fue sólo un sueño en un México en guerra.

Hace 110 años, en plena Revolución Mexicana, un grupo de mujeres yucatecas se puso a pensar en voz alta, a discutir y a pronunciarse por temas que ni por asomo eran “propios” de las mujeres.

Hablaron de educación, y no sólo de educación a secas, sino de educación sexual. Hablaron de trabajo remunerado, y no por encima, sino de independencia económica. Hablaron del “yugo de las tradiciones” y, en el camino, del divorcio.

Era 1916 y fue un escándalo.

Se llamó Congreso Feminista. Y los temas a reflexionar no eran en absoluto “inocuos”. Hablaron de derechos de las mujeres y su marco de referencia fue la igualdad, un concepto del siglo XVII que, como oleaje, llegó a las costas de Yucatán.

La mayoría de las 600 congresistas reunidas del 13 al 16 de enero en el Teatro Peón Contreras, eran maestras, la profesión admitida socialmente para las mujeres que deseaban estudiar, y tenían en general tres grados de estudios. De hecho, uno de los temas a discutir fue el acceso a la educación primaria completa para las niñas.

Hablaron, además, de una educación laica y científica, cosa no menor porque la vida estaba altamente influenciada por la religión católica.

Y también discutieron acerca de educación sexual, asunto que, como puede imaginarse, incendió el debate. La responsable de encender la luz (o prender la llama) fue la feminista Hermila Galindo, una de las grandes sufragistas mexicanas, que en su discurso -enviado y leído en su nombre- habló de la necesidad de que las mujeres conocieran su cuerpo, y ya de paso dijo que mujeres y hombres teníamos el mismo “instinto sexual”.

El discurso levanto ámpulas, y es que, aunque ahí básicamente había mujeres liberales (digo, el congreso no se llamaba de costura y bordado), entre ellas había posturas más conservadoras, otras moderadas y otras que fueron calificadas como radicales.

Entre las posturas “radicales” se encontraba también la idea de que las mujeres podían votar y ejercer cargos en el gobierno.

Hoy eso y más lo damos por hecho. Pero en momentos donde la ultraderecha toma el poder aquí y allá, conviene recordar que alguna vez fue sólo un sueño.

Y conviene recordarlo por dos razones.

Primero para saber que ningún derecho de las mujeres está dado de una vez y para siempre. Baste mirar a las mujeres de Estados Unidos y su derecho al aborto. Y baste también saber que el Primer Congreso Feminista de América se llevó a cabo en Argentina, un país cuyo gobierno actual ha prohibido la perspectiva de género.

Y segundo para reconocer que cada derecho que hoy tenemos, alguna vez fue sólo un sueño, y que se requirió osadía para soñarlo, y luego rebeldía, voluntad, alianzas entre mujeres, organización, resistencia y perseverancia para conseguirlo.

Por añadidura me parece que hoy la lección más importante es que si una vez pudimos, lo podemos volver a hacer las veces que sea necesario. Sólo hay que empezar por la osadía de soñarlo.


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