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Mujeres agricultoras, al centro de la agenda global en 2026

Por Ximena Adalí Valdes Vargas

Ciudad de México. – La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) declaró el 2026 como el Año Internacional de la Agricultora para visibilizar y valorar el aporte de las mujeres en los sistemas agroalimentarios; sin embargo, pese a su papel en la nutrición y conservación de la biodiversidad, continúan enfrentado diferentes obstáculos en su labor.

De acuerdo con la FAO, referirse a las mujeres agricultoras abarca a aquellas que trabajan en los sistemas agroalimentarios: productoras, campesinas, agricultoras familiares y pequeñas agricultoras, trabajadoras estacionales, pescadoras, trabajadoras de la industria pesquera, apicultoras, pastoras, silvicultoras, elaboradoras, comerciantes, hasta poseedoras de conocimientos tradicionales, mujeres que se desempeñan en ciencias agrícolas, trabajadoras formales e informales y empresarias rurales.

La definición incluye a mujeres diversas, desde jóvenes y mayores, indígenas y de las comunidades locales, con discapacidad, refugiadas y desplazadas. Mujeres que laboran en el sector formal e informal, y que realizan otras tareas como el liderazgo, el trabajo de cuidados y las tareas domésticas al mismo tiempo que contribuyen a la seguridad alimentaria, la prosperidad económica y mejoran la nutrición.

El informe “La situación de las mujeres en los sistemas agroalimentarios: un enfoque regional para América Latina y el Caribe” señala que, los sistemas agroalimentarios son una importante fuente de empleo para las mujeres y a nivel mundial ellas conforman el 36% de la plantilla de trabajo. No obstante, la desigualdad de género y riesgos climáticos son factores que ponen en riesgo su labor y participación.

La FAO ha observado, entre los años 2000 y 2019, diferencias significativas en cifras globales respecto a la proporción de mujeres en la agricultura, según el informe «Genero y situación laboral en los sistemas agroalimentarios«. Factores como la falta de acceso a educación, infraestructuras y mercados, junto con la sobrecarga de trabajo no remunerado y la escasez de empleos rurales fuera del sector agrícola, restringen significativamente las posibilidades de las mujeres rurales de pertenecer a actividades no agrícolas.

Una primera barrera es la falta de acceso a activos, servicios y recursos. Las mujeres agrícolas se encuentran una situación de desventaja en cuanto a la propiedad de la tierra. La cantidad de derechos de propiedad de los hombres es el doble que el de las mujeres en más del 40% de los países y lo mismo ocurre con el acceso a la propiedad del ganado e insumos como semillas mejoradas.

Por otro lado, persisten normas sociales discriminatorias en los sistemas agropecuarios que ocasionan desequilibrios entre mujeres y hombres, limitando así las opciones para las agricultoras. Por ejemplo, limitaciones sobre su movilidad, la posibilidad de realizar trabajo no doméstico y actividades relacionadas con el mercado. Pese a este panorama, solo el 19% de las políticas agrícolas analizadas por la FAO reconocían la igualdad de género en la agricultura o los derechos de las mujeres y el 13% promovía su participación.

Las perturbaciones y las crisis tienen consecuencias importantes en los medios de vida de las mujeres. La pandemia de la COVID-19 y la crisis económica que generó, intensificó las desigualdades de género para ellas. A escala mundial, el 22% perdió sus empleos en el primer año de la emergencia sanitaria, en comparación al 2% de los hombres. En consecuencia, la brecha de la inseguridad alimentaria se amplió y la carga del trabajo de cuidados incrementó a la par de la violencia de género por el confinamiento en los hogares.

Crédito: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)

Asimismo, las consecuencias climáticas y desastres naturales limitan su trabajo. Cada día las temperaturas extremas reducen el valor total de los cultivos producidos por las agriculturas en un 3% a comparación con los hombres. Aun así, la carga de trabajo no disminuye cuando hay perturbaciones de origen climático como el estrés térmico, el cual es una respuesta del cuerpo a las condiciones de temperatura extrema que puede afectar la salud física y mental.

A esto se suma que, los sistemas agrícolas y alimentarios se enfrentan a múltiples retos: «Debemos alimentar a una población mundial creciente en un contexto de nuevas y persistentes crisis: económicas, energéticas, ambientales, alimentarias y sociales» advierte la FAO. Estos retos se insertan en medio de conflictos, catástrofes naturales, alza de precios, inseguridad de mercado, migración masiva y crisis sanitarias. Estas se profundizan dependiendo del cambio climático, el agotamiento de recursos naturales, la urbanización, los cambios en hábitos alimentarios y en los sistemas de vida.

Sin embargo, la FAO reconoce que, para lograr revertir esta situación, primero se deben abordar las desigualdades en el sector agrícola de muchos países. Por ello, el Año Internacional de la Agricultora 2026 busca encontrar formas de empoderar a las mujeres en los sistemas agroalimentarios y promover iniciativas internacionales.

«Aumentar el empoderamiento de las mujeres es esencial para su bienestar e influye positivamente en la producción agrícola, la seguridad alimentaria, la dieta y la nutrición infantil» -Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).


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