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8M: el termómetro de la igualdad pendiente

Por Lucía Lagunes Huerta

A tres días del 8 de marzo llegamos a una nueva conmemoración del Día Internacional de la Mujer en un contexto internacional y nacional complejo para la agenda de derechos de las mujeres y las niñas. Más que una fecha simbólica, el 8M funciona cada año como un termómetro político y social que permite medir avances, retrocesos y tensiones en distintas partes del mundo.

En el plano global, la guerra en Irán marca la víspera de esta conmemoración. El asesinato de 160 niñas iraníes por el impacto de un misil vuelve a recordarnos una verdad dolorosa: en los conflictos armados, las mujeres y las niñas enfrentan impactos desproporcionados. Más allá de las disputas geopolíticas, lo que se repite es un patrón histórico que parece no conmover lo suficiente a la comunidad internacional. No olvidemos tampoco a Palestina ni a Ucrania, conflictos recientes que siguen marcando nuestro tiempo.

Las guerras no solo producen víctimas directas, también generan desplazamientos masivos, precarización de la vida, ruptura de redes comunitarias, aumento de la violencia sexual y profundos retrocesos en los derechos de mujeres y niñas. En cada conflicto, la violencia se multiplica y la desigualdad se agrava.

En el ámbito nacional, México llega a este 8 de marzo con violencias persistentes. El asesinato de la madre buscadora Rubí Patricia Gómez Tagle nos recuerda que las mujeres que buscan a sus familiares desaparecidos siguen enfrentando graves riesgos. Las buscadoras realizan una tarea que el Estado mexicano no ha podido o no ha querido cumplir plenamente: buscar a las y los desaparecidos y tratar de acceder a la verdad para poder encontrar, al menos, un poco de calma en sus corazones.

Las periodistas también llegan a esta fecha con la violencia a cuestas. De acuerdo con datos de CIMAC, 2025 fue el año más violento para las mujeres periodistas, con 338 agresiones registradas. Paradójicamente, en el sexenio de la primera mujer presidenta del país, la organización ha documentado ya 416 agresiones contra comunicadoras. A ello se suman condiciones estructurales que siguen marcando su ejercicio profesional: precariedad laboral, hostigamiento y la doble o triple jornada que enfrentan muchas de ellas.

También llegamos sin un sistema nacional de cuidados universal, público y financiado que redistribuya el trabajo que sostiene la vida. Hoy, las mujeres continúan asumiendo la mayor carga doméstica y de atención a personas que lo necesitan, lo que limita su autonomía económica, política y personal. Sin un sistema de cuidados, la igualdad se queda en el terreno de la retórica.

Las desigualdades estructurales tampoco se han desvanecido. Las niñas mexicanas siguen siendo obligadas a convertirse en madres y esposas de hombres que podrían ser sus abuelos. Las mujeres indígenas continúan sobreviviendo a una discriminación histórica que se expresa en múltiples dimensiones de la vida social. Las campesinas representan apenas una cuarta parte de las personas con derechos agrarios vigentes. Y las jóvenes siguen librando batallas cotidianas contra la violencia y la desigualdad, incluso en los espacios digitales, que distan mucho de ser entornos seguros.

Es cierto que hoy vemos a más mujeres en el espacio público. La presencia femenina en cargos políticos y de decisión ha aumentado en los últimos años. Sin embargo, la representación por sí sola no ha resuelto los desafíos estructurales. México llega al 8 de marzo de 2026 con avances legales significativos, pero también con profundas brechas en su implementación.

En este contexto, incluso la paridad enfrenta señales de alerta. La discusión en torno a la reforma electoral ha encendido una luz amarilla: no basta con nombrar la paridad si no se resguarda su cumplimiento efectivo y la equidad en la contienda entre mujeres y hombres.

En medio de este escenario, la voz de las mujeres sigue abriendo caminos. El libro Un himno a la vida, de Gisèle Pelicot, que comienza a circular en estos días, traducido a 20 idiomas, recupera una frase poderosa: “la vergüenza debe cambiar de bando”. Su historia —la de una mujer que creyó construir una vida segura con un hombre que terminó siendo su agresor— es también la historia de millones de mujeres en el mundo que han sido obligadas a cargar con una culpa que no les pertenece. La responsabilidad debe recaer en los agresores y en el sistema que los protege.

Por eso, el 8 de marzo vuelve a encontrar a mujeres movilizadas en todo el mundo. Feministas de distintas generaciones, territorios y ámbitos se organizan para exigir a los Estados y a las sociedades un pacto básico: el reconocimiento de la equivalencia humana entre mujeres y hombres.

El derecho a la igualdad y a la no discriminación sigue siendo uno de los grandes anhelos de nuestro tiempo. Y a veces ocurre como con el horizonte: cuando parece que nos acercamos, vuelve a alejarse.

El 8M no es un punto de llegada. Es, más bien, un recordatorio permanente: los avances existen, pero requieren defensa constante; la representación importa, pero no sustituye las políticas públicas; y la igualdad, para ser real, necesita presupuesto, instituciones eficaces, voluntad política sostenida y una sociedad dispuesta a defenderla.

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