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Contra el militarismo

Por Lucía Melgar Palacios

La guerra mata, nos mata. La guerra destruye ciudades y campos. La guerra destroza, desangra. La guerra acelera la muerte del planeta. En este mundo plagado de conflictos y desigualdades, donde la sombra del dolor, la hambruna y la muerte violenta obscurecen desde hace años la vida cotidiana y el paisaje en países tan lastimados como Sudán o Ucrania, o en territorios transformados en ruinas sobre ruinas, como Gaza o, antes Kabul, la exaltada retórica militarista y las acciones bélicas del presidente de EU y sus cortesanos son alarmantes signos de peligro.

Para quienes ven el mundo como un tablero de Monopoly o se imaginan héroes de películas de acción, los bombardeos son luminosos espectáculos, la población civil es desechable, mero “daño colateral” o masa anónima a la que reiteradamente se ordena desalojar “zonas de conflicto” siempre cambiantes.

Quienes atestiguamos la obsesiva repetición de las imágenes de las torres gemelas el 9/11 y el subsecuente uso de este atentado terrorista para “justificar” la guerra en Afganistán en 2001 y la invasión de Irak en 2003, sabemos que las repercusiones de los hechos pueden magnificarse o minimizarse en función de intereses existentes o creados.  

A partir del 9/11, el gobierno de Bush manipuló al público y construyó una “coalición del Bien” contra el “Eje del Mal”, en una especie de cruzada que fomentó la islamofobia y el racismo en Estados Unidos. También se inauguró – o amplió- la era de la vigilancia, tan normalizada 25 años después que muchos aceptan someterse a identificación facial o a revisiones arbitrarias en nombre de la “seguridad”.  

Los políticos y billonarios que hoy impulsan la deriva autoritaria en EU no se conforman con transgredir las leyes o destruir las instituciones de ese país, aspiran a imponer “la dominación americana” en nuestro continente y el imperio de la fuerza en el mundo. No importa si esto supone minar el derecho internacional, abandonar todo compromiso entre naciones, negar evidencia científica y sembrar mentiras por doquier.  Alguno ve un refugio en Marte, otros se sueñan en la guerra de las galaxias.

La justificación a posteriori de la guerra contra Irán como ataque “preventivo” (preemptive strike), contra una supuesta amenaza nuclear, esgrimida por los autócratas de Israel y EU, se asemeja al (falso) argumento bushista de que Irak tenía “armas de destrucción masiva” y había que eliminarlas.

A esta dudosa “explicación” han seguido paternalistas llamados a la insurrección contra el régimen de los ayatolas, sin considerar el desgaste de la sociedad civil tras la represión de enero (ante la cual el presidente de EU ni se inmutó) y exigencias de “rendición incondicional” del gobierno iraní, que expertos en política consideran irreales.

Algunos medios han aludido también a la importancia de “liberar a las mujeres iranís”, en una repetición del supuesto deseo de “liberar a las mujeres iraquíes” en 2003, sin mencionar desde luego la ola misógina que mina los derechos de las mujeres en EU, ni la desaparición de USAID, que dejó a la deriva a cientos de miles de niñas, niños y mujeres en países pobres y también azotados por conflictos armados.

El carácter criminal y misógino de la teocracia que desangra Irán desde hace décadas y que hoy ataca sin mesura a sus vecinos, es indiscutible. El encarcelamiento recurrente de Narges Mohammadi (premio Nobel de la Paz 2023), las atroces torturas infligidas a prisioneros, las condenas a muerte y las ejecuciones de miles de personas son prueba patente de la crueldad de un régimen fanático y totalitario. No obstante, usar la “defensa de las mujeres” para justificar, así sea tangencialmente, otra guerra ilegal, es un contrasentido.

A lo largo de la historia, las mujeres han sido víctimas paradigmáticas en los conflictos armados. Han sido tratadas como botín de guerra, como esclavas laborales o sexuales; se les ha torturado con saña; ven morir a sus seres queridos por hambre, enfermedades, balas o mutilaciones…  Son a menudo las encargadas de alimentar y cuidar a su familia y se esfuerzan por preservar y reconstruir sus comunidades.  Al resistir, sobre-vivir, reparar, las mujeres y la población civil, diezmadas, heridas, desplazadas por los conflictos armados, afirman la vida contra la pulsión de muerte que rige el militarismo. 

Contra la demagogia belicista y la carrera suicida del rearme nuclear, es fundamental mostrar y nombrar el dolor. Contra el obsceno dispendio en armamento, recordemos que millones de personas mueren por falta de comida, agua, medicamentos, que millones viven en precarios campos de refugiados, que el mundo está al borde del colapso ambiental.

Este planeta es nuestra casa común, la única que tenemos.     


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