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Petra, indígena de la Montaña, falleció por negligencia médica

Por Tlachinollan

El pasado 3 de abril de 2026 murió la joven nahua Petra Herrera Luna de 25 años a las 7:37 de la mañana por negligencia médica, después de una cirugía para restaurar el tránsito intestinal en el Hospital Juárez de México en la Ciudad de México. Fue el día más triste para sus padres, Manuela y Camilo. A seis días no asimilan el vacío que dejó Petra.

El 1 de noviembre del 2000 Petra llegó al mundo con el nuevo milenio en la comunidad Ahuatepec Pueblo, municipio de Tlapa, en la Montaña de Guerrero. Su vida estuvo marcada por la pobreza y su discapacidad que le impedía comunicarse. Su mamá Manuela aún recuerda los dolores de parto y cuando se tuvo que trasladar con su esposo Camilo de inmediato a la casa de la partera, su tía. Las horas se sentían una eternidad, pero por fin nació Petra.

Dos semanas después regresaron a su casa de adobe y lámina de cartón rojo, donde Petra creció con dificultades para caminar y no podía hablar. Su mamá quería que estudiara y se animó a inscribirla al preescolar, pero “cuando el director vio a mi hija le negó la entrada porque había otros niños que podían empujarla o se podía caer. No me puedo comprometer, dijo”.

No tuvo oportunidad de ir a una escuela especial por falta de dinero. En la Montaña no hay escuelas especiales. En los últimos años está el Teletón en Tlapa, pero no es efectivo para las familias indígenas que viven al día con un plato de frijol o sólo tacos de sal. Por eso Petra nunca salió de su comunidad. Doña Manuela no dejaba que su hija fuera a la siembra de maíz o que realizara actividades pesadas. Siempre la cuidó como una joya.

A los 12 años en ocasiones se quedaba con su abuela paterna. “Algunas personas me decían que moliera para las tortillas, pero no la dejaba. Lo único en que me ayudaba era barriendo la casa, lavaba los trastes y acarreaba agua con una cubeta de 12 litros cuando tenía 15 y 18 años”. Siempre se quedaba con alguno de sus hermanos y hermanas cuando sus papás salían a realizar sus actividades. Wiliam era el más cercano, ahora que se enfermó estuvo ocho meses con ella.

El 20 de agosto de 2025 Manuela y Camilo habían ido a sus trabajos al campo, pero Wiliam les llamó por teléfono porque Petra se sentía mal. Cuando llegaron se percataron de que tenía un leve dolor, pero comió bien. Petra se acostó a las 7 de la noche. A las 12 de la noche empezó a vomitar. Su mamá pensó que se había empachado, con su dedo señalaba donde le dolía. No se imaginaron que sería algo complicado, así que fueron a traer un agua mineral y un alka-seltzer. “Pasó un rato y la toqué. Estaba caliente. Le dije: te duelen tus huesitos. Me dijo que no, solo cerca de la cintura. Le dimos un paracetamol para que le calmara los dolores y con eso pudo dormir un rato”, contó su mamá.

El 21 de agosto alrededor de las 2 de la tarde le dieron suero. Creció la preocupación cuando se levantó para ir al baño porque caminaba doblada por el dolor. En ese rato doña Manuela la llevó a la clínica de la comunidad, pero el doctor le dijo que las fichas son en la mañana y que era tarde para atanderla. Además iba a una reunión y entregar unos papeles. Con la esperanza entre los dientes Petra con un sonido y con sus dedos apuntaba a la clínica porque quería curarse y dejar el insoportable dolor.

Sin esperar más doña Manuela pidió prestados con su tía mil 500 pesos para llevar a Petra al Hospital del IMSS Bienestar de Tlapa. Wiliam se preparó para acompañar a su hermanita. Al nosocomio llegaron a las 7 de la tarde. El trato de los doctores no fue el mejor. Realizaron los papeleos engorrosos, pero una enfermera los mandó que le hicieran un ultrasonido en una clínica privada porque en el Hospital ya no había servicio.

“Eran las 8 de la noche cuando andábamos en el centro de Tlapa. La llevamos a una clínica y nos dijeron que se trataba de su apéndice. Era urgente una operación que costaba 25 mil pesos”. Sin suficiente dinero tuvieron que regresar al Hospital para que le hicieran la cirugía. “Nos mandaron a realizar otros estudios como a las 9 de la noche. Le sacaron sangre, nos dijeron que en 30 minutos nos iban a entregar los resultados. Mi niña estaba en la silla de ruedas, sentadita con el intenso dolor. Por fin pudimos entrar a urgencias, donde estuvimos toda la noche hasta el viernes en la mañana que llegaron para hacerle un ultrasonido. El médico me dice tu niña tiene apendicitis y le vamos a hacer una cirugía, pero sería al final porque hay más personas esperando”.

La espera fue larga y dolorosa para Petra porque hasta las 8 de la noche la empezaron a preparar para operarla. El sábado a las 12 de la noche salió del quirófano. Su familia la vio cuando la llevaron a un cuarto. “Le pregunté ¿te duele? Yo pensaba que por la cirugía. Me contestó que sí, y le dije que se le iba a pasar. A las 2 de la tarde me dijeron que la bañara. Ahí me di cuenta que en la herida le salía mucha baba y no me explicaba por qué si a mi tía le quitaron el apéndice y no pasó así. ¿Por qué mi niña sí? En ese rato le dije a la enfermera, pero me contestó que no me preocupara porque era normal, que sólo era un líquido”, comentó con mucha preocupación doña Manuela.

Las enfermeras lavaron su herida y cambiaron las vendas. Más tarde dieron la indicación que Petra caminara. Al levantarla doña Manuela se percató que la bata estaba muy mojada a pesar de que recién le habían cambiado las vendas. Nuevamente le avisaron a la enfermera, pero sólo volvió a limpiar y cambiarle la venda.

El domingo la indicación fue que otra vez caminara. “Como nació sorda no puede hablar, no me puede decir si le duele. Yo levantaba a mi niña y ella hacía esfuerzo. Yo veía que iba dejando un camino de esa baba, pero me decían que era pus. Yo me preguntaba por qué se infectó luego si apenas va un día. El doctor me dijo lo mismo, que era pus y que le iba a poner una inyección para que no se infectara”. Le quitaron los puntos para que drenara. Sólo Petra podía sentir el dolor.

La indicación del doctor es que a las 12 de la noche tenía que caminar, pero la supuesta pus seguía saliendo. Tenía diarrea y aunque quería comer todo lo vomitaba sin parar. El lunes en la mañana doña Manuela levantó a su hija. Una doctora pasaba por el pasillo y le preguntó si su hija estaba bien. Al ver la gravedad le preguntó si estaba de acuerdo que le volvieran a realizar la cirugía para lavar y quitar la pus. Manuela con la desesperación le dijo a la doctora que hiciera todo lo posible para que su hija dejara de sufrir.

A las 10 de la mañana la llevaron a urgencias para que “la cirujana la abriera y viera si era pus, pero cuando abrió se dio cuenta que era popó. Rápido me mandó a traer. Ahí me dijeron que estaba entre la vida y la muerte. Empecé a llorar. Lo que más me duele es que traje bien a mi niña. Me arrepiento mucho de haberla traído al Hospital, pensé que sabían lo que hacen, que había especialistas para que le quitaran el apéndice. Culpo al doctor que la operó la primera vez”, reclamó Manuela.

En la segunda cirugía Petra se sentía mejor, pero después siguió delicada su salud. En solo cinco días los gastos fueron muchos. El ultrasonido costó mil pesos y los medicamentos de la operación fueron arriba de 2 mil 520 pesos. En el Hospital no tenían ni paracetamol. La familia compró los materiales para la cirugía. Una prima les prestó 4 mil pesos y una tía de Petra puso 3 mil pesos más. Los siguientes prestamos fueron de 10, 15 y 20 mil pesos.

Durante ocho meses Petra estuvo en cama con los dolores en su comunidad de Ahuatepec Pueblo. Le perforaron el intestino grueso en la cirugía. Después de una nota en El Universal sobre las complicaciones de su salud el director del Hospital fue a verla. Era importante otra operación para la interconexión del intestino, pero en Tlapa los doctores no quisieron y tampoco apoyaron a la familia con los gastos. Finalmente se pudo trasladar a Petra a la Ciudad de México. En el Hospital Juárez México llegaron en la mañana y los atendieron hasta las 3 de la tarde. Estuvieron 8 días.

Tuvieron que lavarle sus intestinos para poder operarla. Doña Manuela que padece diabetes se desmayó por la preocupación. El jueves 2 de abril de 2026 se le realizó la última cirugía a Petra en el Hospital Juárez de México. Sin embargo, a las 7:37 de la mañana del 3 de abril falleció por un paro cardiaco. Los doctores le explicaron a la familia que posiblemente fue porque estaba preocupada o tenía miedo. “Yo pienso que quizá cuando le lavaron con jabón el intestino o por el líquido que le pusieron. Un doctor me dijo que ahí estaban los mejores especialistas y las más caras medicinas, y que no sabían qué le había pasado a mi niña. Se desangró”, con lágrimas dijo Manuela.

En el acta de defunción que expidió el Hospital Juárez de México señala que la causa de muerte fue choque hipovolémico, acidosis metabólica y coagulación intravascular diseminada. “Traje a mi niña viva, ahora voy a regresar a mi pueblo con un ataúd. Sufrió mucho mi niña”. Doña Manuela pidió apoyo para trasladar a su hija a su comunidad, pero solo le dijeron que tenía que sacarla. No la ayudaron. Fue la “fundación de la Guadalupana” quien ayudó a la familia.

El sábado 4 de abril llegó el cuerpo a la comunidad de Ahuatepec Pueblo. Los familiares y vecinos se solidarizaron. Más de 30 personas hicieron la tumba. Otras más llevaron maíz, frijol, refresco para ayudar en los gastos a Manuela y Camilo. El dolor se extendió al pueblo en general. A pesar de que la presidenta Claudia Sheinbaum anuncie con bombos y platillos los avances en el sistema de salud, en la Montaña se sigue padeciendo como si fuera un México desconocido, y siempre discriminados por ser indígenas.

Las palabras de doña Manuela resumen el drama de los pobres e indígenas en la Montaña: “A mi hija le hicieron lo que quisieron porque no se podía comunicar. Los doctores ahorita están contentos porque tienen sus familias, pero yo perdí a mi hija porque no la operaron bien. Si la hubieran operado bien ahorita estaría viva mi niña. El castigo para los doctores es lo mínimo que pueden hacer porque ya nunca voy a poder abrazar a mi niña”.

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