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Autonomía corporal para la igualdad

Por Cirenia Celestino Ortega

El cuerpo y la sexualidad de las mujeres ha permanecido entre la incomprensión, los estereotipos, la ignorancia y los tabúes. Y aunque hoy se anuncien avances científicos que podrían parecer revolucionarios, la realidad es que seguimos lejos de garantizar un entendimiento pleno —y mucho menos un ejercicio efectivo— de los derechos sexuales y reproductivos.

La reciente creación del primer mapa 3D del clítoris, liderada por la investigadora Ju Young Lee del Centro Médico Universitario de Ámsterdam, es un hito científico. Por primera vez, se logró visualizar la red completa de nervios de este órgano utilizando escaneos de alta energía. Sin embargo, habría que preguntarnos por qué tardamos tanto en llegar aquí. La respuesta es incómoda: el cuerpo de las mujeres ha sido históricamente relegado en la investigación científica.

La investigación se generó a partir de dos pelvis donadas, es decir, sin ninguna mujer torturada como lo hicieron los científicos por años. Todo esto, es muestra del rezago en la investigación entre la anatomía de los hombres y de las mujeres.

Durante décadas, el desconocimiento no solo alimentó mitos, sino que también legitimó violencias extremas como la mutilación genital femenina, que hoy sigue afectando a cuatro millones de niñas en el mundo, con consecuencias devastadoras para su salud. Este rezago científico no es casual, sino reflejo de una estructura que ha priorizado el estudio del cuerpo masculino como norma universal.

El problema no se limita al ámbito médico. El desconocimiento y los prejuicios sobre las mujeres atraviesan todos los espacios, incluso aquellos que simbolizan el progreso humano, como la exploración espacial.

La participación de la astronauta Christina Koch, una ingeniera eléctrica y física estadounidense abordo de la nave Orión de la misión Artemis II, se ha convertido en la primera mujer en la historia de la humanidad en un viaje de 10 día a la luna.

Koch es la mujer que más tiempo ha pasado en la Estación Espacial Internacional (328 días) y participó en la primera caminata espacial solo de mujeres en 2019, ha estado en el espacio exterior más que cualquier mujer (42 horas y 15 minutos). Su presencia rompe con la narrativa que durante años excluyó a las mujeres de la ciencia. Sin embargo, según la ONU, las mujeres solo ocupan el 28% de los puestos de trabajo en campos como la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés).

Lo más revelador no es solo la desigualdad, sino la forma en que se construye el discurso alrededor de ellas. En el pasado, los logros de astronautas mujeres eran opacados por comentarios sexistas: preguntas sobre maquillaje, peinados o incluso la cantidad de tampones que llevarían al espacio. La historia está llena de ejemplos que evidencian este trato desigual, desde las burlas a Svetlana Savitskaya, cosmonauta rusa; hasta las preguntas absurdas dirigidas a Sally Ride, astronauta estadounidense o Elena Serova, astronauta rusa.

La llegada de Kosh no solo trastoca las normas sociales y estereotipos que alejaban a las mujeres de las ciencias sino que sienta un precedente importante en la representación de las mujeres. Esta vez no vimos titulares sobre “el viaje a la luna se retrasó porque las mujeres no tenían listos sus trajes espaciales” en una clara muestra de sexismo e ignorancia.

Cuando Sally Ride, la primera astronauta estadounidense, se preparaba para viajar al espacio, solo cuatro de los cuatro mil técnicos del Centro Espacial Johnson eran mujeres, así que para un viaje de solo seis días se le preguntó si 100 tampones serían suficientes.

Y mientras en algunos ámbitos se logran avances simbólicos, en otros la realidad es alarmante. En contextos de crisis humanitaria, como Gaza, la salud menstrual se convierte en una emergencia silenciosa. Millones de mujeres carecen de acceso a productos básicos de higiene, lo que no solo afecta su salud, la falta de condiciones adecuadas incrementa el riesgo de infecciones, violencia y exclusión.

La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) y la Agencia de la ONU para la salud sexual y reproductiva (UNFPA) calculan que en Gaza se necesitan 10,4 millones de compresas al mes para 700 mil mujeres y niñas que menstrúan en medio de la guerra.

Según la ONU, una higiene menstrual deficiente en situaciones de emergencia aumenta el riesgo de “infecciones y complicaciones ginecológicas” a largo plazo. También podría “aumentar la exposición a la violencia de género, el acoso y la explotación”.

Debido a la grave escasez, las mujeres y las adolescentes utilizan ropa vieja, telas rotas o esponjas en lugar de compresas. “Sin agua limpia, no pueden lavar ni reutilizar los materiales de forma segura, lo que aumenta el riesgo de infección”. Algunas mujeres se saltan comidas o reducen la ingesta de líquidos para evitar utilizar aseos insalubres.

Como en todo el mundo las niñas viven la menstruación con vergüenza, pánico y aislamiento.

Aunque el estudio sobre el clítoris es un gran avance, en el mundo se imponen ideas y condiciones que amenazan con el retroceso de los derechos de las mujeres.

A nivel global, además, se están gestando retrocesos preocupantes. Políticas que restringen el acceso al aborto, reducciones en la financiación internacional para la salud reproductiva y medidas que buscan imponer la maternidad como destino inevitable, evidencian que los derechos conquistados no están garantizados.

Por ejemplo, en Rusia, para atender la disminución de la población, el Ministerio ha recomendado que los médicos que envíen a las mujeres que no quieren hijos «a una consulta psicológica, con el objetivo de fomentar una actitud positiva hacia la maternidad» y ha endurecido la legislación sobre el aborto.

A ello se suman las tendencias globales de reducción de financiación a la salud y los derechos sexuales y reproductivos. La suspensión de los programas de anticoncepción en el mundo, atención integral del aborto y salud reproductiva ha dejado a unas 130 mil mujeres sin acceso a servicios anticonceptivos cada día, lo que se traduce en 47,6 millones de mujeres al año.

Se prevé que esta brecha dé lugar a 17,1 millones de embarazos no deseados y 34 mil muertes maternas evitables. Las más afectadas, como siempre, son aquellas que viven en contextos de mayor vulnerabilidad.

Frente a este panorama, resulta evidente que los avances científicos, por sí solos, no son suficientes. Mapear el clítoris en 3D es importante, pero no transformará la realidad si no va acompañado de educación, políticas públicas y un cambio cultural profundo.

La autonomía corporal no es un lujo ni una concesión: es un derecho fundamental. Sin ella, no hay libertad, ni igualdad, ni posibilidad de una vida plena.

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