Inicio AgendaEl acompañamiento psicosocial de la niñez no acompañada en contextos de movilidad

En el marco del Día de la Niña y el Niño, es urgente mirar hacia una de las realidades más complejas y dolorosas de nuestra región: la niñez y la adolescencia en contextos de movilidad, particularmente quienes viajan sin compañía.

Datos de UNICEF señalan que casi 48.8 millones de niñas, niños y adolescentes han sido desplazados por la violencia, los conflictos o los desastres. Dentro de este panorama, la niñez no acompañada (aquella que migra sin la compañía de una persona adulta responsable) han mostrado un incremento sostenido en los últimos años; por ejemplo, el ACNUR reportó que al menos 138 mil 600 niñas, niños y adolescentes viajaban solos a nivel mundial, aunque esta cifra se considera subestimada debido al subregistro en múltiples rutas migratorias.

Dentro de este panorama, el incremento de la niñez no acompañada es alarmante. Tan solo en América Latina y el Caribe, una de cada cuatro personas en contextos de movilidad es niña, niño o adolescente. Las rutas de alto riesgo, como la selva del Darién o la frontera entre México y Estados Unidos, son transitadas por cientos de miles de infancias que huyen de la violencia estructural, la desintegración familiar o que buscan reunificarse con sus seres queridos. En este trayecto, quedan expuestas a la trata de personas, la explotación y a profundas afectaciones en su salud mental y emocional.

Los contextos de violencia extrema a los que se enfrenta la niñez no acompañada generan profundas necesidades de atención psicosocial. Sin embargo, desde una mirada adultocéntrica, las manifestaciones de este impacto suelen ser mal interpretadas como «rebeldía», «desviación» o simples «etapas» del desarrollo. Olvidamos que provienen de entornos que han fracturado su integridad; sistemas complejos que les han negado el derecho al libre desarrollo, donde el estudio, la recreación y el juego han sido anulados.

Poner la mirada en la niñez no acompañada implica cuestionar cómo las instituciones sociales responden a su orfandad o separación familiar. El reto no es solo crear albergues, sino propiciar redes de apoyo reales y espacios seguros donde se garantice, ante todo, el Interés Superior de la Niñez.

El principal indicador para conocer el bienestar psicosocial de la niñez es el juego. Cuando un sistema le da la espalda a las infancias, los síntomas aparecen pronto: falta de integración, exclusión escolar, consumo temprano de sustancias o el sobrediagnóstico de trastornos del desarrollo. Esta dinámica es perversa, pues termina responsabilizando a las niñas, niños y adolescentes de los estragos que la violencia estructural ha ocasionado en sus vidas.

Detrás de cada niña, niño o adolescente migrante hay necesidades, voces e identidades particulares. Por ello, la labor humanitaria debe ir de la mano de una intervención psicosocial que abra espacios de diálogo y cuidado. Debemos alejarnos del adultocentrismo para potenciar su voz y permitirles expresar sus propios gustos y necesidades, garantizando siempre su consentimiento informado y validando sus emociones para no caer en la revictimización institucional.

Es fundamental hacer un énfasis específico en las niñas y las adolescentes no acompañadas. En muchas ocasiones, los sistemas de atención, e incluso ciertos espacios académicos, invisibilizan las necesidades particulares de las mujeres y niñas en movilidad. Además de enfrentar una cultura misógina, padecen una violencia institucional latente que ignora la falta de insumos básicos (tanto materiales como emocionales) y la ausencia de redes de apoyo seguras acordes a sus corporalidades e identidades.

El espacio de atención psicosocial debe ser un refugio; un lugar donde puedan recibir un abrazo acogedor en medio de la tempestad.

En el IMUMI, nuestro trabajo con la niñez y la adolescencia migrante se fundamenta en el afecto. Entendemos que un espacio de escucha activa y de cuidado es el primer paso para marcar la diferencia frente a la violencia y lograr que recuperen el protagonismo en sus procesos emocionales y jurídicos.

Una intervención con perspectiva de cuidado implica crear espacios dignos, evitar «encriptar» la información legal y hacerles partícipes de su propio proceso. Todo esto bajo un marco de cero tolerancia a la violencia y la explotación, buscando siempre su autodeterminación.

Mientras cientos de niñas, niños y adolescentes tejen rutas de subsistencia en un presente precario, sus ilusiones suelen ser instrumentalizadas por intereses adultos.

En este Día de la Niña y el Niño, recordemos que es urgente construir espacios genuinos de acompañamiento donde el centro no sean nuestras expectativas adultas, sino la protección incondicional de sus derechos, sus voces y sus sueños.

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