¿Quién se siente una madre modelo? No veo ninguna mano levantada. ¿Quién se ha sentido culpable siendo madre? Veo innumerables manos (incluida la mía). ¿Por qué?
Comencemos por describir el modelo. El “tradicional” tiene las siguientes características:
Entrega total, lo que significa poner las necesidades de la familia, en especial de hijas e hijos por delante y por encima de las nuestras; es decir, se exige el sacrificio personal y se nos recuerda que es por amor. Si eso no te hace feliz… eres una mala madre.
Paciencia infinita, atenta escucha, observación perspicaz, intuición afiladísima para adivinar cualquier cosa que pudiera salir mal. Y si algo sale mal… eres una mala madre.
Responsable única o principalísima de la salud física, afectiva, emocional de nuestras crías y, de paso, de la tranquilidad y armonía en el hogar. Si eso no se cumple… en efecto, eres una mala madre.
¿Cansancio? Sí, pero sin quejarse. Ni siquiera con el pensamiento o… eres una mala madre.
Los tiempos han cambiado mucho, me dirán. Es cierto. Pero, por qué entonces las madres jóvenes también se sienten culpables. Revisemos el modelo “moderno”.
Presencia emocional; es decir, escuchar, observar, interesarse por lo que hace y vive nuestra hija o hijo (se nombra así, en singular). Crear un ambiente donde sientan seguridad física y emocional. Tener paciencia y flexibilidad. Enseñar responsabilidad y respeto. Fomentar su autonomía. Ser un ejemplo personal.
Las palabras suenan modernas, pero bien mirado el modelo no. Lo novedoso es que ahora se habla de que las mamás, además, deben cuidar de sí mismas, de su salud física y emocional (lo que a menudo se traduce en estar delgadas y con cuerpos moldeados por el gimnasio); y de no renunciar a sus sueños sino más bien encontrar equilibrios.
Y veo a una legión de madres jóvenes multiplicarse, dividirse y restarse con trabajos precarios, en la informalidad, o patinando en la formalidad sin acceso a guarderías, con horarios incompatibles con las escuelas; y, en fin, haciendo malabares con “el equilibrio” de ser mamá, trabajar fuera de casa (a menudo para sostener a la familia) y su salud física y emocional.
El modelo no ha cambiado, aumentaron las exigencias.
Preguntémonos: ¿Por qué hay tan pocos padres que se sienten culpables? Y pienso en los que están presentes, porque los que abandonan evidentemente no sienten culpa alguna. ¿Por qué en su mayoría son mujeres las que ocupan los trabajos informales y precarios? ¿Por qué los horarios laborales y escolares no coinciden?
¿Por qué son, en su mayoría, mujeres sin pareja ni hijas o hijos son las que avanzan en la escala profesional? ¿Por qué se observa un declive profesional en las mujeres en función del estado civil y el número de hijas o hijos? ¿Por qué en los hombres no importa el número de hijas/hijos para avanzar en la escala profesional?
El problema no somos nosotras. Es una estructura política, económica, social que a costa nuestra propaga ese modelo como ideal.
Este 10 de mayo pensemos en lo que necesitamos para cambiar las reglas del juego. Y, mientras tanto, celebremos ser una “mala madre”. Eso, al menos, nos resta culpa y nos recuerda que somos madres en un sistema profundamente injusto con nosotras.
