Sin duda es una afirmación temeraria. Que alguien se atreva a decir que no le gusta el futbol provoca varias reacciones, casi nunca gratas; pero en este mes, además, puede provocar sentimientos de fuera de lugar o de expulsión.
Algunas personas me miran como si proviniera de otro planeta. Otras me otorgan cierta conmiseración, como si padeciera alguna extraña enfermedad terminal y mereciera más pena que nada.
Pero me disgustan más los señalamientos sexistas, esos que suponen que porque soy mujer no me gusta el futbol.
A muchas mujeres les gusta el futbol, del mismo modo en que hay muchos hombres a los que no les gusta.
Que a los hombres les gusta el futbol y a las mujeres la cocina es una de las muchas mentiras que nos han dicho a lo largo de siglos.
En fin, a mí no me gusta el futbol como tampoco me gusta la ópera o el ballet, bordar o tejer, el tenis o el ajedrez.
Y ni vengo de otro planeta, ni me picó ninguna mosca extraña, ni vivo infeliz y desapasionada, ni me siento perdida si los hombres a mi alrededor deciden dedicarle su tiempo y atención a partidos de futbol o a cualquier otra cosa que les guste.
Simplemente ni yo ni miles de mujeres y hombres le encontramos mayor gracia al futbol.
Como sea, mucho me temo que en el siguiente mes me sentiré a menudo fuera de lugar, cuando no, francamente expulsada; porque sólo hay algo peor que decir que no me gusta el futbol: expresar una opinión desfavorable o cierto escepticismo respecto a los probables (y pobres) resultados que pienso que entregará la selección nacional.
Ni le cuento cómo me vieron mis hermanos cuando expresé que estuvo muy mal el triunfo en el partido inaugural México-Sudáfrica, porque, dije, me parecía una absoluta descortesía ganarles siendo un país anfitrión.
Presiento que será un largo mes.
