Inicio AgendaLos regalos

Los regalos

Por Cecilia Lavalle

La vida siempre ofrece regalos, sólo hay que tener la disposición para desenvolverlos. Esta frase la escuché en algún lado, pero hasta poco cobro todo el sentido. Estuve en Buenavista, cuya laguna forma parte de la Laguna de Bacalar. Ahí desenvolví varios regalos. Le cuento.

Vi un amanecer. En realidad, dos. Y una salida de la luna. De hecho, creo que vi salir la luna por primera vez en mi vida.

Oí el silencio previo al amanecer. Es un silencio lleno de solemnidad y de promesas. Y también oí el preciso anuncio de un nuevo día: el coro a distintas voces en diferentes tonos de una multitud de aves que no veía.

Vi los tonos rosa-rojo asomarse en el horizonte como serafines que presiden el cortejo del rey. Anunciaban, como con trompetas, que el sol se acercaba. Y, al mismo tiempo, vi a la luna distante, impasible, como una reina, cediendo el terreno al sol; y luego la vi retirarse, sin aspavientos, con la serenidad de una vieja sabia.

Vi al sol reflejarse en la laguna con el esplendor de un joven adolescente. Líneas rectas, precisas, sin esfuerzo. Y una noche vi también los reflejos de una luna en plena madurez; de esas que te dicen que el viaje pudo haber sido rudo -a veces- pero que ha valido cada pena.

Vi la imagen de la serenidad: el agua con apenas movimiento, uno rítmico, pausado, casi sin querer, como quien camina de puntitas para no romper el hechizo.

Vi la imagen de la paz, esa que se siente cuando todo se mueve, pero acompasadamente, como una sonata de tonos dulces. Apenas oleaje. Apenas. Sólo el suficiente para generar arrullo del que susurra “todo está bien”.

Vi viejos mangles en pie que, por sus raíces curvas, parecían extrañas arañas con sombreros verdes. Vi también mangles plantando varas rectas, largas, como quien estrena con toda dignidad su primer bastón. Y vi mangles jóvenes formando islotes en una franca declaración de independencia.

Vi piedras que en realidad son estromatolitos. Y vi arena que en realidad es lodo.

Vi una familia de patos deslizándose como si bailaran una coreografía largamente ensayada. Vi una araña que se creía hormiga; un escarabajo verde con un toque anaranjado digno de la pasarela de Milán; y un grillo verde enorme, como el Pepe Grillo, de Pinocho.

Y todo eso lo vi rodeada de entrañables amistades en “Quinta Mangle”, como hemos llamado al pedazo de paraíso que a lo largo de los años han construido Carmen y Benjamín, y que generosamente comparten con quienes tenemos el privilegio de su amistad.

Me fui extasiada. Llena de imágenes. Algunas me quitaron el aliento, no por desconocidas, sino por perfectas. Me fui con el alma compuesta y el corazón en paz. Y me fui con una sensación de plenitud que fue nueva para mí.

Una tarde que miraba a solas y en silencio la magnificencia que me regalaba ese pedazo de la Laguna de Bacalar, sentí tal gratitud, que pensé: si me muriera en este instante, sólo tendría gratitud en mi corazón.

Estar ahí fue un regalo lleno de regalos. Y me llevo todo, pero en especial la sensación de serenidad, paz y plenitud. Esas las guardo para cuando las necesite en el trecho de mi vida que quede.

También en Cimacnoticias

Este Web utiliza cookies propias y de terceros para ofrecerle una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios el usuario acepta el uso que hacemos de las cookies. Sin embargo, el usuario tiene la opción de impedir la generación de cookies y la eliminación de las mismas mediante la selección de la correspondiente opción en su Navegador. En caso de bloquear el uso de cookies en su navegador es posible que algunos servicios o funcionalidades de la página Web no estén disponibles. Acepto Leer más