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Ablación femenina, entre la tradición y la modernidad

Por Vivian Collazo Montano

Algunos defienden la ablación genital como una práctica tradicional que contribuye a resaltar la belleza, la honra, el estatus social y castidad de la mujer, mientras otros aseguran que es una agresión a la integridad física y psicológica de las mujeres. Lo cierto es que cada año unos tres millones de niñas entre cuatro y 12 años son sometidas a la mutilación genital entendida como un mandato de la religión musulmana. .

Se calcula que entre 100 y 140 millones de mujeres han padecido alguna forma de mutilación genital; la gran mayoría vive en el Africa Subsahariana, pero la práctica es conocida también en partes del Medio Oriente y Asia, reporta Prensa Latina.

No obstante, en los últimos años, el número de casos se ha incrementado en países europeos, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Estados Unidos como resultado de la migración desde países donde la mutilación genital es una tradición cultural.

La mutilación genital femenina (MGF) incluye una variedad de procedimientos, pero en 80 por ciento de los casos consiste en la escisión del clítoris y los labios menores; su forma extrema, la infibulación, que constituye aproximadamente el 15 por ciento del total de prácticas de mutilación, implica la extirpación de casi todos los genitales externos.

Una comadrona o una anciana con experiencia se encarga de operar a la muchacha en condiciones higiénicas deplorables, sin anestesia, con instrumentos quirúrgicos rudimentarios y deficientes; después se cose la herida con fibras vegetales hasta que queda prácticamente cerrada, dejando únicamente una abertura para la sangre y la orina.

Dado el carácter privado de la práctica es imposible calcular cuántas son las víctimas mortales, pero se sabe que muchas mujeres mueren desangradas o a causa de una infección en las semanas posteriores al hecho. Las que sobreviven sufren en adelante dolorosas menstruaciones, enfermedades inflamatorias pélvicas, formación de abscesos y quistes, infecciones urinarias y una pérdida casi total de sensibilidad.

Asimismo, algunas mujeres pueden quedar infértiles; una consecuencia devastadora para quienes creen que su valor se define, en gran medida, en términos de su capacidad para engendrar hijos.

En la noche de bodas, las mujeres recuerdan el sufrimiento pasado cuando una compañera las prepara para la penetración, ampliando la abertura que dejó la cirugía.

Sin embargo, esta práctica está muy lejos de ser erradicada, pese al rechazo de las afectadas y la presión ejercida por diversos organismos para ponerle. Esto se debe a la resistencia de una buena parte de la sociedad, que la considera un camino imprescindible hacia la purificación, y a esto muchas veces se agrega la callada complicidad de las autoridades, que no quieren perder respaldo en sectores populares afectos a esas tradiciones.

Expertos del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) aseguran que la mutilación genital podría ser eliminada con medidas adecuadas por parte de los gobiernos, los líderes locales y las agencias no gubernamentales. Sin embargo, prevalece la idea de que la mejor alternativa para combatir este ritual es la educación dirigida a los jóvenes; un camino más seguro, pero muy lento.

05/VC/YT

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