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Acta de nacimiento

Por Cecilia Lavalle*
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 “El feminismo es la noción radical de que las mujeres son personas”, escribió Rebeca West, seudónimo de la escritora y periodista inglesa Cecily Isabel Fairfield (1892-1983). 
 
Rebeca West sabía bien de qué hablaba. El feminismo, desde que nació a fines del siglo XVIII, pretende la igualdad en el ejercicio de los derechos. Y ella, como sufragista inglesa, al igual que las sufragistas de medio mundo, se preguntaba: por qué a las humanas se nos excluía de derechos que los humanos sí tenían, como el derecho a la educación universitaria, a votar, entre otros.
 
La respuesta o, mejor dicho, la reacción a la exigencia de derechos de las mujeres, llegó con Arthur Schopenhauer como punta de lanza.
 
El influyentísimo filósofo alemán del siglo XIX, no tuvo empacho alguno en decir que, en realidad, humanas no éramos. Que estábamos en una especie de escalón intermedio entre el niño y el verdadero ser humano que era, ¡por supuesto!, el hombre.
Charles Darwin lo secundó. Dijo que la intuición, la percepción y quizás la imitación, más propias de las mujeres (según él), en realidad eran facultades propias de razas inferiores.
 
Total, en opinión de este par, las mujeres éramos casi primates, así que exigir derechos era un absurdo, porque eso le correspondía a los humanos, es decir, a los hombres. Fin de la discusión.
 
Como puede deducirse de la frase de Rebeca West, las feministas de esa época no sólo no aceptaron semejantes argumentos, sino que fuerte y claro dijeron con sus acciones “que fin de la discusión ni que nada”.
 
Y su trabajo consiguió que, un 10 de diciembre de 1948, las mujeres tuviéramos por primera vez un documento que legalmente nos reconociera como humanas.
 
Resulta que terminada la Segunda Guerra Mundial, representantes de diversos países decidieron unirse en lo que llamaron Organización de las Naciones Unidas, y firmar un pacto de reglas mínimas que permitieran la convivencia sin aniquilarse unos a otros. Nació así la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
 
Pero originalmente, el documento se iba a llamar Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Y un grupo de sufragistas se puso a trabajar intensamente para evitarlo. A la cabeza estaba Eleanor Roosevelt, quien usó todo el capital político que le quedaba como viuda del presidente norteamericano para impulsar el cambio.
 
Eleanor Roosevelt y Hansa Mehta (India), participaron directamente en la redacción del documento. A ellas se sumaron en el cabildeo y negociación: Virginia Gildersleeves (E.U.), Minerva Bernardino (República Dominicana), Bertha Lutz (Brasil), Wu Yi Tang (China) y Amalia Castillo Ledón (México). Durante al menos tres meses, negociaron, cabildearon, convencieron, presionaron.
 
A ellas les debemos que el documento no nos excluyera. Porque eso de que cuando se dijera “hombre” nos debíamos dar por incluidas, ya había dado lugar a muchas exclusiones. Y también les debemos que en el documento quedara asentado que no se debía discriminar por sexo.
 
A este puñado de mujeres les debemos nuestra acta de nacimiento como humanas. Gracias a ellas hemos podido trabajar después por el reconocimiento legal a otros derechos de los que nos excluyeron sólo por nacer mujeres.
 
Por eso ahora que se conmemora el 66 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hay que expresar nuestra más cálida gratitud: ¡Gracias!, con todo el corazón.
 
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com
 
*Periodista y feminista en Quintana Roo, México, integrante de la Red Internacional de periodistas con visión de género.

14/CLU/LGL

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