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Carta para Navidad a un niño mexicano

Por la Redacción

Samuel:

Comprendo que yo no soy capaz de cambiar a ninguna persona, nunca he creído en la omnipotencia del ser humano. Creo tan solo que con mis acciones y un poco de amor, participo de la energía de otros para ser parte de los cambios y transformaciones de la naturaleza misma, y cuando ya no me queda mucha ilusión, cuando miro a mi alrededor y entiendo que no podemos ayudar a aquellos que no desean crecer y aprender algo nuevo, cuando pasa por mi mente la idea aterradora de que tal vez ésta debe de ser una lucha individual y estoy a punto de decepcionarme de la naturaleza ambiciosa del ser humano, de la superficialidad, del egoísmo, de cómo somos capaces de cerrar los ojos ante el dolor ajeno…entonces vienen a mis recuerdos tus ojos negros, grandotes, llenos de luz y de armonía; te veo y admiro cómo, a pesar de la fiebre y de tus ganglios inflamados, en tu naturaleza infantil y ajena de todo prejuicio encuentras una razón para sonreír.

Te dejas abrazar y amar, me regalas una carcajada que suena a primavera y a cascada de agua fresca, a emoción recién nacida, de ésas que estrujan el corazón. Me enseñas que la gente adulta está tan ocupada cargando los fardos de los problemas cotidianos, la mayoría inventados, que absortos en la absurda carrera contra el tiempo olvidamos la esencia… lo que tú sabes, lo que tu eres a tus seis meses de vida. Tienes el conocimiento auténtico de la simplicidad de la vida, desconoces los sentimientos de culpa, egoísmo, mentira y rencor que las y los adultos perpetramos. Eres y representas la esencia de lo que buscamos algunas: el amor incondicional que se da sin pedir nada a cambio, que sonríe y brilla, que sabe recibir la ternura, que entiende de la otredad al alegrarse con la simple cercanía de otra persona, aún cuando sea desconocida, sin juzgar o sopesar las consecuencias de recibir su cariño nuevo, eres aquél que desconoce el pasado y el futuro.

Vives hoy, y por tu sangre corre un virus del que no tienes conciencia, éste se ha convertido en una parte de ti, él es quien te debilita y como respuesta tu cuerpo tiene altas fiebres e inflamaciones ganglionares.

Eventualmente –nadie sabe cuando–, te llevará a volver a la naturaleza que recién te creó. Me pregunto si el dolor te fortalece, si profundiza en tu alma infantil, si acaso, como no has aprendido a juzgar y a sufrir racionalmente, este amor a manos llenas que te dan tu madre y tu padre y ese amor que inspiras en todas nosotras, son capaces de devolverte la salud.

Me pregunto si cuando al abrazarte y pedirle a Dios que no te haga sufrir Él o Ella les escucha. Se por experiencia propia que el amor es capaz de sanar el cuerpo y el alma… y al mirar tus ojos profundos y dulces, pienso y deseo de corazón que todo este amor te proteja, te nutra, te fortalezca, te sane y, si no te salva, al menos te reintegre a la naturaleza con dulzura, sin miedo.

Y sólo por eso recapacito, retomo con emoción la pluma. Sonrío ante la perspectiva de que todas las personas que trabajamos escribiendo sobre o estando cercanas a la gente que vive con VIH/Sida encontremos, a pesar del dolor, de la impotencia, ese instante en que una caricia o una sonrisa sean capaces de provocar una carcajada o un sentimiento profundo de paz interior. En cualquiera de los que sufren, de las mujeres portadoras, de los hombres enfermos, de las y los jóvenes moribundos. Si al menos nuestra presencia y nuestro amor desinteresado reflejan por un segundo la verdadera existencia de la o el Dios y su presencia en nuestro interior, aunque sea una sola vez… entonces no desistiremos.

A cambio de una sonrisa llena de amor espiritual, que refleja que todas, todos, somos uno mismo en el universo, entonces y gracias a ti, seguiremos un año más escribiendo los doce meses del 2002 sobre la importancia que tiene el hecho de que el gobierno mexicano facilite el acceso a los cocteles antirretrovirales que impiden el contagio del VIH/Sida en el útero materno; para que se elaboren campañas que concienticen a hombres y mujeres sobre la equidad y el derecho de ellas para decidir sobre sus propios cuerpos, y a exigir el uso de preservativos sin miedo alguno. Para que se incluya en los presupuestos de salud pública microbicidas a bajos costos, para que las mujeres puedan evitar el contagio.

Qué Navidad tendrían las miles de mujeres portadoras del virus que en este momento, en su segundo mes de embarazo, pasan las noches angustiadas sin saber que hay maneras de lograr que su bebé nazca sano o sana y fuerte. Qué año tendrías, Samuel, si pudieras sobrevivir sin dolor. Qué año tendría este país si cada ser humano fuese importante, si cada nota periodística tuviese del otro lado a una persona capaz de creer que sí podemos cambiar al mundo.

       
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información producida por cimac, comunicación e información de la mujer
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