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Concurso para microempresarias andinas

Por Redaccion

Huevos, vino, artesanía, las mujeres andinas de las zonas rurales no se quedan sin ideas para luchar contra la pobreza. Un concurso para microempresarias campesinas premia las iniciativas de desarrollo más distributivas y solidarias, informó Canal Solidario.

Mujeres contra la Pobreza es un concurso que desde hace 15 años celebra en los países andinos el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA). La entidad elige las mejores experiencias de microempresas rurales encabezadas por mujeres campesinas y las ayuda con financiamiento y apoyo técnico.

La novedad de esta edición es que esta experiencia va a trascender fronteras. Así las ganadoras nacionales de todos los países de la región andina (Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela) competirán el próximo 30 de noviembre en Bolivia.

El objetivo del FIDA consiste en combatir el hambre y la pobreza rurales en los países en desarrollo a través de la mejora de la producción alimentaria de los grupos de bajos ingresos y abocados a la exclusión como las mujeres de la zona rural.

Pero el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola también obtiene importantes beneficios con este concurso.

“Uno de los propósitos profesionales es poder aprender el máximo posible de las personas que realmente saben de qué se trata la lucha contra la pobreza, que son justamente las que la sufren”, explica Roberto Haudry de Soucy, gerente de operaciones del FIDA para la región andina.

Otro de los objetivos de este concurso es reconocer el valor de las microempresas exitosas de mujeres campesinas, tanto económicamente, como a nivel comunitario y de políticas. Así, en los últimos 15 años miles de mujeres se han visto beneficiadas por este concurso, según explican desde el FIDA.

“El mecanismo básico que tenemos en la región andina para asignar recursos son este tipo de concursos, ya sean de ideas o de resultados. Por ejemplo, tan sólo en el Perú hemos transferido a través de este mecanismo más de 45 millones de dólares desde los años noventa, de los cuales por lo menos la mitad se han destinado a organizaciones de mujeres”, explica de Soucy.

Las experiencias que optan al premio se dividen en dos categorías: la artesanal y la agropecuaria. Algunas de las experiencias premiadas en los últimos años tienen que ver con las transformaciones de productos lácteos, productos camélidos, la producción de vino artesanal, la confección de trajes típicos o la producción y comercialización de semillas y plantas medicinales.

“En estos quince años hemos conocido y colaborado en la puesta en marcha de proyectos humildes, sencillos y simplones como puede ser una huevería, pero también hemos contribuido al desarrollo de propuestas muy sofisticadas. Todas son válidas y de todas aprendemos.

“De hecho, nos hemos dado cuenta de que el jurado, compuesto mayoritariamente por mujeres campesinas o microempresarias, no suele premiar las iniciativas más luminosas ni las más mediáticas, ni siquiera los proyectos con una mayor productividad económica. Las propuestas premiadas suelen ser las que más trabajo han costado, las más redistributivas y las más solidarias”, dice el gerente de operaciones del FIDA para la región andina.

RECONOCIMIENTO PERSONAL Y SOCIAL

Tal y como explican las organizaciones que participan, el concurso supone, además, un respaldo magnífico para las mujeres tanto ante sus comunidades, sus propios hogares y ante las autoridades de los gobierno locales.

“Para las mujeres rurales este concurso supone la posibilidad de incentivar los emprendimientos en los mejores esfuerzos en la lucha contra la pobreza, el acceso al mercado, el uso de tecnologías de la comunicación y, además, nos permite generar compromisos entre todos los involucrados para el desarrollo de alianzas en áreas comerciales, explican.

Una de las experiencias premiadas ha sido la de Amalia Calamani, que en el altiplano de Bolivia recibió el galardón por su trabajo en Alpaquita Andina, una organización campesina que produce charque y productos derivados de la lana de alpaca.

Su principal centro de comercialización se encuentra en La Paz, pero es en Quispe, en pleno altiplano boliviano donde las trabajadoras mezclan técnicas ancestrales y modernas en la elaboración de sus productos.

“Antes lo que hacíamos era sólo para nosotras y nuestras familias, ahora nuestros productos son una fuente complementaria de los ingresos familiares y un medio de acceso a recursos de producción y consumo para un grupo de mujeres rurales y pobres como nosotras”, dijo Amalia Calamani.

07/ML/CV

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