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Cuba y las mujeres en la era de Raúl

Por Soledad Jarquín Edgar/enviada

“Sonia”, camarera del hotel El Nacional, no hace caso al discurso de George W. Bush que puede ver y escuchar a través del canal de CNN, la mañana del 21 de mayo cuando se reúne con exiliados cubanos en la Casa Blanca para conmemorar el Día de Solidaridad con el pueblo cubano.

Entra a la habitación, revisa el servi-bar colocado justamente debajo del televisor, no se inmuta pese a que Bush habla sobre Cuba, para anunciar que permitirá que se envíen celulares a la isla, dice el mandatario de Estados Unidos de Norteamérica y quien ha recrudecido el bloqueo económico contra este país.

Más tarde, mientras dobla las toallas, sostiene que aunque el bloqueo económico de los estadounidenses “los aprieta”, en las tiendas siempre habrá lo que se termina en la casa. “Tenemos lo suficiente, vivimos con lo necesario, no falta nada”, insiste la joven cubana.

En las calles de La Habana, cientos de turistas detienen con sus cámaras fotográficas digitales el espectro de una ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad, donde los modelos de colores estridentes de automóviles norteamericanos de los años cincuenta se mezclan con los de origen soviético de los setenta y contrastan con otros –cada vez más– de reciente manufactura y que vienen de Europa. Nada hecho en Estados Unidos se come o se vende, excepto el refresco de cola.

Las calles cubanas son una lección de historia permanente. Sobre los edificios se lee el pensamiento del Movimiento 26 de Julio. En espectaculares están las frases de José Martí, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara, entre otros héroes nacionales. También se recuerda, justo frente al edificio del gobierno norteamericano frente al malecón, a los prisioneros cubanos en aquel país.

En sus edificios, un número importante sometidos a la restauración del Historiador “que va lenta, pero va”, mientras otros edificios esperan pacientes los arreglos necesarios que los haga mantenerse en pie, “aporreados” –dicen– no por el uso común como improvisados multifamiliares a lo largo de más de cuarenta años, sino por los aires salitrosos del Atlántico, incendios o los fuertes vientos de las tormentas tropicales y huracanes.

Así está La Isla, dibujando pinceladas de libertad, sostiene “Manuel” en su conversación. “Su” taxi es un LADA de origen soviético, que bien se asemeja al desaparecido Datsun que empresas japonesas vendieron en México hasta finales de los años ochenta.

Aquí en Cuba no estudia el que no quiere, la educación es gratuita, después hay que hacer dos años de servicio, cuenta lleno de orgullo, tras conocer que en otros países, como México, la educación es gratuita también, sólo que los libros, el transporte, la alimentación y hasta la inscripción no son cubiertas por el Estado, como sucede en Cuba.

Los servicios médicos también son derechos cubiertos por el Estado, añade, mientras a lo lejos señala el edificio de uno de los hospitales de la capital y cuenta sobre los destacados médicos y avances de la medicina en la Isla.

Conoce a gente con padecimientos crónicos que reciben no sólo la atención médica, sino también los medicamentos. Como por ejemplo los diabéticos. Si la medicina no fuera suficiente, entonces pueden comprar más medicamentos, la gente siempre tiene “algo de dinero guardado”.

Las y los profesionistas cubanos del área de la medicina, por ejemplo, tienen un sueldo de 500 pesos cubanos al mes, los que trabajan prestando servicios y que no estudiaron una carrera universitaria ganan “má o menos la mitad”, sólo que ellos obtienen más ingresos por las “propinas”, el problema es que esto sólo sucede en las ciudades donde se concentra el turismo, como La Habana y Varadero.

Con la libreta se siguen adquiriendo productos básicos y alimentos en las tiendas. Algunas personas se aventuran a interceptar turistas para pedirles que les compren algo que ya no tienen en sus casas y que ellos no pueden adquirir. Con 13 CUC (Pesos cubanos convertibles) un turista puede comprar una bolsa de leche en polvo de un kilogramo.

Los 13 CUC que costó la bolsa de leche, representan poco más o menos 11 dólares, es decir, 115 pesos mexicanos.

Los CUC son monedas que el gobierno cubano emitió para que sean utilizados por los turistas, cada dólar americano es penalizado con un 20 por ciento de su costo: un dólar equivale entonces a 80 centavos de CUC.

En febrero pasado, al asumir el cargo como presidente, Raúl Castro planteó quitar algunas prohibiciones, un mes más tarde fue noticia el hecho que podrían comprar hornos de microondas, devedés (DVD) o teléfonos celulares. En poco tiempo, algunos diarios y agencias de noticias reportaron que se habían agotado rápidamente estos productos.

Cierto, dice ahora Esther, quien confirma que no todos los cubanos van a poder adquirir esos novedosos productos. No conozco hasta ahora ninguna persona que tenga un horno de microondas. Aunque los devedés ya eran conocidos de la población cubana, pues fueron introducidos desde antes por el “comercio negro”.

La misma afirmación hace sobre los teléfonos celulares el conductor del taxi. “Son caros, pero muchos tienen dinero guardado y podrían echar mano de él para comprar estos nuevos productos, pero no todos los cubanos podrían hacerlo”.

De esta forma, por primera vez se crearían diferencias sustanciales entre la población cubana, lo que también marca una diferencia entre el gobierno del comandante Fidel Castro y su hermano Raúl Castro. El primero, quien encabezó la revolución socialista que culminó con la dictadura de Fulgencio Batista el 1 de enero de 1959, habría querido nunca introducir productos si todo el mundo no podía adquirirlos.

Pero Raúl Castro optó por reformas para solucionar problemas. Pese a que el comercio experimenta cambios, todavía las vitrinas y aparadores lucen desolados en las principales calles de La Habana vieja, donde los habitantes de la capital cubana van y vienen entre los turistas en sus días de asueto.

La población cubana podría estar agobiada por el bloqueo económico, sin duda. Pero su afabilidad está a flor de piel. La fiesta se hace con un poco de música. Las calles se llenan pronto de alegres mujeres y hombres de todas las edades que cantan y bailan.

En algún pretil de un viejo y colonial edificio sostenido contra “viento y marea” en la Villa de San Cristóbal de La Habana, aparecen como parte del mágico paisaje las habaneras negras enfundadas en vistosos y coloridos trajes, maquillajes exagerados sobre ojos, mejillas y boca de labios gruesos que sostienen un enorme puro.

Siglos de colonialismo español y la intervención norteamericana se quedaron marcados en sus edificios, zonas residenciales como el Vedado donde se asoman quintas y palacios ocupadas en museos, edificios gubernamentales, hoteles como el emblemático El Nacional, restaurantes o embajadas.

En contraste, frente al malecón, edificios casi en ruinas albergan a cientos de familias. De balcón a balcón se asoman tendederos de ropa de colores, así como mujeres y hombres sentados en las puertas abanicándose para calmar el calor mientras conversan casi a gritos o vigilan recelosos a quienes pasan frente a ellos queriendo escudriñar cómo viven en aquellos lugares que podrían parecerse a las viejas vecindades de la Ciudad de México o algunos edificios abandonados y habitados en cualquier ciudad de Estados Unidos.

MENOS JINETERAS

Pese al socialismo que ha imperado, Cuba tiene otras semejanzas con cualquier otra entidad gobernada por el sistema capitalista. Se trata del comercio sexual. Sobre algunas calles las “jineteras” esperan clientes, aunque “ahora son menos”, afirma el conductor de un elegante taxi, quien habla de ellas como si se tratara de un atractivo más en la ciudad. Son mujeres jóvenes, pero igual habrá algunas con 50 años encima ganando espacios a la calle.

Un semáforo detiene la marcha del automóvil alemán marca Mercedes que “el Estado” ha destinado para el servicio de alquiler. De reojo, el conductor apenas mira a las “jineteras” y explica que son famosas en Cuba, luego busca la forma de cambiar la conversación.

El trabajo sexual no sólo está en algunas calles de La Habana, como en el resto de las ciudades turísticas se puede observar dentro los hoteles.

En el bar, una adolescente de 13 ó quizá 15 años es “ofertada” por un hombre de color. La niña pide un refresco de cola. El hombre que la llevó hasta el hotel se despide de ella dándole un pequeño golpe en la cabeza.

Vestida con un pantalón corto de rayas blancas y rosas, con tirantes que cuelgan sobre sus caderas, blusa negra escotada, la niña-adolescente se queda sola con uno de los dos hombres. Conversan a señas. Ella no habla inglés, él no habla castellano. Minutos más tarde, el hombre pasa su brazo derecho tras su espalda.

La oscuridad de la noche le gana terreno a la luz de la tarde. El extranjero la besa en los labios. El resto de los turistas disimula no haber visto nada. El acompañante, un hombre regordete, melena de cabello blanco y negro, barba y bigote toma su cámara fotográfica y le dice a la chica que le tomará unas fotos, ella asienta y con sus manos le da a entender que no hay problema.

El acompañante, toma la cámara, va a la barra y paga la cuenta. Dos minutos después el hombre adulto y la adolescente caminan hacia el interior del hotel. Una hora más tarde la chica baja de alguna habitación. Ella pide a uno de los “botones”, a quien saluda con familiaridad que le preste su tarjeta telefónica. Habla, recibe la instrucción: nadie irá por ella, tiene que volver “a casa” sola. Le da un beso a “su amigo” el botones que está en la puerta del lujoso hotel y se pierde en las calles de La Habana.

Al día siguiente, otra niña adolescente esta en la misma escena, en el mismo sitio, frente a los mismos empleados del hotel, pero nadie ve nada.

SI NO FUERA POR ESO…

En Cuba, la gente sigue venerando a sus héroes y omitiendo “al viejo dictador en turno” del país que les impuso el bloqueo económico. Algunos no tienen para comprar, en lugar de pedir dinero piden un jabón, pasta dental… “Si no fuera por eso, esto estaría perfecto”, dice “Idalia” quien como miles de habitantes de La Habana se reúne en el malecón para conversar, mirar el océano, despedir cada atardecer o echarse un chapuzón en una especie de “albercas” naturales que hacen las rocas.

Conversar frente a frente, un hábito que podría perderse cuando la compañía de telecomunicaciones estatal Eteca venda 1.4 millones de celulares que espera producir en los próximos cinco años, siempre y cuando puedan pagar por el costoso servicio que alcanza más de 100 dólares cada mes, es decir, 80 CUC, más de mil pesos mexicanos, casi dos mil pesos cubanos.

Frente a salarios profesionales de 500 pesos o cómo prestadores de servicios de 250 pesos cubanos cada mes, los celulares parecen inalcanzables “pero los cubanos tienen dinero guardado y quizá ahora podrían empezar a utilizarlo”, dicen los habitantes de La Habana.

08/SJE/GG/CV

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