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Cursitis aguda

Por Juana Eugenia Olvera*

Uno de los cursos que tomé se llamaba Puja y Adoración. Puja es la ofrenda y para cada una de las deidades hay un tipo de ofrenda especial. En algunos rituales se emplea un coco que simboliza al ego y cuando se rompe simboliza que estás eliminando al ego y permitir de esta forma que se manifieste nuestro ser interno.

El Amascar u OM es la primera representación de la deidad y es una forma de honrar a Dios, ya que es la palabra sagrada con la que se creó todo lo que existe. Aquí puedes ofrecer desde flores, yogurt, miel, mantequilla y si tienes el símbolo en piedra o en algún material lo puedes lavar con leche.

Mientras se lava, puede uno entonar un mantram y estar totalmente enfocada en lo que estás haciendo. Todo esto te lleva a abrir un conducto desde el corazón hacia la divinidad.

La Puja permite sentir la presencia viva, pues es la forma de mover la Shakti (energía) para que ella baje a Kundalini.

Viendo en lejanía todo lo que se realizaba en el Ashram, ahora entiendo más el por qué de las manifestaciones que teníamos ya que sin duda ahí se trabajaba en una cuarta o quinta dimensión.

Ahora sé que el ambiente, el estar dando gracias todo el tiempo, meditando, cantando alabanzas a Dios, purifica y se eleva la vibración del espacio. Por ello es vital que aunque no estemos comprometidos con una religión o creencia, el simple hecho de dar gracias a Dios por estar vivos, teniendo una casa, comida, ropa, es lo que nos permite crear el puente de unión con la divinidad.

Es impactante cuando se escuchan las experiencias de los swamis (monjes que hacen votos de pobreza y castidad), en las cuales comparten que algunos simplemente con tocar un objeto o leer un libro de Baba Muktananda, entraban en éxtasis o alcanzaban la iluminación; otros simplemente recitando el mantram como me pasó a mí.

Faltando unos tres días para la Navidad, se inició en uno de los templos una Sapta (ceremonia que dura de tres a cinco o siete días) en honor a Krishna, en la cual se está cantando el mantram todo ese tiempo sin obstaculizar.

Los cantores se van turnando, pero nunca se interrumpe la ceremonia. Una compañera me recomendó que fuera, que se vivían experiencias maravillosas. De principio mi mente pensó: “Está loca… cantar sin parar tanto tiempo, quién lo aguanta”. Y algo debió haber visto en mi rostro que me insistió: “Entra, puedes estar cinco minutos, nadie te obliga a estar más tiempo”.

Con cierta resistencia entré y me acomodé en una silla. La música es pegajosa y el mantram sencillo: “Hare Rama, Rama, Rama, Hare Rama, Hare, Hare. Hare Krishna, Krishna, Krishna, Hare Krishna, Krishna, Krishna”. Cerré los ojos y me uní al mantram.

Habrían pasado unos 10 minutos cuando me levanté y salí. Cuál no sería mi sorpresa que lo que consideré 10 minutos fueron más de tres horas. Me cuestionaba cómo era que había estado tanto tiempo ahí sin que lo hubiera sentido. Desde luego me llevó a pensar en lo subjetivo y relativo de él.

Y no sólo el tiempo, sino que el espacio también es como otro concepto. Acá en occidente necesitamos tener un área relativamente amplia de espacio para sentirnos bien, pero allá no.

Cuando viajaba a Bombay, iba en el vagón de las mujeres, el cual en ocasiones es solamente uno. Siempre llegaba temprano a la estación y al subir al carro de ferrocarril me sentaba dejando el espacio que consideraba indispensable para mí, sin embargo cuando el vagón estaba lleno y llegaban más pasajeras, me indicaban que me corriera para que ellas pudieran sentarse y en el espacio que dejaba cabían hasta cuatro personas más.

No sé cómo es que está conformado el cuerpo de ellas, pero se comprimían para ir “cómodas”. Si bien generalmente son delgadas y no sé si esto es que les permite acomodarse cual sardinas en una lata, yo sentía que me faltaba el aire, pero poco a poco me fui acostumbrando.

* Narradora oral, astróloga y terapeuta.

11/JEO/RMB

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