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Dean, el huracán que golpeó al sur

Por Cecilia Lavalle

Mahahual es hoy una especie de zona cero. Pareciera que el tiempo se detuvo en el ojo del huracán; ese espacio en el que de golpe, tras la furia del viento, viene la calma, el silencio; pero no el que anuncia paz, sino el que, apenas, indica tregua.

Hace apenas una década, Mahahual era un pequeño poblado de pescadores con 125 habitantes. Ahora es la joya de la corona del sur. Ahora es el centro del proyecto turístico denominado Costa Maya que comprende las playas más bellas del sur del estado. Ahora su muelle de cruceros ocupa el segundo lugar a nivel nacional en recepción de turistas. Ahora, quiere decir antes de Dean.

Para llegar a Mahahual desde Chetumal hay que tomar el camino que lleva al norte de la entidad. A menos de una hora sobre la moderna carretera federal se encuentra la desviación que después de 40 minutos nos entrega estas playas casi vírgenes.

Sólo que por el momento hay que saber llegar, porque no hay un solo letrero en pie. Pareciera que un escritor de mal humor los arrugó y los tiró al suelo como si fueran papeles con malas ideas.

Los verdes que antes adornaban el paisaje se los llevó el viento. Todo es café lodo, café huracán. El camino es una sucesión de kilómetros de árboles secos, doblados.

A cuatro días del paso de Dean, el camino luce impecable. No hay ramas, ni obstáculos. Cualquiera diría que todo sigue como antes. A no ser, claro, que se mire alrededor. Entonces se comprende lo que un huracán categoría cinco puede hacer, lo que estar en la zona donde pasa el ojo puede significar.

Conforme nos acercamos al mar los daños son más evidentes. Las enormes torres que conducen energía eléctrica aparecen pisoteadas. Por tramos los hombres de la Comisión Federal de Electricidad desarman lo que quedó para ponerlas luego en pie. Por tramos, entonces, parece que un gigante jugó palitos chinos y dejó el juego a medias.

Tras una curva en el camino me saluda el faro. Se encuentra erguido, de pie, digno, como un rey que perdió esta batalla, pero sabe que no ha perdido la guerra.

Sin embargo, su prestancia hace más evidente la devastación. Mahahual no es sino la sombra de lo que era antes de Dean. Apenas quedan rastros del camino pavimentado que corría paralelo a la playa. Pedazos de palapas, pedazos de sueños. Sólo el mar, el hermoso mar parece haber sobrevivido bien a la masacre.

Mucha gente perdió su patrimonio. Porque apostaron los ahorros al canto de las sirenas del turismo. Porque apostaron media vida para forjarse un futuro en esta zona turística que detonaba. Porque se vieron obligados a cambiar la pesca por la atención al turismo.

Y no parecía mala idea. Y no era una mala inversión. Y no había pocas ganancias. Pero se les olvidó que no hay paraíso perfecto, que no hay paraíso sin serpiente. Que hace 33 años no hubiera golpeado un huracán al sur, no significa que nunca más llegara uno. Dean se los recordó.

Tanto las personas que se dedicaban al turismo como las que aún se dedicaban a la pesca sólo suman pérdidas. Pérdidas y angustia porque saben que la recuperación no será ni fácil ni rápida. Tomará tiempo. Meses calculan las autoridades. ¿Y mientras?

Del otro lado del faro se construyó un imponente muelle al que llegaban los cruceros llenos de turistas. También un fraccionamiento residencial bellamente adoquinado. El muelle es hoy una serie inconexa de enormes lozas de piedra. El fraccionamiento parece un pueblo fantasma.

La gente en Mahahual se mueve con pesar. Como si estuvieran de luto. Se afanan, recogen, limpian, exponen al sol sus colchones y sus heridas. No están inmóviles, pero es evidente que el dolor pesa.

De regreso a Chetumal me detengo a platicar con algunas mujeres del poblado Pedro A. Santos, una comunidad campesina que alberga a 123 familias. Es un alto obligado, porque desde hace 20 años sus mujeres venden a la vera de la carretera los frutos que sus maridos o ellas mismas siembran. Imposible pasar por ese pueblo sin comprar piñas o naranjas o mandarinas o limones o?

Por ahora sólo venden piñas. Fue lo único que quedó, me explican. Y me lo dicen con enorme pesar, aunque sonríen. Tardaremos tres años o más en volver a cosechar otra fruta, me informan, así que si queremos seguir vendiendo tendremos que comprarla.

Ése es el común denominador de quienes viven del campo. Dean se llevó sus siembras o las venció a manazos. Y sin cosecha no habrá comida. Y no habrá comida en muchos meses. Si alguien quiere saber el significado de la palabra desastre debe visitar el campo del municipio Othón P. Blanco.

Sin embargo a estas mujeres no les ha ganado la desolación. Se acercan a los vehículos como si la vida les sonriera. Tienen una entereza que conmueve.

Por ahora representan el único sostén de sus hogares. Los hombres, me dicen, están reconstruyendo las casas o tratando de llegar a la milpa que está enterrada entre tanto árbol. Así que lo que vendan en piñas representa lo que comerán ese día.

El huracán terminó su paso el martes a las 9 de la mañana. Se tomaron un día para agradecer haber sobrevivido y mirar sus heridas, y uno más para recoger piñas. Desde el viernes están vendiendo sus productos. No hay tiempo para llorar, ni espacio para el desánimo.

Aquí entre mujeres nos ayudamos, me dicen. Una vez que pase la emergencia queremos que nos den un crédito para construir nuestras casas de material. Así el gobierno no tiene que gastar en ayudarnos cada vez que venga un huracán. Trabajamos igual que nuestros esposos. Nosotras solitas podemos pagar el crédito. Despacito, pero podemos.

A veces la esperanza tiene cara de mujer y sabor a piña.

07/CL/CV

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