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El periodismo me hizo persona: Elena Poniatowska

Por Cristina P. Fraga

Elena Poniatowska es una escritora y periodista universal indiscutible. Lleva más de 50 años en este oficio tan complicado, tiene una extensísima obra narrativa que abarca todos los géneros: ensayo, novela, relato corto, la crónica periodística; está traducida a multitud de idiomas y no sólo eso, sino que muchas de sus obras son reeditadas porque el público las demanda. Indiscutiblemente esto es un reconocimiento a su labor profesional.

— ¿Empieza usted a trabajar como periodista en el periódico Excélsior en 1953?—pregunto a Elena en su casa de la Ciudad de México.

— Fue mi primera experiencia y me destinaron a una sección de mujeres y para las mujeres: la crónica social de fiestas, bodas, bailes… Había una exhibición de las ricas casaderas como en escaparate. Fui multitud de veces a una iglesia bellísima que se llama la Profesa, donde se hacían las bodas más elegantes, cubría exposiciones. Yo, para cambiar un poco lo que se hacía, al final de mis crónicas introducía una listita en la que calificaba a la más antipática, la más recatada, la más bonita, la del precioso vestido de siempre, la del sombrero más estrafalario, la de más mal humor… Eso me creó algunas enemistades.

— ¿Firmaba como Helene?

— Si con mi nombre de nacimiento en francés. Era más chic, más glamoroso. Del Excélsior me pasé al Novedades y allí me quedé hasta el año 1985, toda una vida. Me fui a La Jornada por una simple razón: hacía las crónicas del terrible terremoto y en el Excélsior me rechazaron una de ellas. Yo veía muchas injusticias, pero había que seguir las directrices del entonces presidente de México, Miguel de la Madrid, de volver a la normalidad.

“Como la Jornada estaba en la contraesquina me crucé para que me la publicaran en la competencia. Estaban reclutando gente para trabajar y fue el momento del cambio. Esa fue la razón”.

— Usted ha manifestado que se siente ante todo periodista. Ha dicho: “Tengo el sello, la marca de fuego del periodista como un tatuaje que supongo que nunca va a desaparecer. Y me enorgullece mucho serlo porque el periodismo me ha dado todo lo que soy, todo lo que he aprendido y toda la gente a la que he conocido”.

— Es totalmente cierto. Tuve una educación de convento de monjas en Estados Unidos. Sabía idiomas, rezar, poner la mesa, convivir con distintas personas, con distintos intereses… Esa realidad no te sirve para enfrentarse a la vida. El periodismo me acercó a la brutal realidad cotidiana de este controvertido país. Me hizo persona y yo se lo agradezco. Aunque hay una frase del poeta Eliot que dice que el ser humano no aguanta mucha realidad y a veces ésta te lleva al suicidio.

PERIODISTAS, MÁS HONESTAS, MENOS CORRUPTAS

— ¿Cómo definiría su periodismo: transformador, militante….?

— Corresponde al que han hecho las mujeres en los últimos años en México. Ha habido muchísimas compañeras en las que me he sustentado para hacer mi trabajo. Estupendas corresponsales de guerra, directoras de periódicos, como La Jornada y El Día, grandes entrevistadoras.

— ¿Hay un periodismo de mujeres, con identidad común?

— Yo creo que sí. Hay muchas mujeres en toda la profesión y creo que todas tenemos un gran coraje. Tienen el ejemplo de Lydia Cacho, que se ha enfrentado a los pederastas, o las que han investigado sobre el feminicidio en Ciudad Juárez. En el norte, las compañeras que han cubierto la droga, muchas han sido perseguidas y asesinadas y han corrido mayores riesgos que los hombres. Ahora las mujeres se han ganado el respeto y han demostrado que son más honestas y menos corruptas que los hombres.

“En general no aceptamos el chayote (sobre con dinero que se da a los periodistas como soborno); no hemos caído en eso, ni nos interesa, ni vamos a caer. En definitiva, somos menos corruptas. Pero cuando yo comencé era tremendamente difícil”.

— ¿Y hay una literatura de mujeres?

— Las mujeres somos las que más leemos y las que más promovemos las artes y las letras. En Monterrey la mayoría de las galeristas y directoras de editoriales son mujeres.

— Y de escritoras españolas ¿Cuáles le interesan?

— Me gusta mucho Ana María Matute, Carmen Martín Gaite (a la que deberían haber dado el Premio Cervantes) y sobre todo me conmueve mucho Mercé Rodoreda, la que escribió La Plaza del Diamante.

LITERATURA, GRAN AVENTURA SOLITARIA

— ¿Cómo resuelve la dualidad de periodista y escritora?

— Muchos de mis libros de ficción están basados en mi labor periodística.

— ¿Aplica el mismo registro para la ficción que para el periodismo?

— Hago lo que puedo y lo que mejor me sale. La literatura es una gran aventura solitaria frente a la mesa de trabajo y nunca se sabe qué es lo que va a salir. El periodismo es otra cosa, tienes que contar con los demás, con sus palabras y sus acciones.

— ¿En su obra de ficción está constantemente haciendo ejercicios de estilo?

— Intento que la forma esté acorde con las sensaciones que pretendo provocar.

— ¿La historia contemporánea de México se ve reflejada en sus libros?

— Hay libros sobre diversos momentos de la historia de mi país: la matanza del 2 de octubre de 1968, La noche de Tlatelolco, una masacre que todavía no se ha resuelto; la huelga minera de 1959, El tren pasa primero, en donde las mujeres, las juchitecas y las tehuanas, tuvieron una papel decisivo, se tiraron sobre los rieles para impedir que sus compañeros pusieran en marcha los trenes; y mi último libro Amanecer en el Zócalo, que es la crónica de los 50 días del plantón, entre otros muchos.

MÉXICO, TREMENDAMENTE DIVIDIDO

— Usted apoyó al candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Andrés Manuel López Obrador y también participó activamente en el platón. Los sectores conservadores arremetieron contra usted de forma virulenta. Ha sido y es todavía amenazada. ¿Ha sentido miedo?

— Con la edad sí. Con la juventud te mueves en una burbuja de inconsciencia. Yo antes me sentía como resultado de mi condición social muy querida, pero a partir de 2006 he sentido mucho el odio de la gente. Salía a comprar al supermercado y todo el mundo me saludaba con simpatía, ahora se me acercan y me dicen que he hecho mucho daño al país. Yo me dirigía con mucha confianza a la gente y ahora la he perdido.

— ¿Se arrepiente de haber apoyado al PRD?

— No. De ninguna manera. No tiene sentido arrepentirse de lo que una hace porque cree que lo debe de hacer.

— ¿Cómo va este país tan extraordinario, México?

— Estamos viviendo una época muy triste. Me siento desolada por el fraude. Somos muchos los que todavía apoyamos a López Obrador. México está tremendamente dividido, lo cual es muy tremendo para la gente que tiene necesidades horribles. Existe una gran pobreza y grandísimas fortunas, las más grandes del mundo. Fox es un vanidoso superficial, que dejó un país destrozado, dolido, no hay trabajo y así estamos.

— ¿Usted ha dicho que ahora lo que más felicidad le aporta es estar con sus hijos y sus nueve nietos?

— Me complace mucho, pero también estar con la gente que quiero y que siento que hay un interés común, con la que comparto ideales. Me complace estar con niños, no sólo los míos, todos los niños. Yo antes me detenía poco, pasaba como chiflanazo por la vida. Ahora disfruto de los placeres de una buena comida, una buena conversación, y con la edad (tengo ya 75 años) he cambiado de ritmo. Ahora disfruto mucho por donde pongo los pies.

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