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Fallecen anualmente 600 europeas por violencia conyugal

Por la Redacción

En el conjunto de los 15 estados de la Unión Europea (antes de su ampliación a 25), mueren 600 mujeres por año -casi dos por día–, debido a la violencia en el hogar.

El perfil del agresor no siempre responde a lo que se imagina. Por deformación ideológica hay quienes tienden a asociar las conductas agresivas con personas poco educadas, surgidas de medios desfavorecidos. Es un error. El drama de la actriz Marie Trintignant, asesinada el 6 de agosto de 2003 por su compañero, un artista célebre, es una prueba.

La violencia conyugal no es un patrimonio del subdesarrollo y el atraso. También en el seno de sociedades desarrolladas y prósperas -las mismas que presentan al feminismo como un anacronismo que ya no tiene razón de ser-, hace estragos la violencia conyugal, con su secuela de muertes y enfermedad.

Un síntoma de la vigencia del patriarcado, sistema generador de violencia que naturaliza las desigualdades entre los sexos y niega el carácter eminentemente político de la vida privada.

Esto ocurre en Europa. La violencia que ejercen contra las mujeres sus compañeros de sexo masculino alcanza en el continente dimensiones alucinantes. Para las europeas de 16 a 44 años la violencia en el seno del hogar se han convertido en la primera causa de invalidez y de muerte, antes incluso que los accidentes de tráfico o el cáncer, de acuerdo con información del periódico Le Monde –uno de los más influyentes de Europa-, que fue difundida por Mujereshoy.

Según los países, entre una cuarta parte y la mitad de las mujeres son víctimas de crueldades. En Portugal, por ejemplo, el 52.8 por ciento de las mujeres declaran haber sido objeto de violencia por parte de su marido, amante o compañero. En Alemania, cada cuatro días tres mujeres son asesinadas por los hombres con quienes vivían, es decir, cerca de 300 por año. En el Reino Unido una mujer es asesinada cada tres días en las mismas circunstancias y en España, una cada cuatro días, esto es, cerca de 100 por año.

En Francia, debido a las agresiones masculinas domésticas, mueren seis mujeres por mes, una cada cinco días, la tercera parte de ellas apuñaladas, otra tercera parte abatidas por armas de fuego, un 20 por ciento estranguladas y un 10 por ciento con “molidas a golpes”, hasta que pierden la vida.

Un informe del Consejo de Europa afirma que “la incidencia de la violencia doméstica parece incluso incrementarse con los ingresos y el nivel de formación”, mientras que en Holanda “casi la mitad de los responsables de actos de violencia contra las mujeres tienen título universitario”.

En Francia, según las estadísticas, el agresor es generalmente un hombre que goza de cierto poder debido a su rango profesional. Se destaca una alta proporción de directivos (67 por ciento), de profesionales de la salud (25 por ciento) y de miembros de la policía o el ejército (4).

Otra idea preconcebida consiste en creer que las violencias de género son más frecuentes en los países machistas del sur de Europa que en los Estados del norte. Esto también debe ser revisado. Rumania se presenta efectivamente como el país europeo donde la violencia doméstica contra las mujeres es más grave: cada año, 12.62 por cada millón de rumanas son asesinadas por sus compañeros.

Pero en la siniestra lista de los Estados más violentos, inmediatamente después de Rumania se sitúan países donde paradójicamente los derechos de las mujeres son más respetados, como Finlandia, donde cada año 8.65 por cada millón de finlandesas resultan asesinadas en la intimidad del hogar, seguida de Noruega (6.58), Luxemburgo (5.56), Dinamarca (5.42) y Suecia (4.59). Italia, España, Portugal e Irlanda ocupan los últimos lugares.

Esto prueba que la violencia es un flagelo mundial mejor distribuido, que existen en todos los países, en todos los continentes, y en todos los grupos sociales, económicos, religiosos y culturales.

Cierto que hay mujeres violentas en sus relaciones con los hombres; no hacía falta ver las imágenes de mujeres soldados infligiendo torturas a detenidos varones en la cárcel de Abu Ghraib, en Irak, para saber que infortunadamente existen torturadoras de sexo femenino. Cabe añadir también que las relaciones homosexuales no están exentas de violencia. Pero en la abrumadora mayoría de los casos las principales víctimas son mujeres.

Esta violencia, sobre la cual las organizaciones feministas atraen desde hace mucho tiempo la atención de los gobernantes, alcanza a escala planetaria un grado de virulencia tal que es preciso considerarla como una violación primordial de los derechos de la persona humana, además de un considerable problema de salud pública.

Porque no hay sólo ataques físicos, por mortíferos que sean, hay también violencias psicológicas, amenazas e intimidaciones, y brutalidades sexuales. En muchos casos, por otra parte, se acumulan todas las agresiones.

El hecho de que estas violencias se ejerzan en el domicilio de la víctima siempre ha sido un pretexto para que las autoridades se laven las manos y las califiquen como “problemas que remiten a la esfera privada”, señala el informe.

Esta actitud constituye una negación colectiva de asistencia a personas en peligro. Una hipocresía escandalosa. Todos sabemos que lo privado también es político. Y que ese tipo de violencia es el reflejo de relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres. Debidas en particular al patriarcado, sistema fundado en la idea de una “inferioridad natural” de las mujeres y una “supremacía biológica” de los hombres. Ese sistema es el generador de violencia. Y hay que liquidarlo con leyes apropiadas. Hay quienes objetan que esto llevará tiempo.

Entonces, ¿por qué no empezar enseguida a instaurar, como reclaman muchas organizaciones feministas, un tribunal internacional permanente para las violencias que se ejercen contra las mujeres? cuestiona el informe del Consejo de Europa.

2004/GV/SM

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