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Hizo frío en La Habana

Por Ilse Bulit

A la par de las tradiciones y costumbres que han resquebrajado la salud en este milenio, la población habanera observaba que las olas frías venidas siempre del Norte, en diciembre, anunciaban ahora su visita para después disiparse antes de avistar el Faro del Morro.

Científicos ataban los hechos, analizaban y, a diario, recibíamos las respuestas bajo un titular parecido, referente al cambio climático provocado por la agresión al medio ambiente. La y el habanero añoso lo percibió hace rato, unido a otras mudanzas en sus modos de vivir.

Atrás quedaban aquellos diciembres de la primera mitad del siglo XX con frazadas al sol y suéteres y abrigos extraídos de los fondos de los escaparates, las cucharadas de aceite de bacalao para niñas y niños y las espaldas recubiertas con periódicos de adultos más pobres, el humeante chocolate en tazas de porcelana, las hirvientes tizanas de tilo o manzanilla en jarros de lata o un ardiente café nocturno aunque espantara el sueño.

Diciembres de menores de edad con uniformes escolares o harapientos pantalones remangados, esperando ser bañados por las olas en la zona de La Punta en el Malecón habanero.

Eran tiempos de atmósferas serias, responsables, obedientes a los estudios científicos. En los libros de la primera enseñanza se leía que en Cuba se manifestaban dos estaciones, el verano y el invierno; los campesinos eran categóricos: la temporada de seca, de noviembre a abril, y la de lluvia, de mayo a octubre.

Después de la mitad del siglo XX, la agredida naturaleza, ni siquiera abofeteada por Cuba, daba muestras de sus primeros disgustos. Los cambios políticos, sociales y económicos alteraban las costumbres ante los fríos, siempre procedentes del norte geográfico. Continuaban las frazadas y abrigos dispuestos para los diciembres. La marca Scout de la emulsión no figuraba en anuncios de la revista Bohemia y las madres buscaban cápsulas reemplazantes.

Escaseaba el café, el chocolate casi desaparecía y los primeros estudiantes cubanos en la antigua Unión Soviética traían en sus vacaciones la moda del té junto con abrigos dignos de los inviernos moscovitas. La baratura de este té importado imponía una sustitución agradable. El té caliente en las tardes frías en sitios de trabajo o en las noches hogareñas frente a la pantalla del televisor.

Sobre los años ochenta, el habanero conocía del fenómeno de El Niño y a este malcriado atribuía ciertas mudanzas en el ir y venir de las lluvias, de los llamados frentes fríos. Las y los niños, los de carne y hueso, ahora todos con uniformes escolares, proseguían en espera de las olas rompientes en los diciembres de La Punta del Malecón habanero.

Los años noventa crujían sobre las espaldas de la población cubana. Rotos los contactos comerciales favorables por la extinción de la Unión Soviética, se emprendía el oficio de la supervivencia, en el que la mujer, con sus creaciones en ropas heredadas y platos alternativos, se graduaba con honores.

Preguntadas varias habaneras acerca de aquellos diciembres de esa década prodigiosa en inventos para subsistir, son incapaces de situar fechas de entrada o salida del mal tiempo atmosférico, porque el del diario vivir les robaba cada minuto. Sí quedó fijada aquella mal llamada tempestad del siglo de marzo de 1993, con una Habana castigada por el agua del mar y del cielo.

Enfatizan que, con hambre, la percepción del frío se duplica y por aquella década no quedó hoja aromática de árbol o arbusto que no sirviera para desterrar el doble frío, el del batiente viento, y el de la falta de suficientes calorías.

Ya plantados en el nuevo milenio, las sacudidas de la naturaleza han tenido en cuenta a Cuba con largas sequías, lluvias desenfrenadas, tempestades extra tropicales y, sobre todo, con temperaturas altas que cada verano hacen crecer la cuenta de la electricidad por el uso de ventiladores y equipos de clima artificial. El verano alarga sus fechas reglamentadas y en los últimos diciembres, las chicas despedían el año con las piernas al aire.

Pero, este año, los capacitados meteorólogos cubanos anunciaban la llegada de una colosal ola invernal, digna de aquellos abrigos rusos guardados como recuerdo. Y entraría por la zona occidental. Así que mujeres y hombres habaneros se preparaban a recibir el año 2008 con más ron que cervezas y guarnecidos también con la grasa proveniente del cerdo asado.

Sí, enero entraba con bajas temperaturas, en especial en determinadas zonas, pues 8 ó 9 grados sobre cero en Cuba se considera como un frío glacial.

Sin embargo, el anunciado, el avasallador, otra vez volvió a quedarse por allá arriba en el mapa. Frenó en la Florida, pues las llamadas telefónicas y los correos de familiares de Miami, quienes no pierden el habla criolla, repetían la frase aprendida de abuelas y abuelos cuando los arropaban y les hacían tragar la cucharada de aceite de bacalao: ¡está chiflando el mono!

08/IB/CV

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