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Indígenas panameñas se autoorganizan contra la violencia

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Hace 20 años Lilia Montero fundó la Asociación de Mujeres Ngöbe (Asmung) en Panamá.
 
Ella se organizó con otras mujeres indígenas y llamó a su hija; le dijo: “Hay un puesto en el que tu harías un buen trabajo, te necesito en la organización”.
 
Rayza Gallardo Montero y su esposo, Bienvenido Polanco, llevaban un tiempo sin trabajo, así que la oferta de su mamá les vino bien. Le contó a Bienvenido de una forma sencilla para que no se negara, accedió y él le dio permiso de trabajar.
 
Lilia vio que las mujeres ngöbe (grupo étnico en Panamá) necesitaban organizarse para liberarse de la violencia que vivían, buscar apoyos para conseguir su empoderamiento, y mejorar su calidad de vida a través de capacitación para la generación de ingresos hacia su autonomía económica.
 
“Cuando era niña mi mamá me decía que si alguien me quería no me creyera que era bonita, porque era fea, tenía la idea de que las mujeres no valíamos nada y que nosotras teníamos la culpa de la violencia, más aún las que somos indígenas”, platica Rayza.
 
“Aun cuando mi mamá creía eso, ella formó la organización para ayudar a las mujeres. Ahora sé que todas somos hermosas, que valemos y que vale la pena defender nuestros derechos. Empecé a trabajar en la organización y me hice feminista”, afirma Rayza contenta, vistiendo el traje tradicional ngöbe.
 
Ella tiene 42 años, 18 en defensa de los derechos de las mujeres indígenas ngöbe en Asmung, y los derechos de la infancia en la organización Por la Erradicación del Trabajo Infantil.
 
Madre de cuatro hijos (Ronald, de 25 años; Elieser, 22; Alsides, 16; Didier, 6, y una niña, Jey, de 3 años), Rayza cuenta que se separó de su esposo durante ocho años porque a él le molestaba que dedicara tanto tiempo a la organización, y por una “infidelidad” con una compañera.
 
Rayza es defensora de Derechos Humanos, apoya a las mujeres que llegan a Asmung como llegaron ella y su hija. “Les digo tú vales mucho, eres bonita, exige todo lo que necesitas cuando lo necesites; les hablo y les digo que ellas hablen con poder, exigencia y fuerza”
 
Rayza espera que sus hijos e hija sean profesionistas y tengan mejores oportunidades que ella. También desea seguir ayudando a otras mujeres a lograr su autonomía y gozar su vida.
 
CÍRCULOS DE POBREZA
 
La población indígena panameña está concentrada en ocho pueblos originarios: ngöbe, kuna, emberá, buglé, wounaan, nasotjerdi, bribri y bokota. 
 
Estos pueblos constituyen 12.26 por ciento de la población total (Censo Nacional, 2010). Los ngöbe representan 62.38 por ciento del total de la población indígena.
 
A pesar del acceso a la educación, las indígenas panameñas siguen reproduciendo el círculo de la pobreza en sus comunidades.
 
Rayza Gallardo Montero afirma que las indígenas panameñas siguen viviendo en condiciones muy precarias, sin acceso a servicios de calidad, con poco acceso a educación y con bajas expectativas de vida.
 
Si bien la tasa de analfabetismo en Panamá es apenas de 5.5 por ciento, según datos de 2012 del Ministerio de Desarrollo Social, las comarcas (provincias) presentan altos índices de deserción escolar debido a la pobreza extrema que presentan. “Muchas niñas y niños desertan al llegar al cuarto año cuando se dan cuenta que casi no saben nada.”
 
La falta de docentes bilingües es un gran problema en las aulas, lo que obliga a niñas y niños a comunicarse en español y poco a poco pierden su idioma.
 
Rayza cuenta que cuando niña, a pesar de haber nacido en la comarca ngöbe, sus padres no le enseñaron su idioma porque causaba vergüenza y era objeto de humillación y en la escuela no lo hablaban. Fue hasta que se unió con su esposo cuando aprendió la lengua indígena. 
 
Así a los 19 años, se fue a vivir a casa de Bienvenido en la montaña. Su suegra, Ana Moctezuma, le enseñó ngöbe, y después de casada regresó a la ciudad a terminar su bachillerato.
 
Ante la falta de educación, las mujeres se casan y embarazan muy jóvenes. En Panamá uno de cada cuatro nacimientos es de una adolescente. Para 2010 se reportaron 609 nacimientos en niñas de menos de 15 años.
 
La deserción escolar y el embarazo en adolescentes perpetúan el círculo de la pobreza, sus hijas e hijos desertarán de la escuela y se casarán a edades tempranas, limitando nuevamente su desarrollo profesional y económico.
 
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