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Jornaleras migrantes sufren explotación en Canadá

Alba sería capaz de volver a soportar la violación a sus Derechos Humanos con tal de evitar que sus hijas tengan que irse, como ella, de Guatemala a trabajar a un país ajeno que discrimina a las personas cuya pobreza las empuja a emigrar.
 
Fue la idea de creer que ganar un poco de dinero fuera de Guatemala ayudaría a sus hijas a tener la oportunidad de estudiar, lo que impulsó a Alba y a su esposo a emigrar.
 
En 2003 la organización reclutadora privada Granjeros Canadienses de la provincia de Quebec y la Organización Internacional para las Migraciones-Guatemala (OIM) firmaron el Programa de Trabajo Agrícola Temporal en Canadá.
 
Aunque el programa garantiza a mujeres como Alba una migración segura, carece de mecanismos que protejan las garantías individuales, la transparencia en los procesos de selección y reclutamiento laboral, así como la capacitación de las personas que irían a laborar a Canadá.
 
Peor aún, tal programa no tiene forma de asegurar el respeto de los derechos laborarles, el acceso a servicios médicos, la firma de un contrato, el pago equitativo entre mujeres y mujeres, o el tránsito libre en Canadá para las y los trabajadores.
 
Una compañera de Alba fue quien le informó a ella y a su esposo que en la OIM necesitaban personas para irse a trabajar a Canadá. Sin conocer a detalle el Programa de Trabajo Agrícola Temporal, ambos pidieron informes, depositando su esperanza de tener un porvenir menos adverso, con algo de bienestar sobre todo para sus hijas.
 
ENGAÑOS
 
“Jamás pensamos que detrás de esos contratos se escondía la venta de mano de obra barata, sin garantías ni respeto a los derechos laborales de la gente”, narra Alba, quien durante cuatro décadas ha vivido la falta de empleo y oportunidades.
 
La historia de Alba fue documentada en la publicación “Nuestras voces en el camino. Testimonios de mujeres en la migración”, editado en 2012 por el Instituto para las Mujeres en la Migración (Imumi).
 
Su caso pone de ejemplo la violación de los derechos laborales en los campos agrícolas de Canadá, país que junto con México y Estados Unidos es de los tres principales destinos de la migración guatemalteca.
 
Tras pagar 3 mil quetzales (cerca de 4 mil 800 pesos mexicanos), costear los gastos que implicó tramitar su pasaporte, cumplir con exámenes médicos que corroboraran su estado de salud y aprobar una entrevista, Alba y su esposo fueron seleccionados. Él viajó primero, con un día de diferencia.
 
Cuando ella lo hizo fue en un grupo de 30 mujeres, de entre 20 y 40 años, en un avión que las llevó más allá de la línea divisoria con México, directo a Quebec, donde por tres meses de estancia laboral nunca se le permitió conocer la provincia canadiense.
 
Al llegar a Quebec el grupo de mujeres en el que estaba Alba fue llevado a una finca donde se sumaron a un grupo mayor de casi 400 mujeres, entre mexicanas, jamaiquinas y guatemaltecas, sin presencia de hombres.
 
Fueron instaladas en departamentos para una docena de mujeres, dos por habitación, a cambio de pagar una renta de 25 dólares canadienses a la semana (poco más de 300 pesos mexicanos al tipo de cambio actual).
 
Todas se dedicarían al corte de fresa de lunes a sábado, con jornadas de 11 horas al día. El domingo descansaban del trabajo en el campo para hacer la limpieza en su casa temporal y descansar.
 
Las compras semanales se hacían los jueves cuando la patrona pasaba por ellas para llevarlas a una tienda departamental. Era la única salida a la semana.
 
Después de varios días de trabajo agotador, una complicación por una operación previa en un ovario desencadenó en Alba un dolor que ignoró, pero un día no pudo más y se vio obligada a descansar, lo que desató el enojo de la patrona de la finca, quien la regañó por no avisar que faltaría a la faena del campo.
 
Su experiencia en Quebec no fue buena y Alba lo sabe. Aunque a su regreso a Guatemala no volvió a ver a la gente de la OIM, ella no pierde la esperanza de que cualquier día la vuelvan a llamar para regresar a los campos agrícolas de Canadá.
 
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