Inicio Justicia para las viudas de Coahuila

Justicia para las viudas de Coahuila

Por Sara Lovera

*Para Sandra Arenal(+)

Ser y sentirse viuda puede constituir un estado de discriminación indescriptible. Algunas mujeres viudas con las que habló en los años 70 Carol J Barret le contaron que odiaban el término, porque les parecía que tenían una enfermedad contagiosa, omnipresente y siempre querían saber cuando se repondrían de ella y si existe alguien que se recupere o que se haya curado alguna vez.

El artículo de Carol J. Barret apareció en español en el libro Mujer, Locura y Feminismo (dédalo ediciones) en 1979, en el que da cuenta de 10 millones de viudas en los Estados Unidos, que en 1970 representaban el 5 por ciento de la población total, y a las que el Estado debía responder.

Con la mirada de Norteamérica, Barret describe que se trata de viudas, de obreros y combatientes, a quienes se las consideraba integrantes de una subcultura, desamparadas y sin la protección del Estado.

A lo largo del artículo explica Barret que además del sentimiento de desamparo, del agobio económico, estas mujeres, muchas muy jóvenes con 3 o 4 hijos, acaban excluidas del entorno social donde habían desarrollado su vida en pareja, convencidas hasta su propia muerte, que nadie las querrá más.

Las mujeres de la zona carbonífera de Coahuila responden a todas las características descritas por Carol, porque lo pierden todo. “La viudez suele ser calificada como una de las situaciones más difíciles y estresantes en la vida de las personas y uno de los acontecimientos que va a demandar los mayores esfuerzos en la ardua tarea de reconstruir la propia vida”, escribió Esther Moncarz en la revista mujer y Salud de abril de 2005.

Lo más grave es que las viudas de la zona carbonífera siempre reciben promesas de apoyo que no se cumplen. Son expulsadas de los pueblos donde vivieron con su pareja, porque no hay forma de sobre vivencia ahí, ni para ellas ni para sus hijos.

Tal vez por eso escuchamos a todo color y en televisión, sus palabras altisonantes, y vimos cómo ésta mujeres se aferraban a los funcionarios. Ellas saben que cuando deje de ser noticia la tragedia de Pasta de Conchos, nadie se ocupará de sus vidas, sus casas, sus hijos y sus bienes. En esa zona no hay trabajo para ellas.

Saben que en el momento en que su compañero muere en uno de los tiros de la mina o se asfixia por el gas grisú, quedan totalmente vulnerables.

En esa zona según publicó el diario Vanguardia de Saltillo, en los últimos 50 años han muerto mil 552 mineros, más de treinta cada año. Muchos mueren individualmente, otros se enferman de por vida, grupos mueren por explosiones, derrumbes y envenenamiento del aire el interior de las minas.

La zona carbonífera es de 100 kilómetros a la redonda, donde las minas y los pequeños tiros, algunos apenas de 65 metros de profundidad, trabajan con tecnología del siglo XIX.

Las carboníferas son el sustento de una pujante industria del acero que enriquece a muy pocas familias en México.

Cuando vi a Laura Silva en la televisión y cuando la oí diciendo “a la empresa no le importan nuestros maridos”, me acordé inmediatamente de Estanislaba, una de las 153 viudas de la tragedia de Barroterán, (1969) donde una explosión por gas grisú mató a su hijo y a su sobrino.

Durante 14 años, Estanislaba y otras 80 mujeres intentaron cobrar la indemnización que ofreció la empresa, sin resultado; los hijos pequeños fueron expulsados de las escuelas; las becas y las ayudas nunca llegaron; en 1972 descubrieron que el presidente municipal había embodegado más de 100 máquinas de coser que envió la señora Esther Echeverría, la compañera; y 15 años más tarde, lo que les dieron fue un monumento donde una mujer sostiene en sus brazos a un minero. Un bonito recuerdo de la vida cotidiana.

En 1988 conocí a Elena, una de las 69 viudas del accidente de la mina Cuatro y Medio en Villa las Esperanzas. El accidente ocurrió un 23 de enero, durante las primeras semanas, mientras los cuerpos fueron recuperándose del interior de la mina, tuvieron despensas y algunas ayudas económicas. Hoy sabemos por el presbítero de la iglesia San José el Obrero, de Músquiz, que tampoco fueron indemnizadas y también les quitaron sus casas y sus hijos fueron expulsados de las escuelas.

De Barroterán quedó el libro testimonio que escribió Sandra Arenal,(+); una obra de teatro de Vicente Galindo que terminó de escribir en 1999 y el monumento de referencia.

Muchas de las viudas de Barroterán ya murieron. Sus hijos son mineros y algunos han muerto en la profundidad de la tierra.

Todo indica que se trata de falta de previsión de accidentes, de falta de ventiladores al interior de la mina, de maquinaria estropeada, de cosas que no cuentan las crónicas televisivas, de las que se exculpa el sindicato charro, de eso que nadie se hace realmente responsable. Ahora es ofensivo el trato político de Pasta de Conchos. No olvidar, no olvidar para que no vuelva a suceder, decía Sandra Arenal. Pero se olvida.

Quién va a responder ahora. Cuánto tiempo estará en las planas de los diarios la tragedia de Sabinas y cuando se echará tierra al asunto me pregunto.

Para no olvidar recuperé de la tele y del ciberespacio algunas frases de las mujeres que hemos visto u oído estos días:

Maribel Velásquez le contó a un periodista que su marido le dijo que hubo una explosión una semana antes del fatal accidente, que iban a realizar un paro por la falta de seguridad, pero que ya es tarde.

Elizabet se desmayó en el centro comercial Las Ofertas al conocer de la explosión y dijo nada más “no lo volveré a ver”; Teresa Contreras de 30 años gritó “quiero ver a mi esposo”, sé que está con vida, pero no será mi dolor el que exponga a otros seres humanos, refiriéndose al paro de labores de rescate.

El presidente de Industria Minero México, Javier García de Quevedo ofreció 700 mil pesos como indemnización, en cuanto sean rescatados y reconocidos los cuerpos. Los que no se hallen no recibirán nada. Ofreció “un fideicomiso para la educación de los huefanos sin importar edad o tipo de estudios que deseen realizar”

Los gases tóxicos son el horizonte en la zona carbonífera de Coahuila, en Sabinas, Múzquiz, Cloete, Nueva Rosita, Palau, y otros muchos pueblos donde deambulan las viudas, sin justicia.

06/SL/LR

Este Web utiliza cookies propias y de terceros para ofrecerle una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios el usuario acepta el uso que hacemos de las cookies. Sin embargo, el usuario tiene la opción de impedir la generación de cookies y la eliminación de las mismas mediante la selección de la correspondiente opción en su Navegador. En caso de bloquear el uso de cookies en su navegador es posible que algunos servicios o funcionalidades de la página Web no estén disponibles.Acepto Leer más

Skip to content