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La desventurada muerte y su atroz mano

Por Marta Guerrero González

Llegó puntual a mi amistad con ella, señora queridísima y amiga entrañable, mujer de letras, mujer de arte y estudio. Jacqueline Larralde de Sáenz impecablemente vestida y maquillada, guapa con su peinado recogido a manera de moño, fiel compañera de Josué y del arte prehispánico y de la cultura egipcia, ávida de conocimientos asistía, hace lo menos diecisiete años, al taller de Germán Dehesa, fue ahí donde nos empezamos a querer. Entre nosotras medio la pasión por la escritura y, de mi parte, una admiración que con el tiempo se convirtió en devoción. Me gustaban sus cuentos, el surrealismo mágico con el que a veces jugaba, su amor por el lenguaje y su manera de ser, hasta en eso, Señora. Nunca he conocido a una mujer a quien le sentase tan bien serlo. Ella portaba, sin alarde pero con orgullo, su condición femenina de manera natural y elegante. A pesar de tener los ojos claros, la piel blanca y la cabeza con los últimos refugios de haber sido rubia, era una princesa maya, una joven ofrendada por los aztecas, un México aguardando y una solidaridad inquebrantable por las causas de género.

Jackie conocía la palabra náhuatl, el francés, el inglés y algunas otras formas de hablar o escribir, porque siempre estuvo fascinada con lo que los otros tenían que contarle. Amaba la comunicación y por tanto a la gente. Pertenecía a Ammpe, a Communica y a un montón de organismos más, incluyendo los de carácter internacional, todos ellos relacionados con la creación artística, pero de manera más contundente pertenecía a los corazones de todos quienes tuvimos el agrado de conocerla, porque a ella se le conocía así nada más, al tratarla pues no tenía dobleces; Jackie fue una mujer—maestra, una mujer como una hacienda de campos fértiles que nos abría sus puertas para que cosecháramos su abundancia cuanto quisiéramos, nos abría los brazos y siempre había para nosotros una amabilidad y una palabra que nos reconocía y nos abrigaba.

El año pasado murió su principal amor, Josué y de alguna manera supe que su taxi, siempre usaba ese transporte, la esperaba para llevarla a reunirse con su marido a quien no le gustaba dejar solo por mucho tiempo. Vuelven juntos a escribir cada uno lo suyo pero ambos lo de todos. Jackie se sube a las pirámides de Egipto y de nube en nube se pasa a Chichén Itzá, a Tulum, a Monte Albán a su fundación Amparo en Puebla, de pronto es Coyolxauqui la diosa azteca hija de la Coatlicue. Mi amiga va cargada de plumas reales, de iguanas, de jaguares. Miro al cielo y llueve a través de una estela luminosa.

*Periodista y escritora mexicana

2004/MG/LR

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