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Lidian mujeres con los efectos de ciclón en el campo cubano

Por Dixie Edith
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Tienen edades diferentes y dirigen espacios agrícolas con niveles desiguales de desarrollo, pero las cubanas Tania Pardo Yero y Aida Laura Dolz comparten una experiencia común: el paso del huracán Sandy, el 25 de octubre de 2012, que les enredó sus proyectos inmediatos de vida y trabajo.
 
Pardo, de 33 años y dueña de una pequeña finca en usufructo en Santiago de Cuba, a unos 900 kilómetros de la capital cubana, asegura que Sandy la puso “como al principio de obtener la tierra, hace poco más de 12 meses”.
 
Desde julio de 2008, el Decreto-Ley 259 permitió en Cuba la entrega de tierras ociosas en usufructo a personas naturales y jurídicas, con el objetivo de incrementar el rendimiento agropecuario y la producción de alimentos.
 
Luego, en diciembre de 2012, entró en vigor el Decreto-Ley 300 que deroga el anterior y perfecciona el sistema de entrega de tierras en usufructo en busca de revitalizar la agricultura, asunto que el gobierno de la isla considera como de “seguridad nacional”, porque anualmente invierte más de mil 500 millones de dólares en importar el 80 por ciento de los víveres que consume la población.
 
Con el plan de dedicarse a la cría de ganado mayor (reses y caballos), esta joven, campesina de nacimiento, había realizado un estudio de factibilidad que incluía desarrollar primero la base alimentaria a partir de pastos diversos, para luego sostener la producción ganadera.
 
“Calculé que estaría teniendo ganancias efectivas en unos cuatro o cinco años, pero el huracán prácticamente me ha duplicado ese tiempo. Perdí todo lo que había sembrado y alguna infraestructura de corrales, comederos, etcétera, además de mi propia vivienda”, detalló a SEMlac.
 
“Y menos mal que los animales que ya tengo aún estaban en La Habana, porque si no, quizás los hubiera perdido también”, agregó.
 
DAÑO MENOR, PERO IMPACTANTE
 
Para Dolz, por su parte, con una finca familiar consolidada tras 18 años de esfuerzo, e integrante de una Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS), el daño de Sandy no resultó tan catastrófico, “aunque igual se siente duro”, aseveró.
 
“El problema es que nos hemos dedicado a hacer una especie de laboratorio, a probar cosas y demostrar que en Cuba se puede producir mucho de lo que se importa”, explicó.
 
Dolz, junto a sus hijos y trabajadores, ha cosechado trigo, soya y vegetales de los considerados exóticos para estas zonas muy cálidas, como el brócoli, la coliflor, el calabacín. Actualmente poseen grandes extensiones dedicadas a generar alimentos para el ganado, como moringa, morera o kingrass, con el propósito de sustituir piensos de exportación.
 
“Pero eso requiere de inversiones fuertes, tenemos una deuda grande con el banco y el impacto del huracán no ayudó”, aseguró a SEMlac esta mujer que ya supera los 60 años.
 
Dolz estima las pérdidas monetarias causadas por el meteoro en cerca de un millón de pesos (poco más de 500 mil pesos mexicanos).
 
LOS VIENTOS DE SANDY
 
Con vientos de hasta 200 kilómetros por hora, el huracán Sandy, de categoría dos en la escala Saffir-Simpson, arremetió el 25 de octubre de 2012 contra las provincias orientales cubanas, con impactos muy severos sobre todo en Santiago de Cuba y Holguín, esta última en el norte de la región y ubicada a unos 740 kilómetros de La Habana.
 
Además de la pérdida de 11 vidas humanas y más de 330 mil personas evacuadas en toda la región, los sectores más afectados fueron el fondo habitacional, el sistema eléctrico y el de las comunicaciones.
 
Pero también desaparecieron, casi totalmente, sobre todo en Santiago de Cuba, plantaciones forestales, cafetaleras, de arroz, de manglares costeros y de cultivos varios. La avicultura sufrió, igualmente, un fuerte impacto, según evaluaciones posteriores del Ministerio de la Agricultura.
 
La mayoría de los ecosistemas de la zona quedaron afectados, afirmó a la prensa local en noviembre pasado el master en Ciencias Alberto Beyri Masart, geógrafo especialista del Centro Oriental de Ecosistemas y Biodiversidad, institución adscrita a la Academia de Ciencias, que estudia las áreas de mayor interés e importancia para la biodiversidad del territorio.
 
“El ciclón se llevó los corrales de pollos, casi todos los frutales, muchos de los árboles maderables y la mayoría de los sembrados que hacían función de cercas: solo en buganvilias perdimos más de 2 mil plantas”, confirmó Dolz, enumerando apenas los daños concretos a su finca.
 
“Nos llevó el trabajo de toda la vida”, fue la expresión de uno de los trabajadores que hacía guardia la noche en que pasó el meteoro, según narró esta agricultora.
 
Solo dos ejemplos pueden ayudar a evidenciar la magnitud global de las averías: las termoeléctricas de Holguín y Santiago de Cuba quedaron fuera de servicio y desconectadas del sistema energético nacional.
 
En Santiago de Cuba, toda la ciudad cabecera quedó sin electricidad y gran parte sin telefonía, mientras la mayoría de los hospitales y Consultorios Médicos de la Familia reportaron algún tipo de daño.
 
LAS PERSONAS, EJE DEL CAMBIO CLIMÁTICO
 
Especialistas internacionales de diversas disciplinas científicas han coincidido en que una de las prácticas necesarias en busca de la sostenibilidad frente al cambio climático es poner a las poblaciones en “el centro de los debates sobre los conflictos ambientales”, pues así se pueden medir más certeramente sus impactos.
 
Así lo confirmó en 2009 el Estado de la Población Mundial, investigación anual que prepara el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), dedicada en esa ocasión al tema y titulada “Frente a un mundo cambiante: las mujeres, la población y el clima”.
 
De acuerdo con ese informe, las poblaciones más perjudicadas por el cambio climático suelen ser, contradictoriamente, las de menor contribución a la contaminación y el abuso sobre los recursos naturales del planeta: “Apenas tres por ciento de la huella de carbono mundial es responsabilidad de los mil millones de personas más pobres”, precisó el texto.
 
Sin embargo, históricamente, la mayor parte de las discusiones internacionales y gubernamentales sobre el tema se han dirimido en torno a las responsabilidades de los Estados, o los impactos de los fenómenos ambientales sobre los países, y no han puesto la mirada en la gente que, día tras día, siente las furias de la naturaleza dañada.
 
Para Dolz, “las cuentas del daño de Sandy hay que sacarlas en dos caminos: el de las pérdidas para la economía en general; pero también lo que implican los daños para la situación concreta de fincas como la que dirijo”.
 
La clave de esa reflexión se halla en que las pérdidas de un espacio productivo concreto pueden ser mínimas en el contexto de las que ocasionó el meteoro para el total de la economía nacional, pero quizás resultan muy significativas para esa familia y su comunidad. En esencia, apunta a privilegiar el desarrollo local, una práctica que se potencia hoy en Cuba.
 
Especialistas y organismos internacionales también coinciden en que, en situaciones como las ocasionadas por un evento como Sandy, las mujeres suelen estar en el centro de los peores impactos.
 
Recluidas en sus hogares y a veces embarazadas, ellas tienen más dificultades para evacuarse ante eventos meteorológicos repentinos, sobre todo si se tiene en cuenta que generalmente cargan con la responsabilidad de poner a buen recaudo a menores de edad y personas adultas mayores, refirió el informe.
 
Para Pardo Yero, los daños ocasionados por el huracán de octubre pasado también tienen una significación por su condición de mujer, pero por razones algo diferentes a las expuestas en estudios como el de UNFPA.
 
“Conseguir la finca fue el resultado de romper muchos esquemas y saltar sobre muchas trabas”, detalló a SEMlac.
 
Aunque lleva el campo en la sangre “desde pequeñita”, hasta hace unos dos años esta muchacha era empleada en una de las tiendas más grandes de Santiago de Cuba y enfrentó muchas críticas cuando decidió dejar ese empleo por el sueño de criar caballos, vacas y gallos de lidia.
 
“Yo tengo un carácter muy independiente, pero de todas formas es difícil. Ser amante del campo y los animales ha implicado que me acusen desde niña de ‘marimacha’. Mucha gente me decía: ‘¿Vas a dejar la tienda por las botas y el fango?’. Pero es que yo soy una mujer de botas y sombrero; no de tacones y medias finas”, reflexionó.
 
“Y aún después de tener la tierra, todo siguió siendo complicado. A veces llegaba a un lugar a comprar algo para la finca y lo primero que me preguntaban era dónde estaba mi esposo. Luego fui ganándome el respeto de mucha gente. Pero un retroceso tan grande como el que me dejó el ciclón, después de pasar tanto trabajo, duele el doble”, afirmó.
 
Como en todas las provincias orientales, en Santiago de Cuba prosiguen acciones diversas de recuperación. Pardo, por ejemplo, reconstruye sus corrales y resiembra el pasto con el apoyo de organizaciones como la Asociación Cubana de Producción Animal (ACPA). “A la vuelta de unos nueve o 10 meses podré empezar a traer el ganado”, calcula.
 
Dolz, por su parte, confía en las ganancias de su proyecto de ceba porcina, que hoy suma de más de 2 mil cerdos, para comenzar a pagar su deuda y continuar con sus experimentos.
 
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