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Los hijos “militares” de Calderón

Por Angélica de la Peña Gómez

Parece que inexorablemente los tiempos del protocolo y las composturas republicanas en el ámbito público han quedado en la historia. En los últimos tiempos, quienes asumen el poder, nos han dejado impávidos con las ocurrencias y morcillas que se salen del texto oficial.

Recordemos aquel saludo a las hijas e hijos en el acto formal de toma de posesión como titular del Poder Ejecutivo federal de cierto personaje o sus referencias a Dios en un régimen laico. Hubo quien festejó el “estilacho” de desfachatez, desparpajo y sin oficio que aún le está costando al país.

Hoy la nota se refiere al disfraz de militares, con insignias de rangos y todo, de los hijos pequeños de Felipe Calderón en el acto oficial militarista –ni más ni menos– que del 16 de septiembre.

Es común que los niños se disfracen de policía, bombero, soldado, luchador, médico, vaquero. No tendría nada de particular que los niños y las niñas jueguen a ser, en ese momento, lo que quieren ser de grandes.

Pero cuando el papá Presidente viste a sus dos hijos de militantes “chiquitos” y además los hace acompañarle en el balcón principal del Palacio Federal, en un acto oficial del 16 de septiembre, bueno, eso ya es otra cosa.

Ellos están jugando, como niños que son; seguramente les parece divertido ponerse serios con su disfraz. Sin embargo, la connotación del mensaje por parte del adulto es inevitable: no tiene idea de lo que significa que un niño esté vinculado a algún conflicto armado.

Los niños soldados que participan en los conflictos armados de muchos países del mundo no juegan a ser soldados: son obligados a matar.

Hay casos emblemáticos que demuestran cómo los “forman” para que sean “duros y rudos”: En competencias de sobrevivencia les obligan a privar de la vida a sus amigos o hermanos para “forjarlos y templarlos”. Algunos niños soldados o utilizados en los conflictos armados les inducen al uso de drogas.

Conviene, en este aspecto, señalar que el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) informa que alrededor de 250 mil niños están involucrados en los conflictos armados de sus países, se les utiliza como combatientes, mensajeros, espías u otros menesteres y a las niñas se les obliga a realizar servicios sexuales.

Regresarlos a sus comunidades con sus familiares y a la cotidianeidad de las escuelas es un reto de todas las naciones, gobiernos y grupos nacionales que están en conflicto.

Este tema fue abordado de manera seria y preocupante el 5 febrero pasado en París, en la conferencia mundial “Liberar a los niños de la guerra”, organizada por el gobierno francés y Unicef.

Uno de los compromisos que surgió de esta conferencia fue proteger, liberar y reintegrar a los niños y niñas soldados de las guerras de los adultos. Devolverlos a sus comunidades y a las aulas y que superen sus experiencias es una tarea ardua que requiere un gran compromiso de todas las naciones y de todos los grupos en conflicto.

En este sentido, es importante señalar que nuestro país signó el Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño relativo a la participación de niños en conflictos armados.

Este protocolo se suma a varias resoluciones que desde Naciones Unidas se han impulsado para apoyar a las niñas y niños afectados por los conflictos armados.

Conviene que nuestras autoridades revisen los compromisos a los que nos hemos vinculado como Estado Parte. Si bien es cierto que no partimos del supuesto de que los hijos del titular del Poder Ejecutivo por el sólo hecho de haberlos vestido con uniformes de carácter militar, ya estén vinculados a la toma de las armas, es importante señalar que hay una apología que envía un mensaje: no se toma en serio lo que hay que tomar en serio.

En el mundo se está luchando porque los niños y niñas, ni de broma, jueguen a las guerras. La posibilidad de portar cualquier tipo de armas, ha llevado al país vecino del norte a una crisis espeluznante.

Recordar casos como los de Columbinne, en donde adolescentes tipo G. I. Joe, irrumpen en su escuela asesinando a quién se encontraban, es sólo un ejemplo de lo que puede lograr la apología del militarismo, de la violencia y de las guerras.

Entonces qué necesidad se tenía de exponer a estos niños en un mensaje que corresponde, en todo caso, sólo al padre. En mi ánimo pacifista siempre he pensado que el pasado guerrerista de nuestra nación debe quedar en la historia.

Viene al caso porque se debería discutir si al Himno Nacional se le debería cambiar su letra, más acorde a la paz, a la igualdad y a la justicia de los tiempos que queremos construir y en los que debemos formar a nuestras niñas y niños.

07/APG/GG/CV

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